(83) Teseo mata al Minotauro y sale
del laberinto de Creta.

No de otra manera que el precipitado Meandro gira en los campos de Frigia, y fluye y refluye con retorcida corriente,[17] y saliéndose á sí mismo al encuentro como si quisiera ver correr sus aguas caudalosas, unas veces se vuelve hácia su nacimiento, y otras hácia el mar, sin que se pueda formar idea de su incierto curso; asi Dédalo habia intrincado el laberinto con tantas calles que se cruzaban y volvian á encontrar unas en otras, que apenas pudo él mismo hallar la salida. ¡Tan enmarañada como esto estaba aquella morada! En este laberinto pues fue donde se encerró el Minotauro; este monstruo se habia saciado dos veces con la sangre de los jóvenes y doncellas que los atenienses pagaban en tributo cada nueve años; pero le domó uno de los que salieron en el tercer sorteo, que fue Teseo, el cual con un hilo que ató á la entrada del laberinto, y que al efecto le habia dado Ariadna, hija de Minos, salió de él felizmente despues de haber muerto al Minotauro, y se llevó robada á la Princesa á la isla de Naxos, en donde desentendido de cuanto la debia, tuvo la crueldad de dejarla abandonada. Viéndola en esta triste situacion, y compadecido Baco de su suerte y de sus quejas, la dió sus brazos, la consoló, y la ayudó. Con la idea de hacer inmortal la memoria de una Princesa tan amable, este Dios la quitó de la frente la corona que la adornaba, y la tiró y colocó en el cielo. Cuando volaba por los aires las piedras de la corona se convirtieron en estrellas, y en una constelacion que conserva la especie y figura de una corona, y se halla en medio de la que se llama Dragon.

DÉDALO HACE ALAS PARA SÍ Y SU HIJO ICARO.

Dédalo entre tanto, fastidiado de Creta, y del largo destierro que en ella sufria, se dejó arrebatar del amor de su patria; y como por todas partes estuviese cercado del mar, dijo: „Aunque la tierra y las olas me estan cerradas por el tirano,[18] no podrá este cerrarme el camino de los aires. No se extenderá su imperio hasta esta region, aunque sea señor del mundo entero, y yo sabré abrirme paso por ella para mi patria.”

Apenas dijo esto empezó á meditar un proyecto, que nadie hasta entonces habia imaginado. Tomó algunas plumas, y las puso en órden, empezando por las pequeñas, y concluyendo por las mayores, imitando las alas de las aves que se crian en los montes, á la manera que una rústica zampoña se compone de cañas desiguales. Ató con lino las grandes, y pegó con cera las pequeñas, y en esta disposicion las encorvó en aquella proporcion que se observa en las alas naturales. El muchacho Icaro, que estaba con Dédalo su padre, ignorando que trabajaba para su ruina, ya con rostro alegre recogia las plumas que el viento habia arrebatado, ya ablandaba entre sus dedos la cera que debia unirlas; tambien algunas veces con sus juegos sencillos estorbaba la admirable obra del padre. Luego que esta se concluyó hizo Dédalo la prueba tomando vuelo, y se elevó con el movimiento del aire.

(84) El calor del Sol derrite la cera que
pegaba las alas de Icaro, y cae al mar.

FÁBULA III.

ICARO CAE AL MAR.

Acomodó tambien otras alas á su hijo, diciéndole de esta manera: „Procura, Icaro mio, guardar un buen medio cuando vueles por los aires, porque si vas muy bajo se entorpecerán las plumas con los vapores del agua, y si muy alto el calor del sol puede abrasarlas. Camina entre estos dos extremos, y te mando que no mires á Bootes,[19] ni te acerques á la Osa helada ni al Orion:[20] sígueme siempre á mí como á tu guia.” Le instruye en las reglas del vuelo, y acaba de ajustar á sus hombros las alas: temblábanle las manos al viejo, y le caian las lágrimas por las mejillas al tiempo de acomodárselas y de darle sus consejos. Últimamente, despues de haberle besado por la última vez, emprendió su vuelo delante para mostrarle el camino, cuidadoso siempre del hijo, y con su egemplo le exhorta á que le siga, enseñándole el nuevo y dañoso arte: asi como el ave cuando saca á volar desde el alto nido sus tiernos hijuelos, ni mas ni menos Dédalo movia sus alas, é iba siempre mirando á las de su hijo. Se pasman viéndolos volar el pescador que tenia echada á los peces su trémula caña, el pastor que se apoyaba en su cayado, y el labrador en su esteva, creyendo y teniendo todos por Dioses á los que volaban por los aires. Ya Dédalo é Icaro habian dejado á su izquierda la isla de Samos, tan célebre por el culto de Juno, la de Delos y Paros, y miraban á su derecha las de Lebinto y Calimne, tan fecunda en miel, cuando el jóven Icaro empezó á alegrarse temerariamente con el vuelo, y abandonó á su guia por elevarse mas alto, arrebatado del deseo de volar hasta el cielo: en esta disposicion el calor del cercano sol ablandó la cera que sujetaba las plumas, y derritiéndose y deshaciéndose las alas, ya volaba con los desnudos brazos, careciendo de remos con que sostenerse sobre el aire; y llamando en vano á su padre, cayó en el mar, que se llamó Icaro de su nombre. „Icaro, Icaro, exclama su desgraciado padre (aunque habia dejado de serlo), ¿donde te hallas? ¿En qué pais te buscaré, hijo mio?” Cuando pronunciaba estas tristes palabras vió en las aguas las plumas. Despues que maldijo la destreza de su arte, hizo las exequias á Icaro, dándole sepultura en la isla cerca de la cual habia perdido la vida, y que se apellidó despues con su nombre.