ESON REMOZADO.
Toda la Tesalia tomó parte en el suceso del viage de los Argonautas: todos dieron gracias á los Dioses por su feliz arribo; ofrecieron sacrificios; inmolaron un gran número de víctimas, cuyas astas estaban doradas, y los altares exhalaban por todas partes el olor del incienso que se quemaba en ellos. Solo Eson faltó á las fiestas que se celebraron en esta ocasion. Caduco ya, y con el pie en la sepultura, no pudo tomar parte en la alegría pública. Su hijo Jason, movido de verle en tal estado, habló á Medea en estos términos. „Yo sé, amada esposa, que me salvaste la vida, y que los beneficios que te debo exceden á lo que puede imaginarse. Con todo tengo que pedirte una nueva gracia, y es que quitando de mis años juveniles alguna parte, la transfieras á mi padre[201] siempre que puedan hacerlo tus encantos; pero ¿cómo no podrán quando nada se resiste á este arte?”
(75) Medea remoza con diferentes yerbas
al padre de Jason.
Las lágrimas que derramaba al hacerla esta súplica conmovieron á Medea, reparando en el amor del hijo para su padre, pero se acordó de Eetas[202] á quien habia abandonado, sin profesarle por eso el amor que veia en su esposo. „¿Qué maldad has proferido? ¿Crees, pues, amado esposo que puedo yo por razon alguna transferir á quien quiera una parte de tu vida? Ni Hecate me ha dado poder para tanto, ni, aunque así fuera, sabes lo que te pides. Procuraré hacerte una gracia mayor que la que me suplicas. Voy á emplear todos mis desvelos en renovar la vida de un padre que amas, sin acortar la tuya; y espero lograrlo si la Diosa Hecate favorece mi empresa.”
Tres noches faltaban para que acabase de llenar la luna; mas despues que llegó esta época, y alumbró la tierra en toda su plenitud, salió Medea de su casa sola en el profundo silencio de la media noche con un manto tendido, descalza de un pie, y con el cabello esparcido sobre los hombros, que tambien llevaba descubiertos. Reynaba en la tierra un profundo silencio: los hombres, aves y fieras gozaban de la dulzura del sueño: ningun viento agitaba las hojas ni espinales. El ayre estaba sereno y tranquilo, y solo los astros brillaban en el cielo. Medea se volvió tres veces á él tendiendo sus brazos; y habiendo rociado otras tantas sus cabellos con agua de rio, y dado tres clamores, se puso de rodillas, é hizo esta súplica.
„Ó Noche, fiel confidenta de los mas ocultos misterios: astros que suplis con la luna la luz del dia; y tú, triforme[203] Hecate, á quien confio todos mis secretos, y cuya proteccion siempre he experimentado favorable: vosotros encantos, artes mágicas; y tú, tierra, que provees á los que las ponen en uso de yerbas y plantas poderosas; vosotros, en fin, ayre, vientos, montes, rios, lagos, Dioses de los bosques y de la Noche, asistidme todos: con cuyo favor he hecho retroceder quando he querido los rios hácia su nacimiento; vosotros dais á mis encantos la virtud de calmar las agitadas olas, de mover las borrascas y tempestades, de desterrar las nubes y levantarlas, de contener la violencia impetuosa de los vientos, y afloxarles las rienda á mi arbitrio, de romper la garganta á las serpientes y víboras, de arrancar los árboles y rocas de sus asientos, de conmover los bosques y montes; en fin de hacer bramar la tierra, y obligar á los manes á salir de sus sepulcros. Á tí tambien, ó poderosa Luna, te hago descender del cielo, á pesar del ruido con que hacen resonar el ayre por auxîliarte quando estás eclipsada. Yo pongo pálida á la Aurora y al carro inflamado del sol, de quien desciendo.
„Vosotros tambien, poderosos encantos, embotasteis la impetuosidad de las llamas que vomitaban los toros, y sujetasteis sus cuellos al corvo arado. Vosotros hicisteis que los hijos de la serpiente[204] moviesen una cruel guerra contra sí mismos, en la que perecieron con sus propias armas; y vosotros por último hicisteis que adormecido el dragon que le guardaba, robase mi esposo el Vellocino de Oro, y lo llevase victorioso á Grecia. Yo necesito ahora de algunas yerbas, con cuya virtud se pueda reanimar una cansada vejez, y espero que la tierra no me las niegue; porque no en vano resplandecen los astros con tanta claridad, ni en vano veo descender del cielo ese carro tirado por dos dragones.”
Descendió en efecto un carro, en el qual subió Medea; y despues de haber halagado á los dragones que le conducian, y tomado con sus manos las riendas, se elevó sobre los ayres. Despues de haber atravesado el valle de Tempe, se detuvo en los sitios en que habia yerbas propias para sus encantos. Las cogió en el monte Osa, en el Pelion, en el Otris, en el Pindo y en el Olimpo.[205] Parte de ellas arrancaba con sus raices ya experimentadas, y de otras solo cortaba las hojas. En las riberas del Epideno y Anfriso recogió muchas que la agradaron. Tambien contribuyeron con otras el rio Enipéo, las orillas del Peneo y Esperquio, y las juncosas playas del Bebe. Cogió tambien las eficaces yerbas de Antedon, no conocidas aun, sin embargo de la transformacion de Glauco.[206] En fin, despues de haber empleado nueve dias y otras tantas noches en recorrer en el carro todos los sitios en que se encontraban estas plantas, volvió á Yolcos. Los dragones no habian tenido en este tiempo otro alimento que el olor que exhalaban las yerbas, y no obstante se despojaron de la piel de su dilatada ancianidad. De vuelta Medea no entró en el palacio de su esposo, cuya compañía evitó; y parándose cerca de la puerta, construyó dos aras de cesped en un sitio descubierto: la de la derecha para Hecate, y la de la izquierda para Hebe, Diosa de la juventud. Las rodeó de verbena[207] y ramas de árboles; y habiendo cavado dos pequeños hoyos, cuya tierra dexó en los bordes, degolló una oveja negra, y derramó la sangre en ellos: despues de haber pronunciado algunas deprecaciones, y echado un poco de vino en uno de estos hoyos, y leche caliente en el otro, invocó los Dioses de la tierra, y tambien á Pluton y Proserpina, para que no separasen el alma de los viejos miembros de Eson.
Despues de haber aplacado á las tales Deidades con una larga y mal articulada súplica, mandó traer ante el altar á Eson, que estaba como cadáver con el peso de sus años; é infundiéndole con sus encantos un profundo sueño, con que le dexó como muerto, le tendió sobre las yerbas que habia recogido, y mandó retirar á Jason y á quantos le acompañaban, temiendo que su presencia profanase los misterios. Luego que se retiraron atónitos, empezó á correr Medea al rededor de los altares como una furiosa Bacante; mojó despues dos hachas hendidas que tenia en la mano en los hoyos que habia hecho, las encendió en la llama de los altares, y purificó al anciano Eson tres veces con fuego, tres con agua, y tres con azufre. Durante estas ceremonias hervian las yerbas, cuya virtud era la mas poderosa, en una olla de metal, que ya estaba cubierta de espuma blanca. Esta composicion estaba hecha de raices cogidas en los valles de Tesalia, de simientes, de flores y plantas ácidas y corrosivas. Habia añadido piedras traidas de las extremidades del Oriente; arena de la que el mar dexa en la playa en su refluxo; rocío que la Luna esparce sobre las yerbas durante la noche; la carne y alas de un mochuelo; las entrañas del ambiguo lobo que se suele ver convertido en hombre; la tierna concha de una jóven tortuga del rio Cinipe; el hígado del vividor ciervo; el pico y la cabeza de una corneja que habia vivido novecientos años. Despues de haber preparado á Eson este especifico, compuesto de las drogas ya dichas y otras mil, lo meneó con una rama seca de olivo, revolviéndolo todo de arriba á baxo. Á poco tiempo se reverdeció el tal ramo brotando hojas, y cargándose de aceytunas. La espuma que la violencia del fuego arrojaba del caldero, y caia en la tierra, reverdecia la seca yerba, y hacia brotar las flores.