FÁBULA II.

RAPTO DE DEYANIRA.

Llegó el siguiente dia, y al comenzar el sol á dorar las cumbres de los montes partieron Teseo y sus compañeros, sin esperar á que el rio se aplacase y enfrenase su corriente. Aqueloo se metió en el agua para ocultar en ella su cabeza despojada de una asta. Esta pérdida era lo único que le afligia y afeaba, porque en lo demas no padeció menoscabo alguno; sin embargo, la disformidad de su cabeza la reparaba ocultándola con una guirnalda de sauces ó cañas verdes.

Tambien al feroz Centauro Neso le sentó mal su ardiente amor á la bella Deyanira, y le costó el haber perdido la vida á la violencia de una flecha que le disparó Hércules, con la cual le traspasó todo el cuerpo por las espaldas. Fue el caso que regresando Hércules á su patria en compañía de su nueva esposa, llegó á la ribera del rápido Eveno,[75] que engrosado con las aguas del invierno iba mas caudaloso que nunca, y no podia pasarse por sus frecuentes remolinos. Viéndole Neso determinado á pasar, y que le detenia el cuidado de su muger, y la imposibilidad de atravesar con ella el rio, se llegó á él, y jactándose de la valentía de su cuerpo, y de que tenia bien conocidos y experimentados los vados, le dijo: „Yo me encargaré de poner á Deyanira en la otra orilla: tú procura usar de tus fuerzas, y pasar el rio á nado.” Aceptó Hércules, y entregó al Centauro á Deyanira llena de sobresalto, y que se resistia á ello, rezelándose tanto del Centauro como del rio. En seguida asi conforme estaba vestido de su piel de leon, y armado con la aljaba (pues la clava y el arco los habia tirado á la contrapuesta orilla), dijo: „Ya que he empezado la empresa enviando delante á mi esposa, atraviese yo tambien el enfurecido rio.” Sin detenerse mas se arrojó á la corriente sin buscar el vado, ni por donde aquella fuese mas mansa, dejándose llevar del ímpetu de las aguas.

Luego que Hércules llegó á la otra orilla, al tiempo de recoger su clava y arco oyó los gritos que daba su muger, porque el Centauro intentaba robarla. „¿Adónde, exclamó, ó ladron, te arrebata la vana confianza de la ligereza de tus pies?[76] Á tí hablo, Neso, monstruo de dos formas, atiéndeme, y no me robes lo que es mio. Si el respeto que me debes no te mueve, á lo menos la rueda donde tu padre está atado[77] debia contenerte en lo que te está prohibido; pero no te me escaparás, pues aunque confias en la ligereza de tus pies de caballo, te alcanzaré, no con mis pies, sino con mis flechas.” Asi lo verificó, pues al concluir estas últimas palabras disparó una, con la que le atravesó por las espaldas en medio de su carrera. La corva lengüeta penetró hasta el pecho, y salió algo fuera de él. Despues que el Centauro se sacó la flecha, su sangre, mezclada con el veneno de la Hidra[78] de Lernea, saltó con ímpetu por ambas heridas. Procuró recogerla el Centauro; y viéndose ya cercano á espirar, dijo entre sí: „Á lo menos no moriré sin vengarme;” y dió á Deyanira la camisa en que habia empapado su sangre, haciéndola creer que era un regalo, del cual se podria servir contra el olvido de su marido, y para que este siempre la amase.

(92) Hércules se tiende sobre la pira,
y Filoctetes la prende fuego.

FÁBULA III.

MUERTE DE HÉRCULES.

Mucho tiempo pasó desde este suceso, y las hazañas del valeroso Hércules se habian ya extendido por todo el mundo, asi como se habia divulgado el odio de Juno; y este héroe vencedor de la Oechalia preparaba á Júpiter un sacrificio para darle gracias por las victorias que habia conseguido, cuando la fama vocinglera, que se complace en confundir lo verdadero con lo falso, y que abultando los objetos, hace monstruos de las cosas mas pequeñas, informó á Deyanira que su marido estaba enamorado de Yole.[79] El amor es crédulo: Deyanira, penetrada de dolor con la nueva, apeló al principio á las lágrimas, y la desdichada disminuia asi su dolor con el llanto. Mas despues reflexionando un poco: „¿De qué me aprovechan, dijo, estas lágrimas inútiles, en que quizá se complacerá la adúltera? Ella llega, y es menester anticiparme, é impedir que ocupe mi tálamo nupcial. ¡Miserable de mí! ¿qué partido he de tomar? ¿Manifestaré mis quejas, ó las guardaré en silencio? ¿Me volveré á Calidonia, ó me detendré en este pais? ¿Saldré de casa, ó ya que no pueda otra cosa la impediré la entrada? ¿Qué habrá que extrañar, ó Meleagro, si al considerar que soy tu hermana me preparas á una accion varonil, y sacrificando á la adúltera, hago ver á la posteridad de qué es capaz una muger ofendida?”