No es más punzante en nosotros, ni tan furiosa la lujuria: el ardor viril tiene término natural. Aficionose de su hermano con amor prohibido la ninfa Biblis, y con un dogal castigó en sí lo ilícito valerosamente. Mirra concibió por su padre indebida ternura, y se escondió debajo de la corteza de un árbol oloroso, donde está ahora llorando. Nos ungimos con sus lágrimas, y conservan el nombre de su dueño.
Había en los valles umbríos del frondoso Ida un albo toro, ornamento de su rebaño, señalado con un poco de negro en medio de los cuernos; tenía esta única mancha, lo demás era como la leche. Las novillas de Cnoso y de Cidón apetecieron sostenerle en su lomo. Pasífae lisonjeada de que llegaría a ser su amante adúltera, odiaba celosa a las garridas terneras. Lo que digo es notorio, y no lo puede negar Creta la mentirosa con sus ciento ciudades. Esta misma segaba, con desacostumbrada mano, tiernas hojas y fresca yerba para el toro. Iba compañera entre el rebaño, sin que detuviese su ida el cuidado del esposo; y el toro era preferido a Minos. ¿De qué te sirve, Pasífae, vestir ropas preciosas, si tu galán es insensible a esas riquezas? ¿Qué necesitas espejo tú que corres tras del rebaño por ásperas montañas? ¿Para qué, necia, rizas tanto el cabello? Cree al espejo que te desmiente de que eres becerra: ¡oh, cuanto quisieras que te naciesen cuernos en la frente! Si amas a Minos, no busques barragán; o si quieres ofenderle, oféndele con hombre. Por bosques y jarales, dejando el ostentoso palacio, vaga la reina como bacante inspirada por el dios de Aonia. ¡Ah! Cuántas veces miró con mal gesto a una novilla, diciendo: ¿Por qué esta agrada a mi querido? Ved como trisca delante de él en las praderas, y no dudo que neciamente se imagine que le agrada con saltar así. Decía, y mandaba, al punto quitarla de la vacada, y ponerla sin razón a tirar del duro arado; o la hacía caer ante las aras, víctima del maquinado sacrificio, teniendo alegre ella misma las entrañas de su competidora. Y siempre que aplacaba a los númenes con rivales degolladas, teniendo sus entrañas: andad ahora, decía, a agradar a mi dueño. Ya pretendía la suerte de la ninfa Europa, ya la suerte de Ío: esta porque fue vaca; la otra porque cabalgó en un toro. Pasífae sació por fin su pasión con la guía del rebaño, metiéndose dentro de una vaca de madera; y el parto descubrió a su autor[6].
[6] De este trato bestial nació el Minotauro, que encerró Dédalo en el laberinto de Creta.
Si Aérope no hubiera sucumbido al adulterio de Tiestes, no hubiera Febo retrocedido en medio de su carrera, ni con vueltos caballos conducido hacia la aurora su carro. La hija de Niso, robado a su padre el cabello de que pendía su vida, para entregarlo al enemigo que ella amaba, fue cambiada en monstruo marino, que entre sus muslos apretaba a unos perros rabiosos. Fue inhumanamente asesinado por su consorte el atrida Agamenón, el que en la tierra había escapado a Marte, y en el mar a Neptuno. ¿Quién no virtió lágrimas sobre la hoguera de Creúsa, y sobre la madre ensangrentada con la muerte de sus hijos? Lamentó Fénix con secos gemidos el vilipendio de su padre. Los espantados caballos despedazaron a Hipólito. Fineo, ¿por qué arrancas los ojos a tus inculpables hijos? Sobre tu cabeza recaerá este castigo.
Tantas desventuras se causaron por lascivia femenil. Es más acre que la nuestra, y tiene más vehemencia. Ea pues, no dudéis de lograr todas las muchachas: apenas habrá entre mil una que resista a vuestras solicitudes. Las que otorgan y las que niegan se gozan de ser rogadas. Para que os engañéis, al principio os darán repulsa; pero ¿por qué engañaros, siéndoles sabrosa la novedad en los deleites, y arrastrando más su corazón los vedados? Más colmada parece siempre la mies en el campo ajeno: más abundante en leche el rebaño vecino.
Pero ante todo procurad conocer a la sierva del objeto anhelado, para que os facilite su trato. Ved que interviene en los consejos de su ama, y que es sabedora no poco confidencial de sus secretas diversiones. Sobornadla con ruegos y con promesas, porque si ella quiere obtendréis fácilmente lo que deseáis. Elija ella el tiempo (también los médicos guardan tiempos) en que la voluntad de su señora se manifieste fácil, y dispuesta a ser ganada. Estará dispuesta la voluntad cuando alegrísima sobre manera lozaneare, como el sembrado en tierra fértil. Así como la tristeza comprime los corazones, la alegría los ensancha: entonces se abren por sí mismos, y Venus entra no difícilmente. Cuando Troya estaba triste, se defendió peleando; entregada al regocijo recibió el caballo preñado de soldados.
Hase también de propiciar cuando se doliere injuriada por combleza del marido: entonces redoblad vuestras artes, para que no quede sin venganza. Despierte su atención la sierva al peinar por la mañana sus cabellos, añadiendo a la vela la fuerza del remo. Y suspirando diga entre sí con leve murmullo: a mi parecer nunca podrás pagarle en la misma moneda.[7] Hable entonces de vosotros en términos persuasivos, jurando que morís locamente por sus amores. Pero aprovechad la coyuntura, no sea que se abatan las velas, y amaine el viento. Desaparece brevemente la ira, como la frágil escarcha.
[7] Se entiende del marido amancebado.
¿Me preguntaréis acaso si convendría corromper a la misma tercera? Se necesita en esto grande fortuna. Muchas con el concúbito se hacen más activas, y otras más negligentes. Las unas os prepararían el don de su señora; las otras labrarían sus placeres. El acierto es eventual: y aunque esto salga bien a los atrevidos, mi consejo es abstenerse.
No os conduciré yo por eminencias y precipicios, ni ningún joven será chasqueado, siendo yo su director. Si la confidente, al recibir y dar los billetes, os place tanto por su figura, como por su puntualidad, haced por gozar primero a la señora, y sígala ella en la suerte. No habéis de empezar la Venus por la sirviente. Lo único que aconsejo (si se da crédito al arte, y no tenéis mis dichos por palabras vagas) es: o no intentar, o perfeccionar la obra. Se quita el descubridor, entrando ella una vez a la parte en el delito. En vano se esfuerza a volar el pájaro cogido en la liga: no escapa fácilmente el jabalí asido en las redes; ni el pez huye herido y preso en el anzuelo. Asaltad la plaza, y no os apartéis sino vencedores. Entonces no os estorbará, ligada con la culpa de entrambos, y sabréis cuanto haga y diga su señora. Pero sed muy callados, porque si no la descubrís, sabréis siempre las interioridades de vuestra amiga.