FÁBULA II.
NIOBE CONVERTIDA EN MÁRMOL.
Toda la Lidia se consternó con la desgracia que acababa de suceder á Aracne; y el rumor del suceso llegó hasta la Frigia, de donde se extendió luego por todo el resto del mundo. Niobe[157] habia conocido á Aracne antes de su casamiento, y en tiempo que vivia en Sipilo; pero esta triste aventura, que miraba como un castigo de una persona de la plebe, ninguna impresion la hizo: en nada cedió de su orgullo, ni del desprecio que en sus discursos afectaba tener á los Dioses. Muchas cosas contribuian á sostener su soberbia; pero ni el poder de su marido, ni la sangre ilustre de donde ambos descendian, ni el brillo de la corona la hacian tan orgullosa; si bien se complacia en ello, como los hijos que tenia; y hubiera sido en efecto la mas afortunada de las madres, si ella no se hubiera tenido por tal.
Porque cierto dia, Manto, hija de Tiresias, impelida de una inspiracion divina,[158] corriendo por las calles de Tebas, gritaba: „Tebanas, coronaos de laurel,[159] é id á ofrecer con ruegos piadosos incienso á Latona y á sus dos hijos: esta Diosa os lo manda por mi boca.” Al punto la obedecen; y todas las Isménides adornan sus sienes con hojas de laurel, y van á porfia á encender en honor de estas divinidades el fuego sagrado, y á unir sus devotos ruegos con la llama que se levantaba en sus altares. Pero Niobe se presenta acompañada de una multitud del pueblo, graciosamente vestida á la usanza Frigia; el oro resaltaba en su trage; hermosa quanto su furor permite, y agitando con su vistosa cabeza el cabello tendido por sus hombros. Se para; y despues de haber mirado por todas partes con bastante altanería: „¿Qué locura, dice, os mueve á anteponer á las que veis las deidades de que solo teneis noticia? ¿Por qué reverenciais á Latona en los templos? ¡Y mi divinidad aun está sin incienso! ¿Ignoráis que yo soy hija de aquel Tántalo, que solo él ha tenido el honor de comer á la mesa de los Dioses? Una de las Pleyadas es mi madre; el grande Atlante mi abuelo, el qual sostiene con sus hombros el cielo. El mismo Júpiter es el otro abuelo mio, á quien igualmente me glorío de tenerlo por suegro.[160] Los pueblos de la Frigia me temen. El palacio de Cadmo, y aquella célebre ciudad cuyas murallas se levantaron al son armonioso de la lira de Anfion, reconocen á mi marido y á mí por soberanos. Á qualquiera parte que vuelvo los ojos, se dexan ver en mi casa inmensas riquezas: agrégase á esto el tener yo un rostro propio de una Diosa. Juntad á tantas prerogativas la de tener siete hijas y otros tantos hijos. Juzgad en vista de esto si yo no tengo razon para desaprobar el que se prefiera á mí la hija de no sé que gigante Ceo, la qual no pudo encontrar en todo el mundo un pequeño rincon para parir;[161] errante y fugitiva, ni el cielo, ni la tierra, ni el mar quisieron recibirla, hasta que por último la isla de Delos, tú andas, le dice, errante por la tierra, y yo por el mar, y se detuvo para recibirla; y allí fue donde dió á luz los dos hijos con que está tan altanera, siendo solo como una séptima parte de mi generacion. ¿Quién negará mi felicidad? ¿Y quién dudará que será muy durable? El número de mis hijos asegura mi dicha. Soy tan rica que aunque la fortuna me quitase mucho, me quedaria aun otro tanto; con tantos bienes nada tengo que temer; porque en fin, quando sucediera que de la multitud de mis hijos la muerte me arrebatase algunos, tendria aun mas que Latona, y los que me quedaran me proporcionarian todavía muchas ventajas sobre ella. Dexad pues esos sacrificios; arrojad de vuestras sienes esas guirnaldas de laurel; obedeced á prisa.” Todos obedecen, y dexan sin concluir los sacrificios, contentándose con adorar en secreto la divinidad de Latona, que es lo que no se les podia impedir.
Indignada la Diosa[162] de la orgullosa altanería de Niobe, habló en lo mas alto del Cinto[163] á sus hijos en estos términos: „Envanecida de ser madre vuestra, solo reconozco superioridad á Juno en el Olimpo; sin embargo, en esta ocasion se me llega á disputar mi divinidad: yo me veo vergonzosamente arrojada de los templos donde he sido venerada en todo tiempo: sí, yo soy desterrada para siempre de ellos, si vosotros ¡ó queridos hijos! no me valeis en esta ocasion. Y no se limita á esto solo mi dolor, pues la hija de Tántalo, cuya sacrílega lengua recuerda la de su padre, ha añadido á esta accion las injurias mas sensibles: ha tenido la osadía de preferir sus hijos á vosotros, publicando que se me debia mirar como á una madre estéril.” Queria añadir Latona á este discurso las súplicas y lágrimas, quando la dixo Apolo: „Basta; quejas inútiles solo pueden retardar tu venganza.” Lo mismo la dixo Diana; y encubriéndose los dos en una nube, baxaron hendiendo los ayres con ligero vuelo, y se dirigieron á Tebas.
Cerca de esta ciudad estaba situada una llanura bien hollada de caballos, en donde la multitud de ruedas y duros cascos habian reducido á polvo los terrones.[164] Habian concurrido á aquel sitio á hacer exercicio los hijos de Niobe, montados en soberbios caballos enjaezados con frenos de oro y mantillas de la mas encendida púrpura. Ismeno, el mayor de todos, corria su caballo á la redonda, quando ¡ay de mí! exclama traspasado al mismo tiempo con una flecha; y soltando el freno sus manos moribundas, cae exánime á los pies del caballo. Sipilo, que era el mas inmediato, suelta las riendas al suyo al oir el zumbido de una saeta; y así como el piloto, que ve cercana la tormenta, se apresura á recoger velas para preservarse del furor de los vientos, así pica al caballo este jóven Príncipe; pero en vano, porque la saeta le atraviesa la cabeza, y la lengüeta se descubre por la garganta. Como iba echado hácia adelante, viene á caer por el cuello y crin del caballo espantado, tiñendo la tierra con su sangre caliente. El desdichado Fedimo y Tántalo, heredero del nombre de su abuelo, despues de acabar la tarea acostumbrada, pasaron al juvenil exercicio de la resplandeciente palestra; y estando ya dispuestos para luchar, atraviesa á ambos de parte á parte una flecha, así como estaban abrazados; ambos se lamentaron á un tiempo, á un tiempo cayeron en tierra, á un tiempo se eclipsaron sus ojos, y á un mismo tiempo murieron. Alfenor, que los ve exhalar los últimos suspiros, penetrado del dolor mas vivo, se arroja sobre ellos, los abraza tiernamente, y procura reanimarlos; pero mientras él les tributaba este deber piadoso, cae á par de ellos de un flechazo con que Apolo le atraviesa el pecho. Al arrancarle el dardo harpado de la herida, sacaron una parte de sus pulmones, y el alma salió con su sangre. El jóven Damasicton recibió dos heridas, la una en la rodilla; y mientras se esforzaba á sacar el dardo fatal, recibió otro flechazo, que le atravesó la garganta. La sangre que salta con ímpetu de su herida expelió la flecha, y se esparció lejos como una menuda lluvia. Ya no quedaba de los hijos de Niobe mas que Ilionéo, el menor de todos, que en vano levantaba los brazos al cielo, invocando el socorro de los Dioses. ¡Mas ay! que él no sabia que Apolo era el único á quien debia aplacar. Compadecióse sin embargo este Dios del jóven; pero ya el dardo irrevocable estaba disparado, y murió; aunque con menos rigor que sus hermanos, porque la flecha no hizo mas que herirle levemente el corazon.[165]
El rumor de este funesto accidente, los sollozos del pueblo, y las lágrimas de los criados, anunciaron bien presto á Niobe el desastre de sus hijos. Admiróse del poder de los Dioses; y aun se irritó vivamente de que se hubiesen atrevido á tanto. Su esposo Anfion, por no sobrevivir á tal desgracia, se quita la vida atrevesándose el pecho con su espada. ¡Ah, quan otra era Niobe en esta ocasion, de aquella soberbia Niobe que conducida en un suntuoso carro iba apartando al pueblo de las aras de Latona! Entonces era su suerte envidiada de todos, y ahora compadecida aun de sus mismos enemigos. Se arroja sobre los frios cadáveres de sus hijos, y sin guardar órden les va dando á todos los últimos besos; y levantando al cielo los brazos dixo: „Complacete en mi dolor, cruel Latona: experimenta el bárbaro placer de verme agoviada de pena y despecho: sacia en fin tu rencoroso corazon, mientras que yo muero viendo mis siete hijos difuntos: salta de gozo y triunfa como que has vencido. ¿Pero en qué? Aun no debes cantar la victoria, pues en medio de mi desgracia me quedan aun mas hijos que á tí en medio de tu dicha. He perdido siete; pero aun te aventajo en el número de los que me quedan.”
Apenas dexó de hablar quando se oyó el ruido de un arco que vibra una flecha. Sorprehendióse la asamblea; y solo Niobe, á quien sus desgracias habian hecho insensible, permaneció tranquila. Sus hijas, vestidas de luto, y con el cabello tendido, lloraban ante los fúnebres lechos en que yacian sus hermanos, y sintiéndose una de ellas con el pecho herido de una flecha, cae muerta sobre el cuerpo de uno de ellos: otra, procurando consolar á su madre, perdió de repente la vida sin que se viera el dardo que la hirió, y no cerró la boca sino despues de espirar. Una cae intentando huir, otra muere sobre el cadáver de su hermana: esta busca inútilmente donde ocultarse, y aquella está temblando. Habian ya muerto seis de diversos modos, y con diferentes heridas; solo quedaba una, á quien cubriendo su madre con todo el cuerpo y vestido: „Déxame, dixo á Latona, una á lo menos; de tantas una sola te pido, y de estas la mas pequeña de todas.” Pero mientras ella hacia esta súplica, la ve espirar entre sus brazos. La desgraciada Niobe, viéndose privada de su esposo é hijos, se sienta entre los cadáveres: la pena la endurece; ya no agita el viento sus cabellos: en su rostro aparece una mortal palidez; sus ojos sin movimiento, su lengua pegada al paladar, sus venas cárdenas: no puede levantar la cabeza ni brazos: en fin no da ninguna señal de vida; en efecto no es otra cosa que una roca inanimada. No obstante llora, y es la sola señal de sensibilidad que manifiesta; y arrebatándola un fuerte torbellino, la lleva el viento á su patria, fixándola en la cumbre de un monte, donde continúa su llanto; y aun por eso dicen que el mármol hasta ahora derrama lágrimas.
(68) Júpiter transforma en ranas á los aldeanos
que insultaron á Latona.