Loor a Apolo: dos veces loor a Apolo. La presa apetecida cayó en mis lazos. El regocijado amante orne mis versos con verde palma, y ensálceme sobre Hesíodo y el anciano Homero. Tal era el hijo de Príamo, cuando con la robada consorte regresaba viento en popa de la guerrera Amiclas. Tal era Pélope, cuando iba en carro victorioso transportando a Hipodamía en ruedas extranjeras. ¿Para que te aceleras, joven? Tu bajel navega aún en alta mar, y está lejos el anhelado puerto. No es bastante haber adquirido, siendo yo el consejero, el objeto de tu amor. Con mis lecciones fue captado: con mis lecciones se ha de conservar. Porque no se necesita menos sabiduría para defender lo ganado, que para adquirirlo. En esto puede influir la ventura, pero aquello es obra del arte.

Inspiradme propicios ahora, Cupido y Citerea, si alguna vez me favorecisteis: inspírame ahora, Erato, tú que tienes nombre de amor. Grandes cosas emprendo: enseñar por que artes se ha de hacer estable al amor, muchacho vagabundo por el vasto universo. Él es liviano, tiene géminas alas para volar, y es difícil imponerles reglas.

Minos había cerrado a Dédalo todos los pasos por donde podía escapar; mas él halló la vía arriesgada de salvarse volando. Luego que Dédalo hubo encerrado en el laberinto al varón semibuey, o al buey semivarón[16], concebido por la abominación de su madre: rectísimo Minos, dijo, pon término a mi destierro, y vayan mis cenizas a reposar en la paterna tierra. Y ya que, agitado de los hados rigurosos, no pude vivir en la patria, a lo menos séame dado el morir. Concede que se restituya a ella mi hijo, si en mis años no me consideras a mí digno de esta gracia: y si no quieres concedérselo al muchacho, concédeselo al viejo. Estas y otras razones había dicho; mas vanamente, el inflexible Minos le negaba el regreso. Al punto que lo entendió, ahora, dijo, ahora tienes campo, oh Dédalo, para ejercitar tu ingenio. Minos es señor de la tierra y del mar, y ni la tierra ni el agua están francas para mi fuga. Resta el camino del aire; por el aire tentaré ir. Ayuda mi designio, alto Júpiter. No presumo sublimarme hasta los estrellados asientos; pero no tengo sino este camino para librarme del rey. Si hubiera salida por el estigio, vadearía las estigias aguas: permítaseme crear leyes para mi naturaleza. Los males aguzan a veces el ingenio: ¿quién jamás hubiera creído que un hombre había de caminar por las aéreas regiones? Puso en orden unas alas con plumas volátiles, atando esta ligera obra con hilo, y sujetando su parte inferior con cera derretida al fuego: acabose el trabajo del nuevo artefacto. Manejaba el muchacho sonriéndose la cera y las plumas, ignorante de que esta invención se preparaba para sus hombros. En este bajel, le dijo su padre, hemos de aportar a nuestra patria; con este auxilio hemos de salvarnos del cautiverio de Minos. Este no pudo cerrarnos el aire; todo lo demás lo ha cerrado. Ya que podemos, rompe con mi invento los aires. Pero no has de mirar a la Osa, al Boyero que la acompaña, y al Orión armado con espada. Regla tu vuelo al mío; yo iré siempre delante. Sea tu cuidado seguirme; guiando yo irás seguro. Porque si nos elevamos a las etéreas esferas, acercándonos al sol, la cera se liquidará con el calor de sus rayos; y si con humildes alas atravesamos muy inmediatos el mar, las movibles plumas se humedecerán con sus azuladas aguas. Toma pues un vuelo medio, y teme, hijo mío, los vientos: hacia donde sople el aire agita las favorables velas. Entretanto que le daba estos avisos, acomodaba las alas al muchacho, y le enseñaba a servirse de ellas: bien como la ave dirige a los endebles hijuelos. Atole después las alas, proporcionadas a sus hombros, y le entregó no sin temor al nuevo viaje. Al echar a volar besó tiernamente al pequeñuelo, y las paternales mejillas no contuvieron sus lágrimas. Había una colina menor que el monte, y más alta que la llanura: de allí se dieron los dos a la desgraciada huida. Movía Dédalo sus alas, y miraba las del hijo, sosteniendo siempre su rumbo. Pero ufano Ícaro de transitar por no descubierto camino, deponiendo el temor, voló con más osadía de la que prestaba el arte. Violos uno que con trémula caña pescaba peces, y su mano paró en la ocupación. Ya habían dejado a la izquierda las islas de Samos, y Naxos, las de Paros y Delos, amada de Apolo; y a la derecha quedaban las de Lebintos, Kálimnos de sombríos bosques, y Astipalea ceñida de pezcosos vados; cuando el imprudente muchacho con harta temeridad se remontó más arriba, abandonando a su guía. Rómpense las ligaduras, derrítese la cera con la inmediación del sol, y ya el sutil viento no sostenía el movimiento de sus brazos. Atónito echó la vista al mar desde tanta elevación, y el horrible miedo ofreció a sus ojos los crepúsculos de la noche. Acabó de liquidarse la cera, y él batía los desnudos brazos. Estremécese, y no tiene con que sostenerse. Cayó, y cayendo: Padre, oh padre, me llevan, dijo, y las cerúleas aguas sofocaron sus voces. El infeliz padre, no padre ya: Ícaro, clamó, ¿donde estás, Ícaro, o a que parte del cielo vuelas? Ícaro, clamaba; pero vio sus alas en el mar. La tierra hospedó sus huesos, y las aguas retuvieron su nombre.

[16] El Minotauro, engendro de un toro y de Pasífae, mujer de Minos.

No pudo Minos refrenar las alas de Dédalo; y yo me aparejo a detener al dios que inconstantemente vuela. Aquel se engaña que recurre a la magia de Tesalia, y al hipomanes confeccionado con la carúncula que se arranca de la frente del potro recién nacido. No son poderosas de fijar al amor las yerbas de Medea, ni los encantos de los marsos[17] mezclados con mágicos conjuros. Si con hechizos se pudiese conservar el amor, Medea hubiera poseído a Jasón; y Circe a Ulises.

[17] Marsos, antiguos pueblos del Abruzo. Tomaron el nombre de Marso, hijo de Circe, y aprendieron de él a ser famosos encantadores y hechiceros.

En vano se dan a las mujeres brebajes amatorios, que causan palidez. Estas confecciones trastornan el espíritu, y tienen la virtud de enloquecerle. Lejos todo artificio: para que os amen, sed amables. No bastarán para serlo el semblante ni la hermosura; aunque seáis un Nireo, tan alabado por el antiguo Homero, o un Hilas robado por superchería de las náyades; para retener a vuestra amada, y no veros abandonados, a las gracias del cuerpo añadid las dotes del ingenio. La hermosura es deleznable bien: se aja con los años, y fenece limitada en su período. No siempre florecen las violetas y los anchos lirios[18]; y los rosales que ya no llevan rosas, se erizan de agudas espinas. Vosotros, preciados de hermosos, pronto veréis canos vuestros cabellos; pronto vendrán las arrugas a surcar vuestro cuerpo. Perfeccionad pues el espíritu, que no se marchita, y sostendrá vuestra belleza. Él solo permanece hasta el lóbrego sepulcro. Sea no leve estudio vuestro cultivarle con las buenas letras, y aprender a ser elocuentes. No era hermoso, pero era facundo Ulises: y con su elocuencia se atraía el amor de las mismas diosas.

[18] En el original elegantemente hiantia lilia. He traducido anchos, porque siendo los lirios las flores que más se abren, el adjetivo abiertos, común a todas, no expresaría la demasiada abertura de ellos.

¡Oh, cuántas veces se dolió Calipso de la celeridad de su partida! ¡Y cuántas le detuvo diciéndole que no estaba propicio el mar para hacerse a la vela! De tiempo en tiempo le rogaba contase el asedio de Troya; y él solía referir muchas veces el mismo suceso de modo diferente. Un día, estando los dos en la playa, exigió la hermosa Calipso le contase las cruentas hazañas del capitán de los Tracios. Él, con una varita que por acaso tenía en la mano, dibujó la pedida historia en la arenosa orilla. He aquí, dijo, a Troya; y figuró sus muros en la espesa arena: este es el Simois, y aquí, a sus márgenes mi campamento. Aquí estaban las trincheras (y las pintaba) que deshicimos con muerte de Dolón, cuando vigilante intentó robar los caballos de Aquiles. Allá estaban las tiendas de Reso, rey de Tracia, a quien a oscuras cogí los caballos. Trazaba otras muchas figuras, cuando las improvisas olas borraron a Troya, y los reales de Reso con su general. Entonces la diosa le dijo: mira esas olas a las que te confías para irte, mira de cuales nombres hacen mofa en este momento.