[10] Era costumbre no pasearse por entre las columnas de los pórticos o atrios.
Ni la dejéis sola en las diversiones teatrales: allí con su compostura os embebecerá la atención. Miradla y remiradla, y haced como que la admiráis; habladla muchas cosas con los ojos, y muchas por señas Aplaudid a la mima que baile con destreza, y a cualquiera que represente papel de enamorado. Levantaos cuando ella se levante, estad sentado mientras lo estuviere: gastad el rato al arbitrio de la señora.
Empero no acostumbréis a ensortijar con hierro los cabellos, ni a pulir las piernas con la áspera pómez. Dejad esta afeminación a los sacerdotes que con frigios tonos cantan aullando a la madre Cibeles. A los hombres les conviene compostura descuidada. Teseo prendó a Ariadna sin arrebolarse ni rociarse con esencias. Fedra amó a Hipólito, que no usaba de muchos atavíos; y era cuidado de Venus, Adonis en traje inculto. Cuidad del aseo, aunque la cara esté fusca con los ejercicios del Campo Marcio. Llevad bien hecha y sin manchas la toga. No tengáis asquerosa la lengua, los dientes llenos de sarro, ni naden los pies en amplio calzado. No llevéis la cabeza deformemente trasquilada; traed el cabello y la barba cortada por mano hábil. No tengáis largas ni con suciedad las uñas, ni sobresalga pelo alguno en las ventanas de la nariz. Evitad que os huela mal el aliento, y el cuerpo a sobaquina. Todo lo demás es de mujeres lascivas, o de aquel varón que se complace en torpes amores.
He aquí a Baco que llama a su poeta, y como protector de amadores favorece la llama con que él mismo se abrasa. Ariadna erraba demente por la desierta playa de Cnoso en aquella parte por donde bañan a la pequeña Día las marinas ondas. Como estaba en el sueño,[11] velada con desceñida túnica, los pies desnudos, y destrenzados los rubios cabellos, demandaba con gritos a las sordas olas el cruel Teseo, vertiendo un río de desmerecidas lágrimas, que regaban sus rosadas mejillas. Clamaba y lloraba juntamente, y en sus voces y llanto parecía más hermosa. Golpeándose otra vez el primoroso pecho, ¡el pérfido se ha ido!, dijo, ¡qué será de mí, qué será de mí! Y toda la ribera resonó con el ruido de los címbalos y atabales pavorosamente tañidos. La conmoción la derribó en tierra, interrumpiendo sus últimas palabras: quedó sin movimiento como amortecida. Al punto vinieron las bacantes, tendida la melena por las espaldas: al punto los ligeros sátiros, cortejo precursor del dios: al punto el viejo beodo Sileno, que teniéndose apenas a caballo del asno, se asía mañoso de las crines. Entretanto que seguía a las bacantes, y que las bacantes ya le huían, ya le buscaban, picó al cuadrúpedo con los talones, y como mal jinete dio de cabeza, caído del orejudo asno. Los sátiros le gritaron: Sus, arriba, arriba, padre. Ya el dios desde el carro tejido de uvosos pámpanos detiene con las riendas de oro los uncidos tigres. Quedó Ariadna sin color, sin habla y sin llamar a Teseo. Tres veces intentó huir, y tres veces embargada por el miedo tembló como las vacías espigas sacudidas por el viento; como la caña leve se bambolea en la cenagosa laguna. Depón el miedo, le dijo el dios, en mí tienes un compañero más fiel que Teseo. Oh Ariadna, de Baco serás la dulce esposa. Por dote te doy el cielo: del cielo astro radioso,[12] servirás de guía a la incierta nave. Dijo; y a fin de que ella no se espantase de los tigres, saltó del carro, la arena cedió bajo sus pies. La llevó abrazada contra su pecho, porque a la verdad no tenía fuerza para resistirse; bien que es fácil a los dioses poderlo todo. Parte de la comitiva cantó Himeneo, y parte clamó: ¡Evoé, evoé! Así fueron juntos al tálamo nupcial la novia y el dios.
[11] Esto es, como había despertado, porque Teseo la dejó durmiendo.
[12] Conocido con el nombre de corona de Ariadna.
Así que, cuando en los convites brindaréis los báquicos dones, sentados mano a mano con alguna mujer, deprecad al padre Nictelio[13], y las nocturnas deidades no permitan que los vinos perturben vuestro cerebro. Allí tendréis libertad de decir con palabras encubiertas mil cosas amorosas, que ella se tomará por sí. Escribid en la mesa breves galanterías con las gotas de vino derramadas, para darle a conocer que es vuestro dueño. Mirad sus ojos con ojos intérpretes de vuestra pasión. Un semblante taciturno habla a veces más que la lengua. Haced por tomar el primero el vaso en que haya bebido, y bebed por donde sus labios le hayan tocado. Y cualquiera cosa de comer que haya partido con los dedos, pedídsela y al dárosla tocadle la mano.
[13] Sobrenombre de Baco.
Trabajad también en adular al marido, pues hecho amigo os será muy útil. Si bebéis por suerte, dejadle la suerte primera, y dadle la corona quitada de vuestra cabeza. Si es de clase inferior o igual, dejadle tomar de todo antes; deferid a él, y no le contradigáis. Aunque la tengan por algo culpada, es vía frecuente y segura engañar al marido so color de amistad.
Excédase enhorabuena el encargado de probar el vino y administrarlo[14]; pero yo os prescribiré la medida cierta con que habéis de beber, y es mientras tengáis firmes el juicio y los pies. Evitad sobre todo las rencillas dimanadas del vino, y harto capaces de parar en golpes. Mató a Euritión la brutalidad en embriagarse: la mesa y el vino son más propios para agradable pasatiempo.