[14] Habla de los criados y mayordomos de los Lúculos de aquel tiempo.
Si tenéis buena voz, cantad; y si cuerpo ágil, bailad. Agradad por cualquiera habilidad con que podáis agradar. Como la embriaguez verdadera ofende, así fingida divierte. Fingid pues que vuestra lengua tartamudea, para que se atribuya al demasiado vino cuanto hagáis o digáis con menos decencia. Decid saludes a la querida, y saludes al que duerme con ella; pero a este imprecadle con interior siniestro. Cuando acabado el convite se levante de la mesa (la misma concurrencia os facilitará el acceso) arrimándoos despacio interpolados entre los demás; pellizcadla, y dadla una pisadita.
Se aproxima el coloquio. Desechad la nimia cobardía, lejos el encogimiento, pues Venus y Fortuna ayudan al atrevido. No os dictaré yo lecciones para ser elocuentes. Con solo empezar os vendrá espontáneamente la facundia. Haced el enamorado, imitando con las palabras la enfermedad amorosa, y procurando con arte que os den fe. Y no habrá trabajo en que os crean, porque ninguna hay que no presuma de ser amable: por muy feas que sean, todas se juzgan con atractivos para agradar. Empero muchas veces se empieza a amar por chanza, y muchas veces llega a ser de veras lo que al principio se finge. Sí, mujeres, cuanto más complacientes seáis para estos remedadores, tanto más sincero se hará el amor que poco ha era falso.
Tratemos de sorprender el corazón con imperceptibles cariños, como las aguas puras socavan la pendiente orilla. No tengáis empacho de alabar su cara y sus cabellos, sus torneadas manos, y sus enanos pies. Los elogios de la hermosura lisonjean también a las castas; y el parecer hermosas es cuidado agradable de las doncellas. ¿Por qué no se corren ahora Juno y Palas de haber puesto en juicio su belleza en medio de las selvas frigias? El pavón de Juno ostenta, cuando le alaban, el tornasolado brillo de sus plumas; y si le miran con indiferencia, esconde la riqueza de su adorno. Los caballos entre las contiendas de la rápida carrera se envanecen con el aplauso de su cuello y bien peinadas crines.
No andéis escasos en prometer: las promesas cautivan a las mujeres. Poned a cualesquiera dioses por testigos de lo prometido. Júpiter desde las alturas ríe de los perjurios de los amantes, y manda a los vientos de Eolo que lleven los que son nulos. Júpiter solía jurar en vano a Juno por el lago Estigio, y él mismo nos alienta con su ejemplo. Importa que haya dioses; y pues importa, creamos que los hay. Ofrezcámosles incienso y vino en las antiguas aras, porque no yazcan en el ocio, ni sumidos en el letargo. Vivid con probidad, pues la deidad os observa. Restituid los depósitos: sed religiosos en cumplir los pactos: huya el fraude: no seáis homicidas. Burlad impunemente, si sabéis, solo a las mujeres. Esta es la única fe a que es vergonzoso no corresponder con dolo. Engañad a las engañadoras: son raza pérfida por la mayor parte; caigan pues en los lazos que tendieron.
Cuéntase que el Egipto careció de las lluvias que fertilizan los campos, padeciendo en sequedad nueve años. Trasio se acercó al rey Busiris, y le mostró que Júpiter se aplacaría, derramando en sacrificio la sangre de un extranjero. Tú serás, respondió Busiris, primera víctima inmolada a Júpiter; y como extranjero atraerás la lluvia al Egipto. Y Falaris tostó en el toro los miembros del inhumano Perilo, estrenando el autor para su daño la obra. Justos fueron los dos tiranos, porque no hay más equitativa ley, que la de que perezca con su misma arte el inventor del suplicio. Así que, engañando con razón los perjurios a las perjuras, sufrirá la mujer las falsías de que da ejemplo.
Las lágrimas son provechosas: con lágrimas ablandaréis a los diamantes. Haced, si podéis, que vea las mejillas humedecidas con el llanto. Si no podéis llorar (porque no siempre vienen a deseo las lágrimas) estregad los ojos con la mano mojada. A vuestras cariñosas expresiones, añadid dulces besos. Aunque ella no los dé tomadlos sin licencia. Acaso lo repugnará al principio, y os llamará insolente; pero no obstante querrá que la venzáis en esta repugnancia. Precaved solamente que al robar los besos no lastiméis sus encarnados labios, no sea que se queje de que son brutales vuestros besos.
El que tomó besos, y no toma lo demás, será digno de perder también los que se le han dado. Después de los besos ¿Cuánto falta para completar el deseo? El dejarlo no es ya pudor, sino necedad. Lo llamarán violencia, pero es grata esta violencia a las mujeres, las cuales por lo regular quieren dar por fuerza lo que las deleita. Cualquiera de ellas a quien se roba por sorpresa un gusto de amor, se regocija, y tiene esta malicia por agasajo. Pero la que pudiendo ser obligada, se va sin que la toquen, aunque afecte satisfacción en el semblante, quedará descontenta. Febe fue violada; y a su hermana se le hizo fuerza; y con todo eso una y otra se agradaron de sus forzadores.
Aunque bien conocida, no se ha de omitir la historia de la hija del rey de Esciros, de quien triunfó Aquiles. La diosa ciprida había dado ya a Paris su recompensa por haber preferido su belleza a la de dos diosas, en el monte Ida. Ya la nuera de Príamo, venida de otras tierras era en los troyanos muros esposa de Paris. Los griegos aliados juraban vengar al ofendido marido, y la afrenta de uno solo era la afrenta de todos. Aquiles estaba disfrazado con ropas largas de mujer: traje vergonzoso, si no lo vistiera por acceder a los ruegos de su madre. ¿Qué haces, nieto de Eaco? No es tu oficio el de hilar lana. Busca timbres en la ocupación de Palas. ¿Qué, a ti los canastillos? Más bien estará en tu mano el escudo. ¿Por qué tienes el huso en la diestra que derribará a Héctor? Arroja las mazorcas del torcido estambre; blandirás tu lanza con esa fuerte mano. Casualmente había en la misma mansión una doncella de estirpe regia, que con deshonor suyo, conoció que aquel era varón. Fue vencida por violencia, y así debemos creerlo; pero también que ella se dejó vencer. Cuando Aquiles se apresuraba a marchar y había tomado ya las bélicas armas: Detente, le decía reiteradamente. ¿Dónde está ahora la fuerza? ¿Por qué detienes, Deidamía, con cariñosas palabras al autor de tu deshonra?
Hay cosas de las que una mujer no puede sin rubor hablar la primera, pero que admite gustosa cuando se las proponen. ¡Ah! ¡demasiado presume un joven de su hermosura, si aguarda que la mujer pida favores! A los hombres toca empezar: a los hombres toca recuestar con palabras suplicantes; y a ellas aceptar benignamente los dulces ruegos. Si queréis gozar, rogad, pues ellas desean solamente ser rogadas. Manifestadles pues lo que apetecéis. No desdeñaba el mismo Júpiter de dirigir súplicas a las antiguas heroínas, y ninguna repelió al gran Júpiter. No obstante si veis que a las súplicas opone orgullosa dureza, dejad lo comenzado, y volved atrás. Muchas se apasionan de quien las huye, y desaman a quien las busca. Solicitando con más tibieza, apartaréis el fastidio. No siempre se alcanzan goces de Venus por el declaradamente enamorado; a veces entra el amor cubierto con velo de amistad. Por este medio he visto enamorarse a mujeres insociables, y al que había ido amigo trasformado en amante.