Despues de haber revuelto en su imaginacion mil diferentes ideas, Deyanira con el designio de atraer á su marido, y volver á encender su amor hácia ella, prefirió el medio de enviar la vestidura que estaba empapada con la sangre de Neso,[80] la cual al efecto entregó á Licas, sin prever que lo que enviaba seria la causa de su llanto y su dolor: al darle la vestidura le encargó se la entregase á su marido en su nombre con expresiones y voces llenas de blandura y de cariño. Recibió Hércules la camisa de Deyanira emponzoñada con la sangre de la Hidra de Lernea, y se la vistió para hacer con ella el sacrificio, y al tiempo de quemar el incienso, y de derramar el vino sobre el ara,[81] se avivó con el calor la fuerza del veneno, y encendiéndose en llamas, se difundió por todo su cuerpo. Mientras pudo reprimió con su acostumbrada fortaleza los gemidos; pero despues de vencida la paciencia con el mal, desamparó el altar y sacrificio, é hizo resonar el monte Oeta con sus clamores. Hizo los mayores esfuerzos para rasgar la mortal camisa; pero cuando tiraba de ella rasgaba y se arrancaba la piel, á la que aquella estaba asida fuertemente; y por lo mismo (causa horror el referirlo) con las diligencias de quitarse la camisa descubria sus despedazados miembros, y hasta sus huesos, y la sangre que salia rechinaba á la manera de un hierro encendido cuando se mete en agua fria, y hervia aquella con el calor del veneno. Las voraces llamas le consumian las entrañas: un negro sudor corria por todo el cuerpo: los nervios medio abrasados sonaban, y las medulas se derretian con la oculta podre. Entonces, levantando las manos al cielo, exclama: „Cruel Juno, regocíjate ahora con mis calamidades; regocíjate mirando desde lo alto esta peste que me consume; ceba bien tu fiero corazon, y por último, si se ha de tener misericordia aun de los enemigos (pues yo lo soy tuyo), quítame esta vida aborrecida y destinada á trabajos y sufrimientos, y que no miro ya sino con horror. La muerte será para mí un beneficio, y tal que sea decente y conveniente á una madrastra. ¿No soy pues aquel Hércules que vengó á los Dioses del cruel Busiris,[82] que profanaba sus templos con la sangre de sus huéspedes? ¿No soy yo el que venció al fiero Anteo,[83] á pesar del socorro que le prestaba la Tierra su madre? ¿No soy yo á quien no espantaron el monstruoso Gerion ni el Cancerbero, aquel de tres formas, y este de tres cabezas?[84] ¿Mis brazos no sujetaron las astas de aquel fiero toro que asolaba la Creta?[85] ¿No experimentaron su valor la Elide,[86] el lago de Estinfale[87] y el bosque de Partenia?[88] ¿Mi valor no concluyó la empresa de conquistar y traerme el tahalí[89] bordado de oro de la Reina de las Amazonas, y las manzanas de las Hespérides, guardadas por un dragon que nunca dormia? ¿Pudieron resistirme los Centauros, ni el fiero jabalí que destruia toda la Arcadia, ni aprovechó á la Hidra el aumentar sus fuerzas, ni redoblar para mas daño suyo sus cabezas? Pero ¿qué me aprovecha todo esto, ni el haber acometido á los caballos de Diomedes, mantenidos con sangre y carne humana, cuyos pesebres estaban llenos de destrozados miembros, y haberlos dado muerte, quedando envuelto en la misma desgracia su señor? Á la violencia de estos mis brazos yace vencido y muerto el espantoso leon de Nemea: con mis hombros sostuve el cielo, y defendí á los Dioses.[90] Últimamente la cruel Juno mas pronto se cansó en mandarme imposibles que yo en vencerlos y egecutarlos; pero ahora me veo acometido de una nueva calamidad, á la cual no puede resistir ni mi valor ni mis armas. En lo íntimo de mis pulmones anda errante un fuego consumidor, que se difunde y ceba en todos mis miembros. Con todo esto, y cuando yo me abraso, tiene y goza salud Euristeo:[91] á vista de esto, y de que tal se permite, ¿habrá quien pueda creer que hay Dioses?” Al acabar Hércules de decir esto echó á correr por las alturas del monte Oeta, á la manera que un toro cuando se ve herido llevando clavada la flecha, y ha huido el que le hizo la herida: unas veces se le veia dar gemidos, otras temblando, otras intentando arrancarse todos sus vestidos, otras derribando los árboles é irritándose contra los montes, ó levantando las manos al cielo, é implorando el socorro de su padre. En este estado vió á Licas temblando, que procuraba ocultarse en la concavidad de un peñasco; y como tenia toda su rabia reconcentrada por el gran dolor, le dijo: „¿Eres tú pues, desgraciado, el que me ha traido este fatal don? ¿Eres tú el autor de mi muerte?” Trémulo y pálido Licas, tímidamente se excusaba; pero al tiempo que se disponia á pedir misericordia, Alcides lo coge por medio del cuerpo, sin embargo de que se le resistia, y despues de haberle volteado muchas veces, lo arrojó al mar de Eubea con mas violencia que una piedra disparada de una honda. El cuerpo de este desgraciado se endureció en el aire, como las gotas de agua que el frio Aquilon congela y convierte en nieve ó granizo; y helándose la sangre con el miedo, fue convertido en aquel pequeño peñasco que aun hoy se ve en el mar Eubeo con las señales de figura humana, al cual no se atreven los marineros á pisar, como si lo hubiera de sentir, y le llaman Licas.

Despues de esto, ó Hércules, cortas muchos árboles del monte Oeta, con los que construyes una pira; y dando tu arco, aljaba y flechas á Filoctetes para que las llevase á la guerra de Troya, te vales de su ministerio para que pusiese fuego á la pira, y antes que las voraces llamas llegasen á apoderarse de toda ella, subes á lo mas alto, tiendes la piel del leon de Nemea, y poniendo la clava por cabecera, te recuestas en la hoguera con tanta serenidad y con semblante tan apacible, como un convidado que coronado de una guirnalda de flores se sienta á una mesa abundante de viandas y de vasos llenos de vino.

(93) Hércules sube al cielo, y Júpiter le coloca
entre los Dioses.

FÁBULA IV.

APOTEOSIS DE HÉRCULES.

La hoguera estaba ya encendida, y la llama sonaba por todos lados, y abrasaba el cuerpo de Hércules, que la miraba con serenidad, cuando los Dioses temieron por el vengador de la tierra; lo cual viendo Júpiter (que conoció la pena que tenian), les habló con alegre semblante de esta manera: „Ese temor, ó Dioses, es un deleite para mí, y me alegro, porque soy gobernador y padre de un reconocido pueblo, y porque mi hijo tambien está seguro con vuestro favor:[92] pues aunque esto se le da por sus grandes hazañas, no obstante yo os quedo obligado. Pero porque los corazones fieles no teman con vano miedo, ningun cuidado tienen que daros esas llamas del monte Oeta, porque el que todo lo venció tambien saldrá triunfante del fuego, y no le sentirá sino en lo que por parte de madre tiene de mortal, porque lo que tiene de mí es eterno, inmortal é incombustible. Luego que se purifique de lo mortal determino recibirle en el cielo, y confio que esta disposicion mia será agradable á todos vosotros; y si alguno no obstante siente que Hércules sea Dios, y quiere negarle el premio que yo le doy, debe hacerse el cargo de que le tiene merecido, y forzosamente lo aprobará.” Todos los Dioses se conformaron con la resolucion de Júpiter; y la misma Juno al parecer todo lo aprobó menos las últimas palabras, que le parecieron duras, y se la notó que las oyó con algun sentimiento. En tanto habia consumido la llama cuanto Hércules tenia de mortal:[93] no le quedó cosa que pudiese conocérsele de su anterior figura, ni de lo que tenia de la semejanza de su madre; solo conservó aquello en que se parecia á Júpiter, su padre. Al modo que la renovada culebra, dejada la piel, suele remozarse y resplandecer con las nuevas escamas, asi Hércules, despues de haber perdido lo que tenia de terrestre, tomó vigor en su mejor parte, y empezó á parecer mayor, y á hacerse digno de veneracion por su augusta gravedad; al cual arrebatando Júpiter en una carroza tirada de cuatro caballos entre las demas nubes, lo colocó en el número de los Dioses.

(94) Lucina aterra á Galantis y la transforma
en Comadreja.

FÁBULA V.