Mientras Orfeo halagaba y atraia con la dulzura de su canto la ferocidad de los animales, árboles y peñascos, las jóvenes Ciconas,[190] cubiertas con pieles de fieras, lo vieron desde un alto en el monte Rodope, que estaba cantando sus versos al son de la lira. Una de ellas, dejando agitar el cabello á discrecion de los vientos: „He aqui, dice, nuestro capital enemigo.” Y diciendo y haciendo le tiró al rostro el tirso, que como estaba entretejido de pámpanos, solo le hizo una ligera contusion: otra le tiró una piedra, la cual quedó sin efecto en el aire á la armonía de su voz y lira, y se arrojó á sus pies como pidiéndole perdon por su enfurecido atrevimiento: sin embargo se empeñaron las demas en una temeraria pelea, sin observar modo por estar dominadas del mas loco furor. Las armas que le disparaban hubieran perdido sin dificultad su fuerza con la eficacia del canto de Orfeo, si la confusa gritería, los tambores, las flautas y cornetas, las voces y los aullidos de estas mugeres Bacantes no hubieran confundido el son de la lira. En medio de este tumulto fue herido el desgraciado Orfeo con las piedras que le tiraron; y despues que las Ménades[191] dispersaron las aves, serpientes y la multitud de animales, que encantados de sus dulces acentos formaban un cerco al rededor de él, se vuelven con las sangrientas manos contra Orfeo, y le rodean como las aves que ven á la lechuza en medio del dia, ó como los perros al rededor de un ciervo que sueltan por la mañana para diversion del pueblo en el anfiteatro. Ellas le acometen por todas partes, y le tiran los tirsos verdes, que no estaban destinados para este uso. Unas le arrojan terrones, otras ramas arrancadas de los árboles, otras guijarros; y porque no faltasen armas á su loco furor, acaeció que cerca de alli habia unos labradores que barbechaban la tierra, y otros no lejos la cavaban, ganando el preciso sustento con el sudor de su rostro; los cuales, como vieron el escuadron de mugeres, huyeron y dejaron los instrumentos de su penoso trabajo; á saber, pesados rastrillos y azadones. Las Bacantes se apoderaron de estas armas, y aun arrancaron á los bueyes los cuernos, y volvieron á acometer al desgraciado Orfeo, que en vano les tendia las manos para aplacarlas; y esta fue la primera vez que no movió con su voz á los que le oian. En fin ellas le mataron sacrílegamente, y su alma (¡ó Júpiter poderoso!) se exhaló á los vientos[192] por aquella misma boca que articulaba aquellos dulces sones, y que tantas veces oyeron los peñascos y entendieron los animales. Por tí, desgraciado Orfeo, hicieron sentimiento las aves, las fieras, los peñascos; y las mismas selvas, que muchas veces acudieron al son armonioso de tu lira, te lloraron con amargas lágrimas. Los árboles despojados de sus hojas, los rios crecidos con las lágrimas que derramaron, las Náyades y Dríades vestidas de luto y esparcidos los cabellos, tambien fueron sensibles á tu muerte: sus miembros estaban esparcidos por todas partes: su cabeza y lira cayeron en el Hebro;[193] y cuando iban por medio de la corriente (¡cosa maravillosa!) empieza la lira no sé que triste lamento, y su misma lengua, aunque sin vida, unos murmullos lúgubres y lastimosos, que los ecos repetian en las riberas de este rio. Luego que entraron en el mar, y las olas y vientos las arrojaron á las playas de Lesbos, una fiera serpiente acomete á la cabeza de Orfeo, que yacia en la arena extraña, lame sus cabellos mojados con el agua de que estaba bañada, y abre su boca para desfigurar su rostro; pero cuando iba á morderla, Apolo la convirtió en piedra antes que la cerrase, y la dejó en la actitud de una culebra que va á morder. La sombra de Orfeo bajó al infierno, y despues que reconoció todos los lugares que habia visto en otro tiempo, pasó á los campos Elíseos, y encontrando á su amada Eurídice, la abrazó con la mayor ternura. Desde este momento no se separan un punto; unas veces se pasean juntos; otras la deja ir delante, y otras la precede él; pero asegurado siempre de que aunque vuelva el rostro atras para mirarla, no la volverá otra vez á perder.

No permitió Baco quedase esta maldad sin castigo; y sintiendo la pérdida de un hombre que era el corifeo de sus sacrificios,[194] al punto convirtió en árboles á todas las mugeres de Tracia que cooperaron á la maldad y estuvieron presentes. Extendidos los dedos de sus pies, se pegaron en la sólida tierra en el órden que se seguian, y echaron raices. Y al modo que la ave, luego que se ve presa en el lazo que el astuto cazador ocultó, se revuelve, se agita, y hace mil esfuerzos, que solo sirven para apretar mas el lazo que la tiene presa; asi estas Bacantes, luego que se vieron presas, pegadas en la tierra, atónitas procuraban en vano la fuga; pero las raices las detenian, y no las dejaban proseguir en sus saltos bacanales; y mientras se paran á mirar donde estan sus dedos, sus pies y sus uñas, ven que las rodillas se iban vistiendo de madera; y queriendo golpear tristemente con las manos, herian la misma madera, la cual fue creciendo hasta convertir en tronco los muslos, el pecho, los hombros y los brazos extendidos en ramas.

FÁBULA II.

BACO DEJA LA TRACIA.

No contento Baco con esta venganza, desampara la Tracia, teatro funesto de la muerte de Orfeo. Acompañado de mejor coro, se va á los viñedos del Tomolo y á las riberas del Pactolo,[195] aunque en aquel tiempo no tenia las arenas de oro, ni era envidiado de los hombres. Los Sátiros y Bacantes acompañaban á este Dios; pero Sileno no pudo seguirle: unos labradores frigios le hallaron vacilante, asi con la edad como con el vino de que estaba poseido; y despues que le adornaron con guirnaldas y flores, lo llevaron al Rey Midas, á quien Orfeo y el ateniense Eumolpo habian enseñado los ritos de los sacrificios de Baco. Luego que este Príncipe reconoció á Sileno por compañero de aquel Dios, y por uno de los que intervenian en sus sacrificios, celebró con una gran fiesta la llegada de tal huesped, la que duró diez dias y diez noches, y al amanecer del undécimo el mismo Rey placentero fue á los campos lidios, y lo restituyó á Baco su alumno.

(114) Sileno, adornado de pámpanos, es presentado
á Midas, quien lo entrega á Baco.

Alegre este Dios por haber recibido á su ayo, mandó al Rey de Frigia pidiese el don que gustase. Entonces Midas, que no preveia las funestas consecuencias de su demanda: „Concédeme, le dice, la gracia de que se convierta en oro todo cuanto tocare mi cuerpo.” Concedióle Baco al momento lo que deseaba; le dió un don que le habia de ser nocivo, y sintió que no le hubiese pedido otro mejor. El Rey se retiró muy contento por la gracia fatal que habia obtenido; y aun no asegurándose bien de ella, iba tocando todas las cosas que encontraba para hacer experiencia de si seria ó no verdad: cortó una rama verde de una encina, y al punto fue convertida en una rama de oro. Tomó una piedra del suelo, y tambien se puso roja como el oro: tocó un terron, y se convirtió luego en masa de oro fino. Arrancó unas espigas de trigo, y al momento se convirtieron en oro. Cogió una manzana de un árbol, y juzgaria cualquiera que era del jardin de las Hespérides. Apenas tocó las puertas de su palacio cuando resplandecen maravillosamente. Si se lavaba las manos, el agua se teñia de un color que podria engañar á Dánae.[196] Encantado Midas de una virtud tan extraordinaria, se entregaba á todos los trasportes de su alegría, cuando le avisaron que la mesa estaba puesta, y grandemente provista de viandas. Luego que se sentó en la mesa y tomó el pan, don precioso de Céres, lo halló convertido en oro. Si llevaba á la boca cualquier manjar para satisfacer su apetito, cuando lo iba á comer lo hallaba convertido en oro resplandeciente. Cuando le dieron de beber vino mezclado con agua, no tragó sino oro líquido. Atónito con la novedad de un mal tan extraordinario, rico y pobre á un mismo tiempo, aborrece una opulencia que le costaba tan cara, y se arrepiente de haberla deseado. En medio de la abundancia no puede satisfacer su hambre ni apagar la sed que le abrasa la garganta, y con justa razon le atormentaba el oro, que ya aborrecia. Entonces levantando las manos al cielo, dijo: „Ó padre Leneo, perdóname; confieso haber delinquido: por vida tuya que tengas misericordia de mí, y me libres de este precioso metal que me aflige.” El piadoso Dios, mirando ya con benignidad al que confesaba su pecado, le restituyó á su antiguo estado, y en premio del beneficio de haber restituido á Sileno le revocó el don que le habia concedido: „Para no verte bañado del oro que malamente codiciaste, ve, le dice, al rio vecino á la famosa Sardes,[197] y caminando agua arriba, sigue por el collado de la ribera hasta que llegues á su nacimiento: mete la cabeza en las espumosas aguas que forman su raudal copioso, y lava á un tiempo tu cuerpo y el delito cometido.”[198] Midas, obedeciendo esta órden, se encaminó al rio y se entró en el agua, á la que de su cuerpo se transfirio la virtud aurífica,[199] y desde entonces sus arenas se convirtieron en oro; y cuando sale de madre se inundan los campos vecinos de arenas doradas. Aborreciendo Midas las riquezas, frecuentaba las selvas y campos, acompañando en ellos al Dios Pan, el cual de continuo se retiraba á las grutas de los montes; pero el trato de este Dios no le abrió mas el ingenio. Quedóse con la insensatez, que habia de acarrearle los daños que habia ya experimentado.

FÁBULA III.

APOLO Y MIDAS.