Así los que buscan objeto de permanente amor aprendan desde luego qué parajes frecuentan las mujeres. No será para esto necesario emprender dilatados viajes, ni atravesar mares procelosos; bien que Perseo haya traído a Andrómeda de los indios atezados, y el troyano Paris haya venido a robar la griega Elena. Roma os ofrecerá tales y tantas lindas mozas como pueblan, según decimos, lo demás del mundo. Y no es tan fértil en granos la campiña de Gárgaro, ni en uvas Metimna, ni surcan el mar más peces, ni oculta más aves la frondosidad de los árboles, ni esmaltan el cielo tantas estrellas como muchachas tiene Roma. Venus reside en la ciudad de su hijo Eneas.

Los que se inclinan a las que aún están en sus primeros e imperfectos años, las hallarán verdaderamente niñas. A los que gustan de jóvenes, no les faltarán tantas placenteras jóvenes, que pondrán perplejidad en su deseo. Pero los que por casualidad sean llevados por las de edad adulta y más cuerda, créanme que esta turba será copiosísima.

Paseaos vagarosos en los ardientes días del estío a sombra del pórtico de Pompeyo o en el que a la munificencia del hijo añadió su munificencia la madre, suntuoso edificio de peregrinos mármoles. Id al pórtico adornado con cuadros de la antigüedad, que por el nombre de su fundadora es llamado de Livia: y al en que están pintadas las Danaides, que osaron fraguar muerte a los míseros primos, desposados con ellas, y su cruel padre está en pie con la espada desnuda. Tampoco evitéis el templo de Adonis llorado de Venus: ni los sacrificios celebrados al séptimo día por el judaico Siro: ni olvidéis el de la menfítica Isis con vestimenta de lino, que a muchas hizo lo que ella fue con Júpiter[2].

[2] Isis o Ío tuvo torpes amores con Júpiter: Juno la perseguía por celos, y para librarla de su indignación, la convirtió Júpiter en vaca, y en esta figura huyó al Egipto.

El foro, ¿quién lo creería?, es a propósito para casos amorosos: en el sutil foro se halla muchas veces la llama del amor. La fuente Apia, dominada por el adyacente templo de Venus construido con mármol, hiende el aire con saltantes aguas. Allí con frecuencia el causídico se deja coger del amor, y él que defiende a otros no se defiende a sí mismo. Allí con frecuencia faltan palabras al más elocuente, nuevos negocios le ocupan, y así solo trata de la propia causa. El que poco ha era patrono, ahora desea ser cliente. De este ríe Venus desde el templo cercano.

Pero cazad principalmente en los públicos teatros, sitios más favorables a vuestros designios. Aquí hallaréis amor y entretenimiento: las que queráis disfrutar una vez, las que escojáis para poseerlas. A la manera que las hormigas en numeroso escuadrón van y vuelven sin cesar, cargadas de granos para su sustento, o como las abejas revuelan por los amenos y olorosos sotos, buscando el tomillo y las flores, así concurren las mujeres ataviadísimas a los juegos solemnes. Su afluencia algunas veces fue embarazo a mi elección. Vienen a ver, y vienen a ser vistas. Es peligroso este lugar para el casto pudor.

Tú, ¡oh Rómulo!, instituiste el primero espectáculos perturbados por el amor, cuando la robada sabina deleitó a tus vacantes ciudadanos. Entonces los teatros no estaban decorados de mármoles y colgaduras, ni competían en la escena los vistosos colores. No había artificio, y la escena se adornaba simplemente con enramadas de verde hojarasca que producía el nemoroso Palatino. El pueblo se sentaba en gradas hechas de césped, llevando coronadas con hojas verdes sus desgreñadas cabelleras. Miraban los romanos a las sabinas, reparando cada uno en la que era de su gusto, y revolviendo en el silencio de su pecho muchos deseos. Cuando el flautista etrusco tocaba un rudo tono, bailando el histrión a su compás, en medio de los aplausos (que entonces el aplauso era desordenado) dio el rey al pueblo la esperada señal para el robo. Desertando repentinamente sus puestos, y publicando con algazara su resolución, pusieron en las doncellas las concupiscentes manos. Como la timidísima banda de palomas huye del águila, como la corderita huye de los voraces lobos, así temieron a los varones que tumultuariamente se precipitaban sobre ellas. Ninguna hubo que no mudase de color: porque el temor era uno; pero no uno el efecto del temor. Unas se arrancan los cabellos: otras quedan atónitas: estas callan tristes: aquellas llaman en vano a su madre. Unas se lamentan: otras yacen estúpidas: aquellas permanecen: estas escapan. Si alguna se oponía tercamente y rehusaba al raptor comedido, este con libidinoso ardor la llevaba en sus brazos. ¿Por qué con lágrimas, la decía, estragas tus lindos ojos? Yo seré para ti lo que tu padre es para tu madre. ¡Oh Rómulo! Tú solo supiste hacer felices a los soldados. Si a mí me cupiese igual suerte, sería soldado. De aquí viene que los grandiosos teatros están aún hoy llenos de asechanzas contra las hermosas.

Ni dejéis de asistir al certamen de los nobles caballos, pues el circo proporciona oportunidades entre sus inmensos concurrentes. Allí no se necesita explicar por señas los pensamientos, ni se han de notar vuestras acciones. Sentaos cerca de la dama, no estorbándolo alguno; juntad cuanto podáis vuestro lado al suyo: y tocadla mal de su grado, como que os constriñe la disposición del lugar.

Escogitad entonces motivo de familiar conversación, y desplieguen vuestros labios las cosas generales. Preguntadla con estudio cuyos son los caballos que veis en la liza, y haced sin detención votos por aquel, cualquiera que sea, a quien favoreciere con los suyos. Llegará el carro en que los ebúrneos simulacros de los dioses son llevados con pompa; aplaudid con respetuosa mano a Venus, como a señora.

Si en el regazo de la muchacha cayere tal vez polvo, sacudidlo con los dedos, y sacudidlo también, aun cuando no lo hubiere. Tomad cualquier pretexto para ser oficioso. Si el manto muy caído le arrastrare por el suelo, levantadlo, y limpiadle con prontitud la inmundicia. Por premio de esta urbanidad, se presentarán a vuestra vista y tolerándolo ella, le veréis sus piernas. Cuidad además de que los que estuvieren detrás sentados no opriman con opuesta rodilla sus delicadas espaldas.