Sienta mal al marinero la tez blanca, pues los vientos marítimos y los rayos del sol deben ennegrecerle. También sienta mal al labrador, porque siempre a la inclemencia, revuelve la tierra con la azada y corva reja. Y los que aspiran a arrebatar la palma en los juegos olímpicos serían vituperables en tener blancos los cuerpos. Todo amante esté descolorido, pues la palidez es color propio de acongojados amantes: este les viene bien, aunque imaginen que no importa el semblante. Pálido erraba Orión por los bosques en pos de la esquiva Side: pálido estaba Dafnis por la insensible náyade. La palidez sea índice del corazón, y no parezca despropósito tapar con gorro la atusada cabellera[15]. Enflaquecerán a los juveniles cuerpos las largas vigilias, la cavilación, y las ansias que siguen a un amor intenso. Para condoler a la querida andad miserables, de modo que cuantos os vean puedan llamaros amantes.

[15] Entre los romanos llevar gorro era señal de enfermedad. Habla pues aquí Ovidio de las dolencias amorosas.

Sin lamentarme de ver confundidos el vicio y la virtud, de ver que amistad y fe no son sino palabras vacías de sentido; no puedo menos de decíroslo: no hay seguridad en alabar al compañero la persona que amáis. Creyendo las alabanzas, pensará en desbancaros. Es cierto que Patroclo no corrompió la amante de su caro Aquiles, y Fedra fue casta con Pirítoo. Pílades amaba a Hermione como Apolo a Palas, y como a Elena su hermano gemelo Cástor. Pero si alguno espera otro tanto, espere coger manzanas del tamariz, y pida miel a los ríos.

Es natural la inclinación al mal: cada uno procura sus gustos, y estos son más aceptables, si vienen a costa de los demás. ¡Oh corrupción! No es temible para un amante el enemigo, y para estar seguro debe desconfiar de sus fieles amigos. Guardaos del pariente, y del hermano, y del caro compañero: todos estos os darán verdaderos motivos de recelar.

Para concluir digo que, habiendo mil genios entre las mujeres, con mil medios se ha de propiciar su corazón. No produce todos los frutos una misma tierra: esta es buena para viñas, aquella para olivas y la otra para trigo. Hay tantas inclinaciones diversas como personas en el mundo. El prudente se acomodará a todos los caracteres. Imitará a Proteo, que ora se mudaba en la corriente de un río, ora en león, ora en árbol, ora en cerdoso jabalí. Entre los peces unos se cogen con fisga, otros en redes, otros en hueca nasa.

Ni son buenos unos mismos medios para todas las edades. Una cierva vieja ve los lazos a mayor distancia. Si parecéis astuto a la inexperta, y descarado a la modesta, al punto apocadas desconfiarán de vosotros. De aquí es que las que no se atreven a entregarse a un hombre distinguido, se abandonan a los viles abrazos de un tuno.

He desempeñado la primera parte de la empezada obra. Echemos aquí las anclas para detener la nave.


LIBRO SEGUNDO.