Cuando estéis seguros de que anhela por veros, id lejos entonces, y seréis cuidado de la ausente. Dad descanso: el campo holgado vuelve con usura la semilla, y la tierra árida bebe con ansia las celestes aguas. Filis ardía con más tibieza por Demofonte presente, y creció sobremanera su llama al verle darse a la vela. Ausente el sagaz Ulises atormentaba a Penélope: y Laodamía dirigía quejas amorosas a su ausente Protesilao.
Mas la breve demora es eficaz; porque con el tiempo enlentecen los cuidados, y se desvanece el amor ausente, y entra otro nuevo. En la ausencia de Menelao, Elena se consoló de su solitud en los brazos del troyano su huésped. ¡Qué estupidez ha sido esta, Menelao! Tú partiste solo, y quedaban debajo de un mismo techo el huésped y tu esposa. ¡Insensato! ¿Entregas al gavilán la guarda de las tímidas palomas? ¿Confías todo el redil al lobo montesino? Elena no, ni su adúltero delinque, pues hace lo que tú y lo que cualquiera haría. Les obligaste al adulterio, dándoles ocasión y tiempo. ¿Qué ha hecho Elena sino usar de tu consejo? ¿Qué había de hacer? Está ausente el marido y habita en su casa un huésped amable: temía ella dormir sola en el desocupado lecho. Júzguelo el mismo Menelao; yo absuelvo de crimen a Elena, pues abrazó la ocasión proporcionada por el imprudente marido.
No es tan sañudo el rojo jabalí cuando, en medio de su rabia, tira rodando con diente fulminador a los perros que le acosan: ni la leona, cuando ateta a los mamantes cachorros: ni la pequeña víbora pisada por el incauto pie, como se enfurece una mujer sorprendiendo a la rival del consorte lecho: su corazón se retrata en el semblante. Se arroja al hierro y al fuego, y no guardando mesura, se enajena como arrebatada del furor aonio. Bárbaramente vengó Medea, degollando a los hijos, la infidelidad de su esposo, y la violación de los maritales derechos. Madre no menos cruel fue Progne: miradla por esto transformada en golondrina, y su pecho con señal de sangre. Esto deshace lo firmes y muy estrechos amores: los hombres cautos han de temer estos extravíos.
No por eso os condena mi severidad a una sola mujer. ¡No lo permitan los dioses! Apenas las casadas pueden contenerse en tanta privación. Divertíos: pero celad los deslices con la precaución de un hurto. Ninguna gloria resulta de los defectos. No regaléis a una preseas que pueda saber la otra, ni tengáis a horas fijas vuestras disoluciones. Y para que no os sorprendan en escondrijos conocidos, no os juntéis siempre en unos mismos lugares. Repasad bien cuantas cartas escribiereis, pues muchas leen más de lo que hallan escrito.
Venus ofendida se arma legítimamente; e hiriendo con los mismos dardos, hace sufrir los propios males de que ella se quejó. Mientras Agamenón quedó constante, casta vivió su esposa; el ejemplo solo de sus vicios la hizo criminal. Ya sabía ella la repulsa hecha a Crises, quien vino a implorar por su hija cautiva, llevando en la mano el laurel de Apolo, y ceñidos los cabellos con las sagradas cintas[21]: sabía la triste suerte de esta joven sacada de Lirneso. El nombre de Briseida, y las vergonzosas contiendas que prolongaban la guerra habían llegado a sus oídos. Delante de sus mismos ojos había visto a la hija de Príamo, y su esposo vencedor hacerse esclavo de su misma esclava. Entonces fue cuando admitió a Egisto en su corazón y lecho; vengando con un crimen un amoroso delito.
[21] Insignia del sacerdocio de Apolo. Crises, aunque sacerdote, no pudo obtener de Agamenón la libertad de su hija.
Si a pesar de la cautela se descubren vuestros hechos, negadlos tenazmente, puesto que sean manifiestos. Pero no os mostréis sumiso ni más cariñoso que antes, porque esta señal indicaría mucho el ánimo culpado. Combatidla, sí, con amoroso vigor; en ello consiste vuestra reconciliación; este es el primer modo como se ha de negar a Venus una infidelidad.
Mandan algunos tomar ajedreas, yerbas estimulantes y nocivas: yo las tengo por ponzoña. Otros mezclan la pimienta con la grana de la picante ortiga; y el rubio pelitre triturado y disuelto en vino añejo. Mas la diosa que se adora en la falda sombría del elevado Érix reprueba el violentarse de este modo a sus deleites. Pueden tomarse el blanco bulbo[22], que se cría en Tesalia o en los Pelasgos, y otras yerbas hortenses provocativas a lujuria. Tómense también huevos frescos, miel del Himeto, y la fruta que entre sus agudas hojas produce el pino. Mas ¿para que te distraes, docta Erato, a remedios medicinales? Déjame empujar el carro hasta la raya final de la carrera.
[22] Especie de cebolla silvestre, que también tiene otros nombres.
Los que por mi consejo encubríais poco ha las infidelidades, torced ahora el camino, y por mi consejo descubrid vuestros hurtos. No se culpe mi vario opinar, pues no siempre el curvo bajel transporta los pasajeros con un mismo viento. Unas veces navega con el norte, otras con el levante; a veces hinche la vela el poniente, a veces el viento sur. Mirad como el cochero ya afloja desde el carro las riendas, ya las tira para sujetar sus caballos. Hay algunas a quienes hace mal el consecuente querer, y no teniendo ningún obstáculo entibia su amor. Con la prosperidad se inflan regularmente los ánimos; y no es fácil moderarlos en la libre fruición de los gustos. Como el ligero fuego, que habiendo perdido poco a poco su fuerza, se esconde debajo de blancas cenizas, y recobra empero sus extinguidas llamas, si se le aplica el azufre, echando el mismo resplandor que antes: así cuando el corazón entorpece perezoso en ocio y tranquilidad, se ha de avivar el amor con penetrantes estímulos. Haced que recele de vosotros, recalentad el frío espíritu de la querida: demude su semblante el indicio de vuestro delito. ¡Oh mil y mil veces dichoso aquel de quien lamenta agravios la amiga! Aquella a cuyos ignorantes oídos habiendo llegado una vez la deslealtad, se desmaya, y pierde cuitada color y habla. Sea yo aquel, por quien despedace furiosa los cabellos; por quien rasgue sus tiernas mejillas aquel a quien vea lagrimosa: aquel a quien mire con torvos ojos: aquel sin quien no pueda vivir, deseando poder.