No os ordeno que gratifiquéis con dádivas costosas a vuestra amiga: dad poco, pero lo poco con oportunidad y finura. Cuando los jardines estuvieren tan ricos en frutas, que agobie a las ramas su peso, por el mozo enviadle en un canastillo regalos campestres. Podréis decir que es fruta de vuestra granja, aunque la hayáis comprado en la calle Sacra. Enviadla o uvas o castañas, que eran delicia de Amarilis, o también nueces, si las apetece. Conviene testificarla que está en vuestra memoria, regalándola un tordo atado a una guirnalda de flores. Infamemente se adquiere así la esperanza del testamento, y la herencia de la senectud sin familia. ¡Ah! ¡Perezcan los que regalan para comprar tal delito!
¿Os aconsejaré por ventura que la escribáis afectuosos versos? ¡Ay de mí! los versos no son muy estimados. Alábanse los versos, pero más se aprecian las dádivas. Como sea rico, un bárbaro mismo será bien admitido. Ahora estamos en los verdaderos siglos de oro: con el oro se adquieren altísimos honores; con el oro se concilia el amor. Aunque Homero mismo volviese acompañado de las musas, las mujeres le echarían fuera, si nada daba. Hay a la verdad unas pocas mujeres sabias, y algunas ignorantes que quieren pasar por sabias. Alabad en versos a unas y a otras, pero en versos que con su armoniosa fluidez las recomienden al lector. Estas y aquellas acaso graduarán como don cortísimo los versos limados para ellas a costa de vigilias.
Haced que vuestra amante os pida siempre lo que habíais de hacer, y creíais seros útil. Si habéis prometido libertad a algún siervo, obligadle a obtenerla por la mediación de ella. Si remitís al esclavo el azote y el penoso calabozo, débaos ella a vosotros la gracia que habíais de hacer. Vuestro sea el provecho, y dese a la amiga el honor. Nada perdáis; pero tenga ella la opinión de que vale con vosotros.
Los que aspiran a mantener la privanza de su amante, háganla creer que están embelesados con su hermosura. Si está vestida de púrpura, alabaréis los colores de Tiro. Si la veis vestida de finísima seda, diréis que le cae bien la tela de Cos[19]. Si se adornare con vestido chapado de oro, diréis que está más preciosa que el oro mismo. Si se pone la gausapa, aprobad esta ropa[20]. Si se presenta en túnica, todo lo abrasas, clamad; pero rogadla tímidamente que se abrigue del frío. Si trajere los cabellos partidos sobre la frente, alabad la dividida crencha; y si los encrespare con hierro caliente, agradaos de la ensortijada cabellera. Admirad sus brazos cuando baile, y su voz cuando cante; y fingid que os disgustáis de que lo deje presto. Conveniente será alabarla en el mismo lecho, notando con sensual voz sus placeres y los vuestros.
[19] De esta isla eran las telas de seda que se gastaban en Roma; eran tan delgadas que se transparentaba el cuerpo.
[20] Gausapa era una especie de paño grueso y felpudo, de que se hacían los vestidos de invierno.
Así, aunque sea más violenta que la atroz Medusa, se hará igual y mansa para su amador. Solo debéis no manifestar simulación en tales lances, ni desmentir con el semblante las palabras. El arte de disimular encubierto es ventajoso, conocido sirve de confusión; y con razón os quitará crédito para en adelante.
A veces en el otoño (cuando los colmados racimos empiezan a colorear con el rubicundo mosto, y prometen un año abundantísimo, y cuando alterna el frío con los últimos calores) reinan enfermedades por la desigualdad del tiempo. Conserve vuestra amiga perfecta salud por cierto; pero, si indispuesta se acostare, dañada por la destemplanza del aire, mostradla con expresivas señales vuestro amor y sentimiento. Sembrad entonces para coger a manos llenas después. No os fastidie la impertinente enfermedad, y haced por vuestra mano cuanto ella os permita. Véaos llorar; no tengáis hastío de sufrir sus besos: y agote vuestras lágrimas con su árida boca.
Haced muchos votos por su salud, pero todos en público: contadle oportunamente sueños de buen agüero. Llevad a su casa alguna vieja que espíe el aposento y lecho, llevando a la vista azufre y huevos en su tembladora mano. Todo esto serale indicio lisonjero de interés en su salud. Por tales medios consiguieron muchos la postrimera voluntad de sus amigas. No os atraigáis la aversión de la enferma por su cuidado; guardad cierta medida en la complaciente oficiosidad. No la impidáis comer, ni la presentéis el vaso con amargos medicamentos: dejad este cargo a vuestro rival.
Pero pues os halláis en medio del golfo, no boguéis con el viento que henchía la vela cuando salisteis del puerto. En tanto que el amor titubea reciente, adquiere fuerzas con el uso; y se radica poderosamente, si le alimentan con tiempo. Aquel toro que te amedrenta, era novillo que solías manosear; y aquel árbol que ahora te recrea con sombra, fue delgada varita. Nace pobre aquel río; pero engruesa su caudal en el camino, recibiendo por donde pasa las aguas de muchos arroyuelos. Habituadla a vosotros, porque nada mejor que la habitud. Para llegar a ella, no rehuséis probar disgustos. Véaos continuamente: óigaos continuamente: séale presente día y noche la figura de vuestro semblante.