Si preguntáis cuanto tiempo se ha de quejar la injuriada, sea breve, porque no crezca el enojo con la lenta tardanza. Ceñid luego con los brazos su cándido cuello; estrechad en vuestro pecho a la llorosa: besad a la llorosa: conceded los deleites de Venus a la llorosa. Hará la paz: de este único modo se desarma la ira. Cuando más se encrudeciere, cuando parezca irreconciliable enemiga, en su lecho se concluirá el tratado, allí se amansará. Allí, depuestos los dardos, habita la concordia: en aquel lugar, creedme, nació la benevolencia. Juntan sus picos las palomas que antes se pelearon, y sus arrullos figuran palabras y requiebros.
En el principio de las cosas era el mundo mole informe y desordenada: astros, mar y tierra tenían una faz. El cielo se sobrepuso luego a la tierra, fue rodeado del mar el globo terrestre, y se separaron las partes del informe caos. Los bosques sirvieron de albergue a las fieras, el aire a las aves, y los peces habitaron debajo de las líquidas aguas. Entonces el género humano erraba por los solitarios campos, grosero y robusto, sin vislumbre de genio. Su casa era la selva, su comida las yerbas, y su cama el follaje de los árboles: y en mucho tiempo no se conocieron los hombres entre sí. El dulce deleite domesticó sus ánimos feroces: formaron sociedad el hombre y la mujer. No aprendieron de maestro lo que habían de hacer, pero Venus consumó sin arte la agradable obra. La ave tiene a quien amar. El pez halla en el centro de las aguas la hembra con quien parte sus placeres. El ciervo busca a su igual; la serpiente se une con la serpiente. Adultera el perro trabado con la perra. La oveja engendra contenta; la becerra corre en pos del toro: y le gusta a la cabrilla el olor del hediondo macho. Agitadas furiosamente las yeguas siguen a los caballos, apartados por ríos y lugares distantes.
Dad pues a la airada el remedio señalado, el solo que pueda aliviar su acerbo dolor; este remedio más eficaz que los jugos de Macaón[23], cura el dolor, con aquello mismo que lo ha causado.
[23] Célebre médico en la guerra de Troya.
Mientras yo cantaba, se me apareció repentinamente Apolo, pulsando con sus dedos las cuerdas de la lira de oro. Traía laurel en las manos, y laurel ornaba su sagrada cabellera. Dejose ver, y me habló con voz fatídica. Preceptor de lascivos amores, dijo, conduce tus discípulos a mi templo. En él se lee una inscripción celebrada por la fama en el extenso orbe, la cual ordena que cada uno se conozca a sí mismo. Quien se conociere a sí será el único que ame con acierto, pues medirá sus fuerzas con la dificultad de la obra. Aquel a quien naturaleza dio hermosura, sea considerado por ella: el que es blanco, recuéstese siempre con los hombros desnudos. El de gracioso hablar rompa el taciturno silencio. El que canta sonoramente, cante; y el buen bebedor, beba. Pero ni los elocuentes declamen en la conversación, ni los extravagantes poetas reciten sus versos. Esto me amonestó Apolo: obedeced a las amonestaciones de Apolo, cuya sacra boca dicta oráculos.
Lo vuelvo a repetir otra vez: quien ame con cordura, vencerá, y sacará de mi arte lo que se propone. Mas no siempre los surcos pagan la siembra con usura, ni siempre impele a la dudosa nao el viento favorable. Son pocos los bienes y muchos los pesares de los amantes. Propónganse el sufrirlos con constancia. Hay en amor tantos dolores como liebres en el monte Atos, como abejas liban las flores en el Hibla, como bayas tiene el verdoso árbol de Palas, y como conchas la ribera del mar. Los tiros de Cupido están empapados en mucha hiel.
Os dirán que la querida está fuera, y acaso la habréis visto en casa; pensad sin embargo que está fuera, y que los ojos os engañaron. Os cerrarán la puerta para la noche concertada: toleradlo, y tended el cuerpo en el duro suelo. Acaso la embustera sierva dirá con faz insolente: ¿a qué ronda este nuestra puerta? Adulad humildes a los cerrojos y a la descarada moza, y poned en la puerta las rosas que engalanen vuestra cabeza. Entrad cuando será su gusto: retiraos cuando no quiera recibiros. Desdice de un hombre decente incomodar a nadie. No es esto de despreciar, para que no os lo advierta la amiga: no tenemos a toda hora la razón en la mano. Mas no juzguéis indecoroso sufrir dicterios y golpes de la querida, ni bajarse a besar sus tiernos pies.
¿Por qué me detengo en pequeñeces, cuando me urgen cosas mayores? Grandes cosas he de decir: parad todos las mientes. Ardua empresa arrostramos, trabajo difícil pide aquí mi arte; pero nada es la virtud sin las dificultades. Sufrid con paciente ánimo la presencia de un rival, y estará con vosotros la victoria; vencedores, iréis con Júpiter al Capitolio. Sí, las encinas proféticas de Dodona son las que os hablan ahora, y no un mortal: nada más insuperable que esto contiene mi arte. Si le hace señas, sufrid: si le escribe, no abráis las cartas: venga ella de donde quiera, y vaya adonde le acomode. Sufren muy bien esto los maridos de sus legítimas mujeres, cerrando los ojos en fingido sueño. No estoy yo, lo confieso, hábil en este arte: yo mismo soy inferior a mis preceptos. ¿Por ventura hará otro delante de mí señas a mi muchacha? ¿Y lo sufriré? ¿Y no me he de enfurecer? Acuérdome que el marido la besó en mi presencia, y me quejé de tales besos; de esta barbaridad abunda nuestro amor. Esta imprudencia me perjudicó más de una vez. Más hábil es sin duda el marido que se compone fácilmente con los galanes de su mujer. Lo mejor es ignorarlo todo. Dejad que queden escondidos los hurtos amorosos, a lo menos para que un fingido pudor asome al rendido rostro. Guardaos, oh jóvenes, de sorprender a vuestras amigas; y haced como si os contentaseis con sus razones. Crece el afecto en los amantes sorprendidos: siendo igual la suerte de los dos, uno y otro persisten con más firmeza en la causa de su error.
Refiérese una fabula notoria a todo el cielo[24]: la de Marte y Venus, atrapados en la red por astucia de Vulcano. El padre Marte, perdidamente enamorado de Venus, de guerrero terrible se convirtió en amador. Ni Venus (porque no hay diosa alguna más tierna) se mostró áspera y cruel con el suplicante Marte. ¡Ah! ¡Cuántas veces esta lasciva se burló de los pies de su marido, y de sus manos, hechas callosas con el fuego y el martillo! Para divertir a Marte remedaba a Vulcano, acompañando a la belleza con mucha gracia. Al principio solían celar mucho su amoroso comercio, y el delito los tenía llenos de verecundo pudor. En fin por delación del sol (porque ¿quién será capaz de engañar al sol?) vinieron a noticia de Vulcano los hechos de su esposa. ¿Por qué, oh sol, manifiestas ejemplo tan peligroso? Pide dádivas a la diosa, pues tiene con que contentarte, si contienes la lengua. Tendió Vulcano por encima y al rededor del lecho redes sutiles, que no percibía la vista. Fingió irse a Lemnos; vienen a su lecho los amantes, y uno y otro se acuestan desnudos y envueltos en los lazos. Convoca aquel a los dioses; y los cogidos les sirvieron de espectáculo. Dicen que Venus contuvo apenas las lágrimas. No pudieron cubrir su cara, ni aun oponer las manos a las partes obscenas. Alguno de los dioses riendo de ellos, dijo: si te son ponderosas, fortísimo Marte, traslada a mí tus cadenas. Apenas las súplicas de Neptuno soltaron a los prisioneros cuerpos. Marte se retiró a Tracia, y ella a Pafos. Esto has aprovechado, Vulcano, que hagan sin recato lo que antes encubrían: pues todo pudor se ha perdido. Confiesas muchas veces, loco, que lo hiciste neciamente, y que has tenido que arrepentirte de tu cólera.
[24] A todos los dioses, que la mitología coloca en el cielo.