Despues de la muerte de Aquiles, ocasionada por Neptuno, Ayax y Ulises tienen una contienda sobre sus armas. Habiendo Ayax muerto por esta causa, su sangre se convierte en la flor llamada jacinto. Despues de la ruina de Troya Hécuba se transforma en perra, cuya desgracia como fuese llorada de todos los Dioses, la Aurora lloraba tan solamente á Memnon, ya convertido en ave. Eneas, saliendo prófugo de Troya, se presenta á Anio, cuyas hijas habian sido transformadas en palomas; desde alli penetra á varios lugares célebres por las transformaciones. Luego que por remate de sus viages arribó al Lacio, emprende la guerra contra Turno.

FÁBULA PRIMERA.

AYAX Y ULISES SE DISPUTAN LAS ARMAS DE AQUILES.

Sentáronse los capitanes griegos, y las tropas, que estaban en pie, formaban en círculo, cuando Ayax, señor del siete veces doblado escudo,[33] no cabiendo en sí de enojo, se levanta, tiende la vista con ceño airado á la playa de Sigeo en que estaba la armada, y alargando las manos hácia la escuadra: „¡Ó Júpiter![34] exclama: ¿cómo se permite que teniéndose esta controversia á la vista de esas naves, se quiera Ulises comparar conmigo? ¿Ese Ulises, que no tuvo valor para oponerse al incendio que Hector las puso, y del que yo las liberté y reservé de sus voraces llamas? El pelear con voces de elocuencia y vanagloria es cosa mas fácil y hacedera que el combatir con las manos armadas de valor; ni á mí me será fácil aquel modo, ni él podrá adelantar ni hacer cosa alguna por este medio, y cuanto yo le excedo en los combates, tanto vale él en su facundia y sus astucias.[35]

(121) Ayax y Ulises pretenden las armas
de Aquiles; se le adjudican á Ulises.

„No juzgo del caso, ó griegos, el recordaros mis hazañas, porque todos vosotros las habeis visto. Ulises será quien tenga necesidad de contar las suyas, pues las hizo de noche, y sin testigos que pudiesen publicarlas.[36] Confieso que es grande el premio que pido; pero deja desairado mi honor, y me roba mucha parte de él el atreverse Ulises á hacerme competencia en una cosa, que aunque para él es grande, el obtenerla yo no aumentará mi gloria. Él ya se ha llevado la recompensa de esta contienda; porque cuando fuere vencido se dirá que compitió conmigo, y bastante fama adquiere con esto. Mas yo, aun cuando se pudiese poner en duda mi valor, siempre seria preferido por mi nobleza como hijo de Telamon, que militando bajo las banderas del valeroso Hércules, se halló en la toma de Troya, y ademas fue á la expedicion de los Argonautas á la isla de Colcos. Mi abuelo es Eaco, uno de los tres jueces de aquella triste mansion, en que Sísifo, hijo de Eolo, se afana en vano en subir á la cumbre un gran peñasco. Júpiter reconoció á Eaco por hijo suyo, y de este modo vengo á ser el tercero despues de Júpiter. Pero no quiero, griegos, que esta noble descendencia me aproveche ni sirva para mi causa, si al mismo tiempo no estoy enlazado con el grande Aquiles. Primo mio era como hijo de un hermano de mi padre, y pido sus armas como por un derecho hereditario. ¿Quieres tú, Ulises, ingerirte en los derechos y timbres de una agena familia y de la gente de Eaco, siendo tú descendiente de Sísifo, y muy parecido á él en los fraudes y los hurtos? ¿Acaso el haberme yo alistado primero que tú á esta guerra para concurrir á ella sin que fuese necesario buscarme y descubrirme,[37] deberá ser motivo para que se me nieguen estas armas? ¿Será mas digno de ellas el que tomó las suyas despues que yo, y el que rehusó venir á la guerra aparentando una locura, hasta que Palamedes, mas astuto que él, aunque sin utilidad suya, antes bien en su perjuicio,[38] descubrió la estratagema de su ánimo cobarde, y le trajo contra su voluntad? No será seguramente razon que lleve y se le den estas honrosas armas al que tanto rehusaba tomar otras, ni concurrir á esta guerra, y que yo que vine primero, y me expuse á los mayores peligros, padezca el deshonor de verme privado de ellas, y de un don que se me debe por derecho de parentesco. ¡Ojalá que la locura de Ulises hubiera sido cierta, ó se la hubiese creido por tal, y que este consejero de maldades[39] no hubiese venido con nosotros á esta guerra contra Troya; porque entonces Filoctetes, hijo de Pean, no estuviera detenido en la isla de Lemnos[40] con afrenta y desdoro nuestro! Alli, segun se dice, encerrado en las silvestres cuevas, pones en movimiento á los mismos peñascos con tus gemidos, y demandas á Ulises el castigo que merece, y á la verdad que si hay justicia en las deidades, no las demandas en vano. El mismo Filoctetes (¡ay de mí!), que juró en nuestra coalicion, y que era uno de los próceres de ella, sucesor y poseedor de las flechas de Hércules, tan necesarias para la empresa, consumido al presente de enfermedad y hambre, se viste de las plumas, y se alimenta de la carne de las aves, en cuya caza emplea las flechas que deberian servir, segun los hados, contra Troya, y sin las que no puede ser tomada. Pero al fin él vive, y vive porque no siguió ni acompañó á Ulises, y fue abandonado por este. El desgraciado Palamedes querria tambien haber sido desamparado como Filoctetes, pues entonces viviria, ó á lo menos aunque hubiese muerto, hubiera sido con mas honra, y sin la mancha y calumnia que le forjó Ulises en venganza de haberle descubierto y convencido en su fingida locura, atribuyéndole que tenia trazada la traicion de vender y entregar á los troyanos el campo griego, cuya calumnia y ficcion persuadió manifestando el oro de la venta, que él mismo habia hecho poner y ocultar en la tienda de Palamedes. De esto se infiere y deduce que para lo que sirve es para privarnos de los mejores soldados, desterrando á unos y quitando la vida á otros: ¡asi pelea, y asi es temible Ulises! Aunque sea mas elocuente que Nestor, no podrá sincerarse con su elocuencia del delito é ignominia de haberle dejado desamparado, y no haberle ayudado en el peligro en que se vió; pues aunque fatigado con su vejez, herido su caballo y sin poder huir, llamaba á Ulises en su socorro, este huyó y le dejó en el peligro. No es esto una cosa que yo haya fingido: Diomedes, hijo de Tideo, es buen testigo de ello, el cual, aunque le llamaba y reprendia porque asi dejaba abandonado á Nestor, nada consiguió, ni pudo detenerlo en su cobarde fuga.

„Los Dioses miran con justicia las cosas humanas. Ulises necesita ahora el socorro que antes negó á Nestor; y como él le desamparó, asi debia él tambien ser desamparado, y sufrir la ley que él mismo se habia impuesto. No obstante llama á sus compañeros; voy á su socorro; lo veo amilanado, pálido con el temor, y horrorizado de la muerte que le amenazaba; opongo en su defensa la mole de mi escudo, con el que cubrí al que estaba tendido en el suelo, y libré de la muerte (poca alabanza merezco por esto) á un soldado bien cobarde. Si con esto no desistes afrentado de tu temeraria pretension, volvamos otra vez al lugar donde fue la pelea: vuélvete á poner á la vista del enemigo que te hirió y te causó tanto temor, ampárate de mi escudo, y pelearás defendido con él. Despues que le liberté, el que antes no podia tenerse en pie por las heridas, no le fueron impedimento estas para huir con la mayor velocidad.

„Se presenta Hector, trayendo en su favor todas las deidades. Por donde quiera que se arroja no tú solo tiemblas, Ulises, sino tambien los mas esforzados. ¡Tan grande es el terror que causa! Salgo al encuentro á este enemigo, que venia orgulloso con tanta carnicería como habia causado, y le derribé boca arriba, tirándole una gran piedra. Yo solo salí á su desafio, al que provocaba á todos los capitanes griegos uno á uno: vosotros hicisteis votos porque me tocase á mí la suerte, y con efecto me tocó, y se cumplieron vuestros deseos. Si me preguntais cual fue el fin del desafio, basta deciros que tengo la gloria de no haber sido vencido por él. Cuando los troyanos, auxiliados del mismo Júpiter, acometieron á hierro y fuego á la escuadra griega ¿adónde estaba entonces el elocuente Ulises? Yo solo la salvé[41] con mi valor y denuedo, asegurando vuestra vuelta. ¿Podreis negarme las armas que pido en recompensa de las mil naves libertadas? Si me es lícito decir verdad, mas cuenta tengo con el honor de las armas que con el propio mio; á lo menos la gloria es igual, puesto que Ayax es solicitado para las armas, y no las armas para Ayax. Compare ahora Ulises con mis hazañas el haber muerto á Reso y al cobarde Dolon, y asimismo haber hecho prisionero á Heleno, hijo de Príamo, y haber robado la efigie de Palas: todo esto lo hizo de noche y acompañado de Diomedes. Si por tan leves hazañas se han de dar estas armas, divididlas, y dad la mayor parte á Diomedes; pero á Ulises ¿para qué le sirven, cuando es un soldado que no pelea con armas, sino que solo tiene habilidad para engañar al incauto enemigo con hurtos y traiciones? El mismo resplandor del morrion que brilla con el luciente oro descubrirá y manifestará al engañador cuando con él oculte su semblante. La cabeza de Ulises no podrá sufrir el gran peso de aquel, y tambien la lanza Pelia[42] será pesada y gravosa á sus débiles brazos; ni el escudo en que está grabado todo el mundo será conveniente á su siniestra tímida, y acostumbrada solo á hurtos y vilezas. ¿Por qué te atreves, obstinado, á pretender un premio y unas armas que no puedes manejar, y que te han de debilitar? Pero si el pueblo griego, juzgando erradamente, te concediere estas armas, servirán en tí para verte despojado de ellas, y no para infundir con ellas miedo y terror á los enemigos; y si recurres, cobarde, á la fuga, que es en lo que á todos llevas ventaja, te será impedimento para emprenderla su pesadez. Añade á esto que tu escudo, como que rara vez se ha visto en combates, está entero é intacto, y el mio, acribillado á flechazos, necesita ya arrinconarse por inútil, y que se me dé otro nuevo. Últimamente ¿para qué nos cansamos en palabras? sean las obras las que decidan esta controversia; arrójense esas armas del valeroso Aquiles en medio del campo enemigo, y mandad que sea condecorado con ellas aquel que consiga arrojarse sobre las mismas y recuperarlas.”

Con esto puso fin Ayax á su discurso, y sus últimas palabras fueron acompañadas é interrumpidas con los clamores y gritería de todo el vulgo. Entonces levantándose Ulises, y fijando por un pequeño espacio y como pensativo sus ojos en la tierra,[43] los alzó despues á los jueces; y viendo que estaban esperando que hablase, dijo con mucha gracia y elegancia lo siguiente.