„Ó querida Galatea,[80] mas blanca que la nevada flor de la alheña, mas florida que los prados, mas elevada que el alto álamo, mas resplandeciente que el cristal, mas juguetona que el tierno cabritillo, mas lisa que las conchas batidas con las continuas olas del mar, mas agradable que el sol en el invierno y la sombra en el estío, mas hermosa que la manzana pendiente del árbol, mas vistosa que el lozano plátano, mas transparente que el hielo, mas sabrosa que la uva madura, mas suave que las plumas del cisne y que la leche cuajada, y si no huyes de mí y correspondes á mi amor, mas bella y lozana que el regado jardin. Pero si le desprecias, eres mas feroz que un toro por domar, mas dura que la vieja encina, mas falaz é inconstante que las ondas, mas flexible que las varas del sauce y que los sarmientos de las vides, mas insensible que las rocas, mas violenta que la corriente de un rio, mas vana que el pavo real, mas activa que el fuego, mas áspera que los abrojos, mas terrible que una osa recien parida, mas sorda que las olas agitadas, mas cruel que la víbora pisada, y (lo que especialmente quisiera quitarle si pudiera) mas ligera, no solo que el ciervo amedrentado de los claros ladridos, sino tambien mas que los veloces vientos. ¡Ah! Galatea, si bien me conocieses, te arrepentirias sin duda de haber huido de mí, desaprobarias tus desvíos y retiro, y te empeñarias en atraerme y retenerme contigo; pues yo soy dueño de estas cuevas formadas de un vivo peñasco, que es una gran parte de este monte, en las cuales no se siente el calor en medio del estío ni el frio en los inviernos mas rigurosos. Los árboles que yo poseo estan cargados de hermosísimas frutas. Tengo uvas que resplandecen como el oro pendientes en parras enramadas; téngolas tambien de color de púrpura: unas y otras las reservo para tí: tú misma por tu mano podrás coger las delicadas moras, nacidas debajo de la sombra silvestre; las cerezas del otoño, y las ciruelas no solo negras, sino tambien finas y delicadas, y del color de la reciente cera. Si me admites por esposo, tendrás abundancia de castañas y madroños, y todos los árboles tendrán su fruta á tu disposicion. Todo este rebaño es mio, sin otras muchas ovejas, que unas andan errantes por esos valles, otras estan ocultas en las selvas, y otras encerradas en las cuevas. Si me preguntases cuántas son, no podria decírtelo, porque el saber el número de sus ganados es cosa de pobres. De la lozanía y hermosura de ellas no hay necesidad de que me creas, cuando tú por tí misma puedes verlas, y que traen unas ubres tan cargadas, que apenas las dejan andar. Tengo los abrigados apriscos llenos de corderos; tengo tambien cabritos de igual edad en otros corrales. Siempre tengo abundancia de leche; parte de ella para beber, y parte para cuajarla y conservarla hecha quesos. No pienses que tendrás solo para tus delicias los referidos y otros regalos fáciles y vulgares, como son gamos, liebres, cabras, pichones, el nido alcanzado del árbol, sino tambien dos cachorrillos de una osa, hallados por mí en la cima de estos montes, y tan semejantes entre sí, que apenas podrás distinguirlos, y servirán para que juegues y te entretengas con ellos: cuando los hallé dije para mí: „Estos los guardo para mi querida y para su diversion.” Ea pues, Galatea, hermosa Nereida, saca y descubre tu cabeza de entre las aguas del mar, ven, y no desprecies mis regalos. No pienses que soy tan desagraciado que no pueda ser objeto de tu amor; poco hace que me estuve mirando en una clara fuente, y no me pareció mal mi semblante y figura. Mira cuan alto soy; no es Júpiter mayor en el cielo que yo con mi agigantado cuerpo, pues vosotras soleis decir que reina alli no sé qué cierto Júpiter. Una bien poblada cabellera sirve de adorno á mi rostro, y como si fuera un bosque me tapa y cubre los hombros. No dejo de ser agraciado, ni debes tenerme por horrible porque mi cuerpo esté cubierto de áspero pelo: el árbol no está vistoso sin el adorno de las hojas: el caballo está feo sin crines: las plumas son el adorno de las aves: la lana lo es de las ovejas: la barba y el pelo parecen bien en el hombre. Es verdad que solo tengo un ojo en medio de la frente; pero es del tamaño de un escudo. ¿Y qué tenemos con eso? El sol siendo uno solo ¿no está viendo todas las cosas del mundo desde el dilatado cielo? Reflexiona ademas de esto que tengo por padre á Neptuno, señor de los mares, en que tú y las demas Nereidas teneis vuestra morada: este será tu suegro. Apiádate y oye mi súplica, pues por tí sola estoy rendido. Yo que desprecio al cielo, á Júpiter y á sus rayos, te venero á tí, hermosa Nereida, y tu ira es mas cruel y temible para mí que el mismo rayo. Me seria tolerable el verme despreciado, si á todos despreciases igualmente; pero ¿cómo he de sufrir el que con repulsa mia ames á Acis, y prefieras sus brazos á los mios? Está bien que él se tenga por gallardo; pero en el caso que tal te parezca á tí, cruel Galatea, lo que no me seria de gusto, si llego á encontrarme con él, experimentará que mis fuerzas corresponden á la mole de mi cuerpo. Le arrancaré vivas las entrañas, y esparciré sus destrozados miembros por los campos y por los mares en que tú habitas, para que alli puedas unirte con él despedazado. Ciertamente que yo me abraso de amor por tí, y el fuego que me consume se aumenta con tus desprecios. Me parece que el monte Etna con sus fuerzas se ha trasladado á mi pecho, y tú, Galatea, te muestras insensible.”
„Despues que Polifemo expresó asi sus quejas, se levantó (porque desde el sitio en que yo estaba veia todo lo que hacia), y mas furioso que un toro á quien quitan la vaca, sin poder detenerse, echó á correr por las selvas y bosques. Como nos viese á Acis y á mí cuando menos lo pensábamos, exclamó: „¿Que aqui estais? Bien os veo, y esta será la última vez que volvais á estar juntos.” El grito que dió para decir esto el airado Ciclope fue tan grande como su ira, y con él se estremeció todo el monte Etna. Yo llena de miedo me escondí en el mar inmediato, arrojándome á sus aguas. Acis recurrió á la fuga, diciendo: „Suplícote, Galatea, me des favor: y vosotros, padres mios, dadme auxilio; y ya que voy á perecer, admitidme en las aguas en que reinais.” Seguíale el Ciclope, el que le tiró una gran piedra, que arrancó de la montaña, y que era una parte de ella; y aunque solo le alcanzó con una punta, le cogió todo el cuerpo. Mas no obstante yo hice en esta ocasion lo que permitió el destino se hiciese, que fue el que Acis recobrase la naturaleza de su abuelo, y se convirtiese en rio. De su cuerpo, que estaba debajo del peñasco, empezó á manar un humor encarnado, que á poco perdió el color, y tomó el del agua turbia de un rio, la que se fue aclarando poco á poco. Ademas de esto el peñasco que habia sido arrojado por el Ciclope empezó á henderse, y por las aberturas que hizo nacieron y brotaron muchas cañas, que crecieron en poco tiempo, y las aguas que brotaban de la concavidad del peñasco hacian un delicioso sonido. No paró en esto la maravilla, pues de repente se manifestó sobre el agua un gallardo jóven del medio cuerpo arriba, cuya cabeza adornaba una corona de cañas entretejidas, el cual solo se diferenciaba de Acis en que era mayor, y tenia el rostro mas trigueño; pero aun asi era el mismo Acis convertido en un rio, que se llamó y llama de su nombre.”
(126) Enamorado Glauco de Escila, la refiere
su transformacion en Dios marino.
FÁBULA V.
GLAUCO Y ESCILA.
Luego que Galatea concluyó su referencia, las Nereidas que la acompañaban se volvieron al mar, y Escila que iba con ellas, y no se atrevia á exponerse á la merced de las olas, retrocedió y las dejó, y unas veces se paseaba desnuda por la arena, y otras cuando se hallaba fatigada se retiraba á bañarse á un remanso del mar. Estando empleada en esto, he aqui que Glauco, natural de Antedon, nuevo habitador de las aguas, transformado poco há en Dios marino, la vió y se enamoró de ella. Escila huye á pesar de cuanto la dijo para detenerla; y dándola alas el miedo, subió á la altura de una roca escarpada que domina al mar, donde creyéndose segura, se puso á mirar con atencion al objeto cuya vista le habia espantado, ignorando si era un monstruo ó un Dios del mar. Admírala el color, los cabellos que le cubrian los hombros, y que de la cintura para abajo remataba en pez. Glauco, que comprendió la causa de su sorpresa, apoyándose en un escollo que estaba cerca de ella, la dijo: „Bella Ninfa, no soy yo monstruo, no soy bestia feroz; soy un Dios de las aguas: ni Proteo, ni Triton[81] ni Palemon[82] tienen mayor potestad que yo en los mares. No hace mucho tiempo que era mortal; pero inclinado á los mares, me gustaba andar y nadar en ellos. Unas veces me entretenia en pescar con redes, y otras con caña. Aquellas playas que yo frecuentaba confinaban con una verde pradera, cuyos bordes formaban reunidamente las yerbas y las aguas. Las cabras, las ovejas ni los demas ganados jamas pacieron en ella, ni aun las oficiosas abejas van á coger el rocío de las flores de que está esmaltada, ni para hacer coronas ó guirnaldas han cortado ninguna, y la hoz siempre las ha perdonado. Yo fuí el primero que me senté sobre esta agradable pradera, y en tanto que secaba mis redes, contaba los peces que acababa de coger, y los echaba en la yerba, fuí sorprendido de un prodigio que te parecerá ficcion (pero ¿qué interes tengo yo en fingir?). Apenas estos peces habian tocado la yerba cuando empezaron á moverse, y á saltar con la misma viveza como si estuviesen en el agua. Mientras me detengo y juntamente me admiro de un portento tan extraño, se huyeron todos al mar, dejando á su dueño y á la pradera. Me pasmé, y dudoso mucho rato, inquiero cual sea la causa, si algun Dios haya hecho este milagro, ó si fue la virtud de la yerba. „¿Es posible, dije, que esta yerba tenga una calidad tan extraña?” Inmediatamente cogí algunas, las llevé á la boca, y masqué. No bien habia llegado el jugo á la garganta cuando al punto sentí que por dentro me temblaban las entrañas, y que el pecho se arrebataba con el deseo de mudar de naturaleza, que no me fue posible resistir mucho tiempo. „Á Dios, exclamé, á Dios tierra, adonde nunca mas he de volver,” y al decir estas palabras me zambullí en el mar. Los Dioses que lo habitan, movidos á compasion, me recibieron entre ellos, y ruegan al Océano y á Tetis que me quiten todo lo que tenia de mortal. Estas dos deidades me purifican, quienes me mandan que repita nueve veces unos versos misteriosos que me dijeron, y que meta el pecho en cien rios. Apenas habia recibido esta órden cuando los rios que corrian de diversas partes al mar y las aguas de este se juntaron y corrieron sobre mi cabeza. Lo que te acabo de contar hasta aqui es cierto, y me acuerdo perfectamente de ello; lo que me sucedió despues no puedo decírtelo; turbado, como fuera de mí mismo, no tuve ningun conocimiento de lo demas. Lo que yo sé es que al reflujo de las aguas me hallé otro diverso del que antes era, tanto en el cuerpo como en el entendimiento. Entonces ví por primera vez esta barba verde, esta melena que arrastro por los anchurosos mares, estos grandes hombros, estos brazos, que son del mismo color que mis cabellos y barba, en fin esta larga cola, que tomó el lugar de mis muslos y piernas. Pero ¿de qué me sirve esta figura? ¿De qué el ser Dios, si tú no te mueves á mi amor por todo esto?” Escila se retira, y deja á Glauco que decia estas cosas, y se preparaba para decir otras muchas mas. Él se enfurece, é irritado con sus desprecios, se encamina al prodigioso palacio de Circe, hija del Sol.
LIBRO DECIMOCUARTO.
ARGUMENTO.