(26) Cerca del Sepulcro de Faeton fueron
transformadas sus hermanas en Álamos
y el Rey Cicno en Cisne.
FÁBULA III.
LAS HERMANAS DE FAETON TRANSFORMADAS EN ÁRBOLES, Y CICNO EN CISNE.
Las Ninfas de la Hesperia[125] dan sepultura al cuerpo, que aun humeaba con la llama de tres puntas, entallando en su sepulcro este epitafio.
AQUÍ YACE FAETON, COCHERO DEL CARRO DE SU PADRE, QUE AUNQUE NO LE RIGIÓ CON FELICIDAD, LO EMPRENDIÓ SIN EMBARGO CON ARROGANCIA JUVENIL.
Entre tanto su miserable padre habia inundado su rostro con el triste llanto;[126] y si se ha de creer la tradicion, no hubo sol un dia, y el mismo incendio sirvió de luz al mundo, hallándose de este modo alguna utilidad en medio de tanta desolacion. Pero Climene,[127] despues de prorumpir en todo lo que es propio de una madre sitiada de semejantes penas, recorre todo el mundo, llorosa, loca, rasgando sus vestidos y seno. Buscaba primeramente los miembros muertos de su hijo, y despues eran sus cuidados los huesos, que halló por último casualmente sepultados en tierra extraña. Sentóse en aquel sitio, y leyendo el nombre que estaba grabado en el mármol, le regó con sus lágrimas, calentándole despues con su desnudo pecho. Lúgubres llantos tributan á la muerte tambien las Heliadas;[128] consolándose de este modo vana é inútilmente, é hiriéndose el pecho con las manos, llaman de dia y noche á Faeton, que ya no puede escuchar sus compasivas quejas, y permanecen postradas sobre su sepulcro. Quatro veces habia iluminado la luna toda su redondez, uniendo sus puntas brilladoras,[129] y ellas continuaban sus lamentos (pues el uso se habia trocado ya en naturaleza) quando Faetusa, que era la mayor de las hermanas, queriendo sentarse en tierra, se quejó de habérsele endurecido los pies. Fué detenida, al ir á socorrerla la blanca Lampecia, con raices nacidas repentinamente; la tercera arranca hojas con sus manos, quando solo intentaba arrancarse los cabellos. Una se queja de que sus piernas se transforman en troncos: otra de que sus brazos se vuelven ramas; y miéntras estan admiradas con este prodigio, empiezan á cubrirse los muslos de corteza, que por grados ocupa el vientre, pecho, hombros y manos; solo les falta por cubrir la boca con que llaman á su madre. ¿Pero qué habia de hacer esta desdichada sino discurrir por acá y acullá como una loca, y miéntras puede, juntar sus labios amorosos con los de las hijas? No se contenta con esto, se empeña en arrancar sus cuerpos de las raices, y dividir con las manos las tiernas ramas; pero en vano, porque manan de ellas gotas de sangre, como de una herida. No hagas eso, madre, claman ellas heridas. Madre, rogámoste no lo hagas, porque nuestro cuerpo es despedazado en el árbol con los esfuerzos que haces. Quédate ya con Dios. Á estas últimas palabras acabó de cubrirse su boca con corteza. Corren lágrimas de estos árboles;[130] y el ámbar,[131] que destilan sus ramas, se endurece con el sol; la cristalina corriente le recibe, y lleva para uso de las matronas Romanas.
Presenció este prodigio Cicno, hijo de Esteneleo, quien, aunque estaba unido á Faeton, por el parentesco materno, lo estuvo mas por la amistad. Este Príncipe, Señor de muchas poblaciones de Liguria,[132] y de populosas ciudades, dexando sus Estados, se fué á las riberas del Erídano, y las llenaba de quejas, como igualmente á las selvas aumentadas por las hermanas de Faeton, quando la voz se le disminuye, y sus cabellos se le mudan en blancas plumas; del pecho le sale el cuello largo, y la juntura liga á los roxos dedos; y un pico redondo ocupa la boca; en una palabra, Cicno se transforma en cisne, ave nueva; pero acordándose del fuego, que tan injustamente arrojó Júpiter, no mira al cielo, ni á aquel; habita los estanques y espaciosos lagos, eligiendo por su morada á los rios, cosa contraria al fuego, que tanto aborrecia.[133]
Entre tanto Febo, desaliñado y privado de su hermosura, como quando se ve eclipsado, se aborrece á sí mismo, á la luz y al dia: se entrega á la tristeza; con ésta aumenta su ira, y no quiere alumbrar al mundo: bastante, dice, he trabajado desde el principio de él, y estoy pesaroso de un no interrumpido trabajo, que no me sirve de honor. Gobierne qualquiera otro el carro que lleva la luz; y si no hay ninguno, y confiesan todos los Dioses que no pueden, gobiérnele el mismo Júpiter, para que á lo ménos, y miéntras maneja mis riendas, dexe los rayos, que han de privar á los padres de los hijos. Pues quando vea por la experiencia el ímpetu de los ardientes caballos, conocerá que no fué digno de muerte el que no los gobernó bien. Á estas palabras rodean al sol todos los Dioses, y con rendidas voces le suplican no quiera introducir en el mundo las tinieblas. Tambien Júpiter se disculpa de haber arrojado el rayo, é imperiosamente añade las amenazas á los ruegos. El Sol recoge los caballos furiosos, y aun sobresaltados del terror, y castigándolos con la espuela y el látigo, se enfurece, y les da en rostro con la suerte desventurada de su hijo, imputándoles su muerte.
FÁBULA IV.
CALIXTO ENGAÑADA POR JÚPITER.