Las frivolidades atraen a los ánimos livianos: a muchos les fue útil mullir con maña una almohada para hacer más blando asiento a la muchacha: les fue útil mover con ligero soplo el abanico[3], y formar cómodo apoyo para sus pies. Estos medios facilita el circo al amor naciente, y la triste arena esparcida por el inquieto anfiteatro. El vendado rapaz combate muchas veces en aquella liza, y los que miran las heridas de los atletas tienen no menos heridas. Mientras hablan y se divierten, y apuestan sobre quién será vencedor, suspiran llagados, sintiendo las volátiles flechas: contribuyen en parte a variar el espectáculo.
[3] Eran hechos de maderas muy delgadas, y mayores que los de ahora, como que no servían para adorno, sino para comodidad.
¿Y qué no sucedería si César ordenase representar ahora la batalla naval en que fue echada a pique la pérfida escuadra de los griegos? A este espectáculo[4] vinieran de los dos mares jóvenes y muchachas, y la ciudad parecería un gran mundo. ¿Quién en tal muchedumbre no hallaría a quien amar? ¡Ah, cuántos fueran aquejados de amor extranjero!
[4] Alude a la batalla naval de Accio bien conocida en la historia.
Ya César va a añadir al orbe sojuzgado el resto de no domadas naciones, y los extremos de oriente extenderán ahora el imperio. ¡Partos, seréis castigados! ¡Alegraos, soldados de Craso, que ya seréis sepultados! Y vosotras, enseñas romanas, ultrajadas por manos bárbaras, tendréis un vengador que en sus primeros ejercicios probó ser consumado capitán. Siendo joven manda la guerra como hábil veterano. Perdonad, natalicios, pues no se cuenta la edad de los dioses. La virtud es prematura en los Césares. Su genio celestial se levanta más veloz que sus armas, y lleva con despecho los daños de la cobarde tardanza. Niño era, y con sus manos despedazó Hércules dos serpientes, mostrándose desde la cuna digno de Júpiter. ¡Y cuán grande fuiste tú, Baco, siendo aún mancebo, cuando la vencida India dobló el cuello a tus tirsos! Joven excelso, pelearás con el valor y auspicios de tu padre, y vencerás con el valor y auspicios de tu padre. Haz el aprendizaje a la sombra de tan grande nombre; y así como ahora eres príncipe de la juventud, lo serás algún día de los ancianos. Tienes hermanos; venga la injuria de tus hermanos. Tienes padre; defiende los derechos de tu padre. Te ceñirá las armas tu padre, el padre de la patria, pues el enemigo se apoderó sin su licencia de las tierras del Imperio. Tú disparas justos dardos, y él malvadas saetas, y estarán así a favor de sus estandartes el derecho y la piedad. Son vencidos los partos en la causa, sean vencidos en las armas. Traiga mi capitán al Lacio las riquezas del reino de la aurora. Padre Marte, padre César, auxiliadle en su jornada, ya que uno de vosotros es dios, y el otro llegará a serlo. Vaticino ya: vencerás, dedicaré votivos himnos, y cantaré tus hazañas con heroica trompa. Haciendo alto, exhortarás con mis palabras a las huestes. ¡Oh! ¡Correspondan mis razones a tu valor! Diré la fuga de los partos, y el esfuerzo de los romanos, y los dardos que lanza el enemigo desde sus vueltos caballos. Parto, que huyes para vencer, ¿que dejas al vencido? Parto, tus armas tienen ya un funesto presagio. ¿Llegará pues aquel día en que tú, el más bizarro de los príncipes, entres triunfante en un dorado carro, tirado por cuatro blancos caballos? Irán delante los caudillos, atados los cuellos con cadenas, y no podrán, como antes, salvarse en la fuga.
Presenciarán el triunfo los jóvenes alegremente mezclados con las muchachas, y aquel día dilatará los ánimos de todos. Entonces, si alguna os pregunta el nombre de los reyes y plazas, montes y ríos, cuyos diseños se lleven tremolados, responded a todo, y aun a lo que no pregunte, refiriendo como bien sabido o que ignoréis. He aquí el Éufrates con la cabeza coronada de cañas, y aquel río de cerúlea cabellera es el Tigris. Estos son armenios, aquella Persia. Esta ciudad está en un valle de los aquemenios. Aquel y aquel son los generales; y se llamarán por los nombres que les deis. Decid los verdaderos si los supiereis, y si no, otros a propósito.
También los festines proporcionan entrada a las abastecidas mesas, donde, además del vino, hallaréis otros placeres. Allí el amor humilla la altivez de Baco, presentado a los brindis por torneados brazos. Cuando Cupido empapó en el vino sus alas rezumosas, se hace pesado y permanece inmóvil. Sacude velozmente sus mojadas plumas, pero no impide que el amor inunde los corazones. El vino dispone los ánimos a enardecerse, y a fuerza de beber se disminuyen y desechan los cuidados. Entonces vienen las risas: entonces hasta el pobre toma orgullo: entonces huyen las zozobras y pesares, y se rejuvenece la arrugada frente: entonces la sinceridad, tan rara en nuestro siglo, abre los senos del alma, porque Baco ahuyenta los artificios. Allí las muchachas roban el corazón a los jóvenes, porque Venus en los vinos es fuego en el fuego. La noche y el vino impiden discernir la hermosura; y así no fieis demasiado de la engañosa luz de las lámparas. Paris miró de día y a cielo abierto a las diosas, para pronunciar su juicio a favor de la más bella. Por la noche se ocultan las tachas y se perdonan todos los defectos; y la oscuridad hace hermosa a cualquiera. Consultad al día las piedras preciosas y las telas teñidas de púrpura; consultad al día los talles y semblantes.
¿Para qué os he de nombrar las reuniones mujeriles, acomodadas para los que conquistan? Exceden a las arenas. ¿Qué diré de Bayas, y de sus riberas pobladas de albergues? Y ¿qué de los calientes baños de azufre que estan humeando? Uno, saliendo de aquí con el corazón llagado, dijo: no son saludables estas aguas, como cuentan. He allí fuera de las murallas el templo de la selvática Diana, cuyo sacerdocio se disputa con puntas de ofensivos cuchillos.[5] La diosa, aunque virgen y enemiga de los dardos de Cupido, ha causado y causará a sus devotos muchas heridas.
[5] El que vencía sucedía en el sacerdocio, de modo que esta dignidad se podía llamar conquistada.
Hasta aquí mi musa, en desiguales versos, os ha enseñado donde habéis de buscar a quien amar, y donde armarle lazos. Ahora me afano a mostraros lo más importante de mi arte, que es el modo de ganar a la que os agradó. Escuchadme, hombres, con mente dócil, seguros de que no hago promesas vanas. Persuadíos firmemente a que todas se pueden coger; y las cogeréis, dándoos maña. Antes enmudecerán los pájaros en la primavera, en el estío las cigarras, y los perros huirán la liebre, que a un joven se resista la mujer suavemente acariciada. Tal que pensaréis no condescienda, también condescenderá. Bien así como a los hombres, engolosina a las mujeres la furtiva Venus. Los hombres disimulan mal; ellas desean más encubiertamente. Por eso es ley conveniente que el varón se declare antes, y que la hembra ruegue ya vencida. La novilla brama al toro en los herbosos prados; la yegua relincha al cornípedo caballo.