(82) La enamorada Escila es despreciada
de Minos por traidora.
FÁBULA PRIMERA.
MINOS PONE SITIO Á MEGARA.
Luego que el lucero de la mañana, ahuyentadas las tinieblas de la noche, restituyó el claro dia, dejó de soplar el solano, y las nubes llovedoras se iban levantando, el suave austro facilita la navegacion á los soldados de Eaco y á Céfalo, quienes habiéndose hecho á la vela, arribaron felizmente á Atenas en menos tiempo que lo que creian. Entre tanto Minos, tomadas y asoladas las playas de Megara, dirigió la fuerza de su egército contra esta ciudad, en que reinaba Niso,[1] cuya suerte y seguridad del reino consistia en un cabello encarnado[2] que tenia en medio de las canas. Ya habia seis veces la luna llenado su redondez,[3] y aun duraba el sitio, sin que la fortuna, que entre los dos volaba, se hubiese declarado por ninguno de los dos partidos. Era el Real palacio de Megara una torre edificada sobre sus muros armoniosos, en los cuales se cuenta que Apolo dejó depositada su dorada lira, y que su sonido se comunicó á las piedras. Escila[4] en tiempo de paz solia subir muchas veces á esta torre, y entretenerse en hacer resonar las piedras de los muros, tirando á ellos algunas piedrecillas. Durante el sitio iba tambien por ver desde alli los ataques y encuentros sangrientos de Marte que se daban al rededor de la ciudad. Como hacia mucho tiempo que el enemigo estaba acampado, ya conocia por sus nombres á los principales oficiales, sus armas, caballos, y modo de pelear. Especialmente habia observado á su capitan[5] con mas atencion de la que era menester para su tranquilidad. En su opinion Minos si cubria su cabeza con el morrion soberbio, con su penacho era gallardo; si tomaba el refulgente escudo, le caia bien; si lanzaba el asta con sus brazos, alababa sus fuerzas y destreza, y juraba que Apolo no era mas diestro en disparar del arco las saetas. Cuando se quitaba el morrion para montar á caballo,[6] y sujetarle haciendo egercicio, salia fuera de sí, y llamaba dichoso al dardo que él manejaba, y venturosas á las riendas que tocaba con la mano. La venian ímpetus (si la fuera decente) de salirse á pasear entre el egército enemigo, y arrojarse de lo alto de la torre por caer en el campo de su amante; en fin estaba dispuesta á abrirle las puertas de bronce de la ciudad, ó á egecutar otra cualquiera cosa que fuese en favor de Minos. Sentada en lo alto de la torre, y tendiendo la vista al pabellon Real de su enamorado: „No sé, decia, si debo alegrarme ó entristecerme con esta deplorable guerra: siento á la verdad que Minos sea enemigo de quien le ama; pero si no hubiera guerra ¿cómo yo le pudiera conocer? ¡Oh! ¡si quisiera terminarla aceptándome á mí en rehenes, y que siendo yo prenda de la paz me llevase consigo! Gallardo Minos, Príncipe el mas hermoso de todos, si la que te dió á luz[7] fue tan hermosa como tú, con razon se enamoró Júpiter de ella. Seria yo muy feliz si conducida en alas por los aires pudiese volar á tu campamento, y manifestándome á tí, y confesándote mi amor, preguntarte qué querrias te diese por ser mio, que todo seria otorgado, con tal que no pidieses el reino de mi padre. Porque mejor quisiera perder las esperanzas de mi amor, que conseguirlas por una traicion. Aunque muchas veces sucede que la clemencia del vencedor hace mas suave la condicion de los vencidos. La guerra que Minos hace para vengar la muerte de su hijo[8] es justa; y puesto que la razon y fortuna estan de su parte, no podremos dejar de ser vencidos; y si este fuese el fin y la suerte de esta ciudad, ¿para qué ha de allanar Marte los muros, pudiendo hacerlo mi amor? De este modo podrá vencer sin muertes, sin dilacion, y sin exponerse á recibir ninguna herida. ¡Ay de mí! Mucho temo, querido Minos, la suerte que rezelo, y es que alguno sin conocerte te hiera; digo sin conocerte, porque ¿quién será tan cruel que sabiendo quién eres, se atreva á dirigir su lanza contra tí? Elijo y me resuelvo á entregarme, dando mi patria en dote, y poner asi fin á esta guerra; pero de nada sirve el estar resuelta á ello: las puertas de la ciudad estan cerradas, y mi padre tiene las llaves; á él solo temo; solo él retarda mis deseos. ¡Ojalá permitieran los Dioses que me hallara sin padre! Pero cualquiera se figura que es un Dios; la fortuna se burla de los vanos ruegos. Cualquiera otra, abrasada en un amor tan grande, ya hubiera vencido todos los obstáculos que se opusiesen á su pasion; y ¿qué? ¿tendré yo menos valor para vencerlos, aunque me sea necesario pasar por entre el fuego y el hierro? Pero no tengo necesidad de exponerme á tantos riesgos; solo necesito del cabello de mi padre. Él será para mí mas precioso que el oro; hará mi felicidad, y pondrá colmo á mis deseos.”
Estando Escila revolviendo en su imaginacion estos pensamientos, sobrevino la noche, y las tinieblas, tan propias para fomentar nuestras inquietudes, aumentaron su atrevimiento. Apoderábase ya el primer sueño de los cuerpos fatigados con los trabajos del dia, y he aqui la ocasion en que entrando esta pérfida sin ser sentida en el aposento de su padre, le corta (¡oh atrocidad!) el fatal cabello. Ufana la Princesa con este precioso depósito, á quien el crímen daba nuevo atrevimiento, sale de la ciudad apresurada; y atravesando el campo enemigo, llega á la tienda de Minos, á quien, sorprendido de verla, habló de esta manera: „Príncipe, no te admires de ver á la hija de Niso, que viene á entregarte su patria y Dioses: el amor ha sido el consejero de esta maldad. Toma este purpúreo cabello, prenda de mi amor, y no eres dueño de él solo, sino de la vida de mi padre; solo tu corazon te pido por premio de un servicio tan importante.” Minos, turbado con la idea de tal maldad, rehusando recibirle, la dijo: „¡Deshonra de nuestro siglo, los Dioses te destierren de su reino, y te nieguen el beneficio de la tierra y el mar![9] Ciertamente yo no consentiré que la isla de Creta,[10] en que Júpiter tuvo su cuna, y que es mi reino, admita en su recinto á quien cometió tal atrocidad.”
Despues que hubo dicho estas palabras se hizo dueño de la ciudad, impuso leyes á los vencidos,[11] y mandó dar la vela á sus naves forradas de cobre. Viéndose Escila tan cruelmente despreciada, se entrega á todos los transportes de su ira; y dando rienda á su furia, con el cabello desgreñado y las manos extendidas, exclama diciendo: „¿Adónde huyes, ingrato? ¿Por qué no llevas contigo á la que te ha procurado la victoria? ¿Tú sabes, oh pérfido, que te he preferido á mi padre y patria, y sin embargo me abandonas con tanta vileza? ¿Qué? ¿no pudieron moverte ni mi amor, ni el fatal presente que te hice, ni el colocar en tí todas mis esperanzas? ¡Desgraciada de mí! ¿Adónde me volveré ya desamparada? ¿Á mi patria? Ya no existe para mí; y aunque existiera, mi perfidia me ha desterrado para siempre de ella. ¿Á la vista de mi padre, que sacrílega te entregué? Los ciudadanos dignamente me aborrecen; los comarcanos se horrorizan de un egemplo semejante, y con razon temerian que egecutase con ellos igual vileza. Me he desterrado de toda la redondez de la tierra por solo la isla de Creta. ¿Y tienes valor para impedirme la entrada en ella? ¿Asi me desamparas, ingrato? No, no eres hijo de Europa, sino nacido quizá en alguna de las Sirtes,[12] ó de una tigre de Armenia, ó de Escila,[13] que ocasiona mil naufragios. No, no eres hijo de Júpiter, como presumes, convertido en toro para robar á tu madre, porque esto es solo una vana ficcion que inventaron para darte un orígen ilustre. El toro á quien debes tu nacimiento era mucho mas que fiero, y nunca conoció los efectos de amor. ¡Oh padre mio, dame el castigo que merezco! ¡y vosotros muros que poco há he vendido, regocijaos al verme sufrir con razon tantos males! Confieso que los merezco, y que soy digna de morir; pero ya que muera sea á manos de aquellos á quienes he ofendido. ¿Por qué tú que venciste con mi delito quieres ahora tomar venganza de él? El crímen que yo he cometido ha sido en beneficio tuyo, y contra mi padre y patria. ¡Oh! ¡y qué digna es de tenerte por marido aquella que concibió por un toro un amor detestable, y que dió á luz al monstruo Minotauro![14] ¿Pero mis tristes lamentos llegan acaso á tus oidos? Los vientos se llevan mis vanas palabras, del mismo modo que impelen y esparcen tus naves. Ya, ya no me admiro de que tu muger Pasifae antepusiese un toro á tu amor. Mas fiero eras tú que él. ¡Ay infelice de mí! ¡Cuán alegre se aleja el ingrato surcando las olas, que impelen los remos causando tan grande ruido! Pero en vano procuras alejarte de mí; te seguiré á todas partes, y asida á la popa de tu nave, atravesaré los anchurosos mares.” Apenas acabó de decir esto cuando se arroja al mar, é infundiéndola fuerzas el amor, llega nadando hasta la nave de Minos, en la que se detiene á pesar suyo. Niso, su padre, que ya se habia transformado en gavilan, la vió desde el medio de los aires, sostenido en ellos con sus alas rojas, y arrojándose sobre ella, procura despedazarla con su encorvado pico; pero ella con el temor deja la popa, y en vez de caer al mar se sostiene en el aire bajo la forma de aquella especie de cogujada, que trae su nombre del cabello que cortó á su padre.
FÁBULA II.
TESEO MATA AL MINOTAURO.
Minos luego que desembarcó en Creta hizo á Júpiter el sacrificio de cien toros que le tenia ofrecido, y colgó en su palacio los despojos y trofeos[15] de su victoria. Entre tanto crecia de dia en dia el Minotauro, monstruo de dos formas, y oprobio de la casa de este Príncipe. Era fruto del loco amor de Pasifae. Minos determinó tener oculta esta afrenta de su casa, encerrándole en el laberinto que edificó Dédalo, famoso arquitecto, con unas calles intrincadas, en que se perdia el tino con sus vueltas y revueltas.[16]