Así pues, confiad poco en la figura mudable. Seáis quién fuereis, ennobleceos con más sólido mérito. Gana principalmente las voluntades la fácil condescendencia: la aspereza y los duros modales producen odio. Aborrecemos al gavilán, porque vive siempre de la rapacidad; y a los lobos, porque acostumbran ir contra el tímido rebaño. La golondrina, por mansa, está libre de las asechanzas del hombre; y las aves caonias tienen palomares donde anidar.

Vayan pues fuera las rencillas y la maledicencia entre amantes, aliméntese el tierno amor con palabras de dulzura. Por las disensiones huyen las casadas a sus maridos, y los maridos a sus mujeres, persuadiéndose a que se deben siempre recíprocos tratamientos. Esto es bueno para los casados: las contiendas son dote del casamiento. Pero la amiga oiga siempre requiebros. No habéis unido lecho por disposición de las leyes, amor solo ejerce entre vosotros el oficio de la ley. Gastad pues tiernas caricias, y expresiones que halaguen sus oídos; y así recibiros ha siempre con alegría.

No me constituyo yo preceptor de amores para los ricos. El que diere no necesita de arte. Consigo lleva la ciencia quien, cuando le peta, dice: toma. Cedo: con su dinero será más estimado que con mis advertencias. Compongo estos versos para pobres, porque yo amé como pobre. Cuando no podía regalar dádivas, regalaba palabras. Ame el pobre con circunspección: el pobre tema hablar mal; sufra muchas cosas que no sufrirían los ricos. Acuérdome que irritado un día descompuse al dueño mío los cabellos. ¡Ay de mí, cuán malos días me costó aquel enojo! Ni sentí, ni creo haber desgarrado su túnica; mas ella lo dijo, y la rescaté a mi costa. Vosotros los que sois prudentes, evitad defectos de vuestro maestro; temed los males de mi culpa.

Guerra con los partos, y paz siempre con la dulce amiga: los juegos y alegría son los compañeros del amor.

Si no fuere con vosotros bastante cariñosa y afable, sufrid y tolerad: con el tiempo se tornará blanda. Doblegándolas con suavidad, se enderezan las encorvadas ramas del árbol; y se quiebran violentándolas con fuerza. Con suavidad se cortan las rápidas aguas de los ríos; y no pudieran vadearse, nadando contra la corriente. Con suavidad se doman los tigres y leones de Numidia: y los toros se acostumbran poco a poco a tirar de la rústica esteva. ¿Quién fue más intratable que la árcade Atalanta? Pues esta soberbia se rindió por fin a los obsequios del amante. Dicen que Milanión lloraba mil veces, debajo de los árboles, rigores y altiveces de esta muchacha. Mil veces cargaba en sus obedientes hombros sus redes para cazar: y mil veces clavó para ella con fiera lanza los montaraces jabalíes. Hiriole Hileo con arco despreciado por él, pero lo estaba ya por otro arco más nocivo. No os mando yo trepar armados por las selvas de Ménalo, ni llevar a cuestas las redes; ni os mando exponer vuestros pechos a saetas disparadas: los mandatos de mi arte serán llevaderos para los prudentes.

Ceded a la porfiada; cediendo saldréis vencedores. Obrad del mismo modo que si ella os lo mandara. Reprended lo que reprenda; aprobad lo que apruebe; decid lo que diga, y negad lo que niegue. Reíd, si ríe; acordaos de llorar, si llora. Imponga leyes con su semblante. Si jugare a los dados, echad mal, y dadle los mejores puntos. Si jugáis al carnícoles, para que no la aflija la pena de perder, haced que esté siempre a vuestro lado la perjudicial canícula. Si jugareis al ajedrez, imagen del latrocinio, haced que vuestro soldado perezca por el peón enemigo. Llevad tendido para ella el quitasol, y haced calle entre la gente por donde pase. No dudéis servir de estribo para el mullido lecho, ni de calzar a sus galanos pies y descalzar las sandalias. Calentad en vuestro pecho sus frías manos, aunque vosotros mismos tiritéis transidos. Ni graduéis de impropio (aunque impropio para vosotros, la complacerá) tenerla el espejo con voluntaria mano. Hércules, merecedor del cielo que antes había sostenido, exterminados los monstruos de la melancólica madrastra, tenía los canastillos entre las hijas de Lidia, e hilaba groseras lanas. El héroe de los Tirintios obedecía al arbitrio de su señora. Ved ahora si dudaréis de sufrir lo que él sufrió.

Encargados de ir al foro, anticipad siempre la hora señalada, y volved tarde. Si os mandare demandar a alguno, posponedlo todo; corred para que no os detenga en el camino tropel de gente. Si retornare por la noche a casa después de haber asistido a los convites presentaos en lugar del siervo, cuando llamare. Si estando en el campo os mandare venir, faltando carruaje, tomad el camino a pie, porque el amor aborrece a los perezosos. No os arredre el tiempo crudo, ni la sedienta canícula, ni el camino alfombrado con blancas nieves.

Especie de milicia es el amor; apartaos, indolentes, pues estos estandartes no se han de defender por hombres cobardes. La noche y el invierno, las largas carreras, los duros pesares, y todo dolor está presente a los que combaten en estos voluptuosos reales. Muchas veces os cogerá la lluvia desatada de las nubes, y muchas veces dormiréis fríos en la desnuda tierra. Se cuenta que Apolo apacentaba las vacas de Admeto, y se guarecía en pajiza cabaña. ¿A quién no honrará lo que honró a Apolo? Desnudaos de vanidad los que aspiráis al amor duradero.

Si no podéis ver a vuestra amada por camino llano y seguro, o si estuviere con opuesto cerrojo cerrada la puerta, escurríos por el fragoso techo, o subid a hurtadillas por las altas ventanas. Se complacerá sabiendo que fue para vosotros causa de peligro: y esto será para ella prenda de amor sincero. Muchas veces podías tú, Leandro, carecer de la vista de tu señora, sin embargo pasabas a nado el mar, para que conociese tu pasión.

No tengáis a menos haceros lugar con las siervas y siervos, particularmente con los primeros en el orden. Saludad a cada uno por su nombre, pues nada se pierde. Humillaos, vanidosos, a darles la mano. Pero sobre todo regalad alguna propinilla al siervo que os pida, pues no es grande esta impensa. Y regalad a las siervas, para consolarlas del castigo que las espera un día, si escondido el marido bajo un traje distinto, llega a sorprenderlas. Creedme, haced de vuestro bando a esta gentecilla, incluyendo siempre en tal clase al portero y al que duerme en la antecámara.