(101) Saca Orfeo á Eurídice del Infierno
y vuelve á perderla por mirarla.

„Ó Deidades del mundo subterráneo, adonde venimos á parar todos los mortales, si dais licencia para que hable la verdad, omitiendo preámbulos importunos, no he venido acá para ver la negra mansion de los infiernos, ni para atar al Cancerbero de tres gargantas, ásperas con las serpientes que las rodean. Mi esposa es la causa de mi venida, que pisando una víbora, la mordió é infundió su veneno, y la causó la muerte en los floridos años de su juventud: procuré sufrir con paciencia esta desgracia, y confieso haber hecho cuanto pude para conseguirlo; pero venció el amor: ese Dios, que es bien conocido allá sobre la tierra: dudo si aqui lo será igualmente; pero me inclino á creer que sí tambien lo es, pues á vosotros igualmente os ha ayuntado el amor, si es que no miente la fama de que os unisteis por medio del pasado rapto.[145] Yo pues os suplico, poderosos Dioses, por estos lugares llenos de temor, por este caos, y por el pavoroso silencio de este dilatado reino, que me deis á Eurídice, y anudeis el hilo de su vida, que fue cortado fuera de sazon. Todos los vivientes os somos deudores; y aunque dilatemos algo nuestra vida, tarde que temprano todos caminamos á estas regiones. Estas son nuestras últimas moradas, en que os podeis vanagloriar de tener un imperio eterno sobre el género humano. Tambien Eurídice, cuando muera á su tiempo y en otra edad mas avanzada, volverá á recaer en vuestra jurisdiccion. Solo os pido el uso de algun tiempo por gracia y beneficio; pero si los hados se oponen á mis deseos, vengo con determinacion de quedarme en estos lugares: gozad enhorabuena de la muerte de dos.” Aquellas pálidas almas lloraban al ver expresar los sentimientos de Orfeo, y al oir acompañar sus acentos con su armoniosa lira. Tántalo[146] dejó de coger el agua que siempre se le escapaba. La rueda de Ixion[147] se detuvo; los crueles buitres, que despedazaban el hígado del desgraciado Ticio, le dieron algun descanso; las hijas de Belo cesaron de echar agua en el tonel horadado, que se vacia al paso que lo llenan; Sísifo se sentó sobre la piedra, que está condenado á rodar sin pausa ni descanso. En esta ocasion fue cuando se vió por primera vez llorar á las implacables Furias. Proserpina y Pluton se enternecieron, y mandaron llamar á Eurídice, que estaba entre las almas recien entradas, y vino cojeando[148] por causa de la mordedura de la serpiente. Recíbela Orfeo bajo la condicion de no volver atras los ojos hasta haber salido de los valles del Averno, so pena de que la perderia, y seria nula la gracia.[149] En medio de aquel profundo silencio trepan por un camino cuesta arriba lleno de malezas, y en que habitaban la oscuridad y las mas densas tinieblas. Ya les faltaba poco para llegar á la superficie de la tierra, y salir de aquella oscura region, cuando Orfeo, temiendo en este sitio no se cansase Eurídice, y deseoso de verla volvió la vista, y al punto fue detenida y retirada hácia atras; y extendiendo sus brazos para asir con ellos á su esposo, ó ser asida por él, no encontró ni palpó otra cosa la infeliz que el viento deleznable, y muriendo con esto segunda vez, no se quejó de que tuviese la culpa su marido. Porque ¿cómo habia de quejarse de verse amada? Con esto le dió el último á Dios, que con dificultad llegó á sus oidos, y fue tornada con violencia al oscuro reino de donde habia salido. No causó menos pasmo á Orfeo la duplicada muerte de su muger que á aquel pastor[150] que tímido vió á Cancerbero encadenado por la garganta de en medio, el cual no perdió el pavor hasta que se le trasmutó su naturaleza convirtiéndose en peñasco: ni el referido pasmo de Orfeo fue menor que el de Oleno, que, cargando sobre sí el delito de su muger, quiso parecer y aparentar que era reo, el cual y Letea su esposa, engreida con su hermosura, y que en otro tiempo se quisieron tiernamente, ahora son peñascos del monte Ida. El desgraciado Orfeo volvió hácia atras en seguimiento de su muger, y se esforzaba para pasar el rio Leteo; pero el barquero Aqueronte[151] se lo prohibió, alejándole de su barca. Permaneció siete dias y otras tantas noches á la ribera del rio infernal sin otro alimento que sus lágrimas.

(102) Orfeo atrae al son de su voz y de su lira
á los animales, rocas y árboles.

FÁBULA III.

ORFEO TOCA LA LIRA EN EL MONTE RODOPE.

En fin despues que Orfeo se quejó inútilmente de la crueldad de los Dioses del infierno, se fue al monte Rodope y á Hemo, donde reina el frio Aquilon. Pasáronse tres años sin haberse permitido al trato de ninguna muger, ya porque le habia salido tan mal el casamiento, ó ya porque le queria guardar á Eurídice la fidelidad que le habia prometido. No obstante muchas Ninfas desearon casarse con él, y solo las correspondió con desprecios, dedicándose á un amor inverso, que de él aprendieron los pueblos de Tracia,[152] á quienes agradaba la florida edad de los niños que aun no habian entrado en la juventud.

Sobre la cumbre de un collado se ostentaba una hermosa llanura de un campo, que estaba siempre verde con la grama y otras yerbas. En este sitio sin sombra fijó su residencia Orfeo, y en él tocaba su lira, y al sonido de ella vinieron todos los árboles comarcanos á hacerle sombra, atraidos del dulce sonido de la lira. No hicieron falta ni dejaron de concurrir las encinas, los álamos blancos, los suaves tilos, las hayas, los laureles, los avellanos, los fresnos, los abetos, los carrascos, los plátanos, los acebos, los sauces, los lotos, el box siempre verde, los brezos, los arrayanes de dos colores, y las higueras. Tambien vinisteis vosotras, yedras trepadoras, juntamente con las vides llenas de pámpanos, y los olmos vestidos de parras, los quejigos, el madroño cargado de fruto encarnado, las erguidas palmas, premio de los vencedores, el pino de áspera y recogida copa, grato á la madre de los Dioses desde que Atis, sacerdote de esta Diosa, se convirtió en él.

(103) Queriendo darse la muerte Cipariso,
es transformado en Ciprés por Apolo.