Eaco suspirando le habla de este modo: „Vas á oir la relacion de una historia lastimera, cuyo fin, sin embargo, podrá causarte algun consuelo; pero como no es posible que comprehendas todo su horror, me contentaré con referírtela en pocas palabras y sin guardar órden. Yacen huesos y cenizas aquellos por quienes preguntas: ay ¡y cómo he perdido con ellos mis mejores vasallos! La desapiadada Juno, que no podia sufrir que esta tierra tuviese el nombre de su rival,[235] asoló todos mis pueblos con una cruel peste. Creimos al principio que este mal no era sino una enfermedad ordinaria, y empleamos todos los auxîlios de la medicina; pero los remedios eran inútiles. Al empezar, se cubrió el ayre de obscuras nubes, y se sintió un excesivo calor.[236] El viento del Mediodia, tan propio para infestar el ayre, reynó por el tiempo en que la luna llenó por quatro veces la faz que muestra á la tierra, y otras tantas menguando quedó privada de la luz.[237]

”Los lagos y fuentes se inficionaron con el funesto veneno que esparció en ellas una multitud de serpientes desconocidas en el pais. Se observó la fuerza del mal primeramente en los perros, aves, ovejas, bueyes y demas animales. El labrador consternado veia morir á los robustos bueyes en medio del trabajo, y caer en medio del surco. Las ovejas despojadas de su vellon, y flacas, llenaban el campo de balidos lastimeros. El brioso caballo, despreciando los combates y victorias que tantas veces habia ganado, gemia en el pesebre esperando la muerte con una enfermedad que le debilitaba. El jabalí no se acordaba de su natural ferocidad; la cierva ya no tenia su ordinaria ligereza; el oso no se atrevia ya á embestir á los ganados. Á todos tenia acobardados el contagio; los bosques, campos y caminos estaban cubiertos de cadáveres que inficionaban el ayre con su fetidez; y lo que es mas de admirar, ni los perros, ni las aves de rapiña, ni los canos lobos se atrevian á tocarlos: se podrian sobre la tierra, y esparcian el contagio por todo el contorno. De los animales pasó la peste á las aldeas y gentes del campo, y de ellas penetró hasta las ciudades. Primeramente se abrasaban las entrañas, y el color encendido que salia á la cara era indicio del fuego que les abrasaba interiormente. No se respiraba sino con trabajo, y la lengua seca é hinchada obligaba á tener la boca abierta, y así se atraia mas la infeccion del ayre. No pudiendo los dolientes sufrir la cama, ni ningun género de cobertura, tendian sus cuerpos sobre el duro suelo; pero lejos de darles la tierra algun refrigerio, se abrasaba esta con el calor de los cuerpos. Los Médicos que hubieran podido contener de algun modo la propagacion de un mal tan violento, se hallaban padeciéndolo, sin que pudiera preservarles su arte: y los que mas se apresuraban á socorrer á los enfermos, eran las primeras víctimas de la muerte.

„Conociendo todos los contagiados que no habia mas remedio que la muerte, despreciaban los remedios, y se entregaban á satisfacer lo que el ardor del mal les hacia desear: nadie cuida de buscar algun auxîlio, pues ninguno se halla. Cada uno corre á los pozos, á las fuentes y á los rios á apagar la sed que le devoraba: unos mueren antes que puedan extinguir la sed que les abrasa: estos, agoviados, no pueden levantarse de las aguas que les sirven de sepultura: aquellos sin embargo se refrigeran con ellas; y como se ignoraba la causa del mal, aborrecian los infelices la cama; saltaban de ella, y aquellos á quienes faltaban las fuerzas se tendian en el suelo; cada uno huye de su casa, teniéndola por la causa de su muerte. Allí era de ver andar á unos por esas calles ya moribundos, y que apenas podian tenerse en pie; á otros postrados en tierra exhalando lúgubres suspiros, y arqueando sus moribundos ojos, que un momento despues para siempre se cerraban: y mirando de esta forma al cielo exhalaban los últimos suspiros en el mismo sitio donde les cogia la muerte.

„Figúrate, Príncipe, la funesta situacion en que yo me hallaria. ¿Te parece que no aborreceria mi propia vida deseando ser uno de los desgraciados? Á qualquiera parte que tendia la vista, se veian montones de cadáveres, al modo que los forman las manzanas y bellotas que caen quando se sacuden las ramas de los árboles que las producen. ¿No ves enfrente ese exemplo de tanta elevacion dedicado á Júpiter? ¿Quién no ofreció, bien que en vano, inciensos en aquellos altares? ¡Quántas veces vimos al marido que iba á pedir por su muger, al padre por su hijo, perder la vida en los inexôrables altares, y hallarse entre sus manos, despues de muertos, parte del incienso no consumido! ¡Quántas veces mientras el sacerdote decia las oraciones, y derramaba el vino entre las astas,[238] cayeron muertos los toros, conducidos al templo, sin aguardar el golpe! Yo mismo, ofreciendo un sacrificio por mí, por la patria, y por mis tres hijos, la víctima dió crueles bramidos, y cayó á los pies del altar sin recibir el golpe: apenas fue teñido con su sangre el sagrado cuchillo, y las fibras de sus entrañas estaban tan corrompidas con la fuerza del contagio, que no se hallaron en ellas señales algunas que nos dieran á conocer la voluntad de los Dioses.[239] Muchas veces vi cadáveres arrojados delante de los sagrados templos, y aun delante de los venerables altares, para hacer mas aborrecible la muerte: vi otros, que por acabar sus males, habian empleado el dogal fatal, pareciéndoles mas llevadera la muerte, que la aprehension continua que tenian de morir. Los muertos, privados de las honras funerales, se veian á montones cerca de las puertas de la ciudad; como no habia bastante gente para sacarlos fuera de los muros, los dexaban podrir sobre la tierra, ó los quemaban sin ceremonia: tampoco escrupulizaban en quemar un muerto en la pira que estaba preparada para otro. No habia quien llorase la muerte de las personas mas queridas; las almas de los hijos y de las madres, de los jóvenes y de los viejos, descendian á las riberas infernales sin ser lloradas. Ya no habia lugar para las sepulturas, ni leña bastante para las piras.

„En medio de tantas desgracias, sobresaltado, dirigí á Júpiter esta súplica: Gran Dios, si es cierto que en otro tiempo fuiste sensible á las gracias de mi madre, si no te avergüenzas de reconocerme por hijo, padre mio, ó vuélveme mis vasallos, ó haz que yo perezca con ellos. Júpiter oyó mi súplica, y me lo dió á conocer por medio de un relámpago y trueno de buen agüero. Yo acepto este agüero, dixe, y deseo que me sea un testimonio favorable de tu voluntad. Cerca del sitio en que yo me hallaba entonces habia una grande encina consagrada á Júpiter: la bellota que la habia producido se habia cogido en la selva Dodonea.[240] En el tronco de ella vi un rastro de infinidad de hormigas que llevaban las semillas que habian juntado, y hecho calle en su rugosa corteza. ¡Ah quan dichoso seria yo, decia entre mí, si Júpiter me diese para poblar de nuevo mis desoladas ciudades, tantos ciudadanos como hormigas veo aquí! Tembló á estas palabras la alta encina, y las ramas se menearon sin ser agitadas del viento. Á este prodigio empecé á temblar todo sobresaltado, y se me erizan los cabellos. Lleno de no sé qué esperanza besé la tierra y el tronco del árbol sagrado. En el entre tanto vino la noche, y á pesar de mis inquietudes me quedé dormido. Quando yo gozaba de las delicias del sueño, me parecia tener ante los ojos la misma encina con todas sus hojas y ramas cubiertas de hormigas; me parecia tambien que dexaba caer sobre la tierra una multitud de estos pequeños insectos, y los veia extenderse por el anchuroso campo; aun mas, creia verlas crecer de repente, levantarse y tenerse en pie. Ya no veia aquellas hormigas ni tan pequeñas, ni tan negras, ni con tantos pies, y me parecia que ellas vestian los miembros de humana figura. Despierto, y considerando mi sueño como una imaginacion frívola, me quejo de no hallar ningun auxîlio en los Dioses; pero oigo un gran murmullo en mi palacio, y me parecia oir voces de hombres, ya para mí desconocidas; y quando sospechaba que era efecto de la turbacion en que me habia dexado el sueño, llega Telamon apresurado, abre la puerta de mi aposento, y me dice: Vas á ver, padre mio, una cosa increible, y que no se podia esperar: sal con presteza. Salgo inmediatamente de mi aposento, y vi una multitud de hombres, que conocí ser los mismos que habia visto en sueño. Acercáronse á mí, y me saludaron como á su propio Rey. Al momento fui á dar gracias á Júpiter; despues repartí estos nuevos habitantes en la ciudad y campos, y para conservar la memoria de su orígen, les dí el nombre de Mirmidones.[241] Ellos conservan aun las mismas inclinaciones que las hormigas; económicos, laboriosos, aplicados á adquirir bienes, y á guardar con mucho cuidado lo que adquieren. Acabas de verlos; estos soldados, iguales en edad y ánimo, serán los que te acompañarán luego que el Euro, que felizmente te traxo (porque con este viento habia venido) se cambiare en Austro.”[242]

(80) La Aurora ve á Céfalo, de quien se
enamora y le roba.

FÁBULA VII.

CÉFALO Y LA AURORA.

En esta y otras conversaciones gastaron casi todo el dia; emplearon la caida de la tarde en un espléndido banquete, y la noche en el sueño. Ya habia asomado Febo por el horizonte, pero aun soplaba el Euro que detenia las naves en que habian de volver. Los hijos de Palante fueron adonde estaba Céfalo, que era el de mas edad, para ir juntos á ver al Rey. Este dormia aun; y como Telamon y Peleo se hallaban entonces ocupados en escoger las tropas para los Atenienses, Foco, el menor de los hijos de Eaco, recibió á los embaxadores á la puerta de palacio, y los conduxo á una sala á esperar que el Rey se levantara. Habiendo observado Foco que Céfalo tenia en la mano un dardo de una madera extraordinaria con la punta de oro, despues de haberle hablado de cosas indiferentes, „soy aficionado, le dice, á los bosques, donde voy freqüentemente á cazar; y no obstante te confieso que nunca he visto madera semejante á la de tu dardo. Si fuera de fresno seria de color rubio; si de cerezo tendria nudos: ignoro de qué madera sea; pero jamas la vieron mis ojos mas hermosa. Si conocieras todas sus qualidades, le replicó entonces uno de los hijos de Palante, te admiraras mucho mas: jamas yerra el tiro; nada le desvia del blanco; y lo que es aun mas de admirar, vuelve despues ensangrentado á la mano del mismo que lo dispara.” Queriendo entonces Foco informarse mas por menor de todas las particularidades de un dardo tan misterioso, satisfizo Céfalo su curiosidad, callando sin embargo lo que era vergonzoso referir, que era cómo y de qué mano le habia venido;[243] y movido á compasion por la memoria de su esposa, le dice, derramando muchas lágrimas: „Este dardo, hijo de la Diosa[244] (quien lo creerá), me hace y me hará llorar mientras viva: por él perdí á mi amada esposa: ¡mejor me estuviera no haber recibido jamas este fatal don! Procris[245] era hermana de la célebre Oritia, si es que este nombre ha llegado á tu noticia. Si hiciese un parangon de la hermosura, del talento y costumbres de estas dos amables personas, Procris debiera tener la preferencia. Quando el amor y el padre de esta Princesa me hicieron su esposo, todos me tuvieron por el hombre mas feliz de la tierra: lo era en efecto, y ahora tambien lo seria, si los Dioses no hubiesen dispuesto lo contrario. Al segundo mes de nuestro himeneo, hallándome tendiendo las redes á los ciervos en el siempre florido monte Himeto, me descubrió la risueña Aurora, y me arrebató contra mi voluntad. Sin ofender á esta Diosa, séame lícito decir la verdad: aunque sea su rostro perfectamente hermoso; aunque ella tenga baxo su mando los confines del dia y de la noche, y aunque se alimente del nectar de los Dioses, no me fue posible olvidar á Procris; jamas cesé de amarla; siempre residia en mi corazon; solo hablaba de ella, y hacia memoria de las delicias que habia gozado con una esposa tan agradable. Concibió por esta causa zelos la Diosa, y me dixo: „Dexa, ingrato, quejas que me ofenden: ve á buscar tu Procris, que si yo no me engaño, te arrepentirás de haberla amado tanto;” y con este discurso me despidió de sí con ira.