„Tampoco á tí, Cilaro, te aprovechó en la refriega tu extremada hermosura, si es que es susceptible de ella la raza de los Centauros. Empezaba á apuntarle la barba de color de oro, y el cabello del mismo color le ondeaba sobre los hombros: tenia un semblante vigoroso y agradable, al cual correspondia el cuello, los hombros, las manos, el pecho y todo lo que tenia de hombre, pues todo parecia sacado á torno y hecho por manos de artífices; y no era menos proporcionado al rostro de hombre lo que tenia de caballo, porque añadiendo á su figura un cuello y cabeza de esta última especie, pareceria ser el de Castor.[28] Sus ancas eran anchas, el pecho levantado y nervioso, la piel negra como la pez, la cola blanca, y del mismo color sus piernas. No habia jóven en toda la especie de Centauros que no le amase; pero sola Hilonome, la mas bella de todas las Centauras que habitaban las selvas, le conquistó para sí, y le atrajo á su cariño con caricias, halagos y declarándole su amor, para lo cual se componia con cuanta cultura y ornato puede adaptarse á los miembros de una Centaura, como era peinarse el cabello, cuidar de rociarlo con agua del mar, ensortijarlo con violetas, rosas y azucenas, lavarse la cara dos veces al dia con el agua que corria de una fuente que estaba en la cumbre de la selva Pagasea, y bañarse en el rio otras dos veces; y no vestia ni adornaba sus hombros y brazo izquierdo con otras pieles que las mejores y mas escogidas, y que le acrecentasen su hermosura. Cilaro é Hilonome se amaban mutuamente, y no podian separarse el uno del otro: juntos vagaban por los montes, juntos entraban en las grutas, y juntamente habian ido á las bodas de Piritóo, y no se habian alejado el uno del otro durante el choque. Un dardo tirado casualmente, no se sabe de quien, vino á dar en el pecho de Cilaro á la parte inferior del cuello; penetróle la herida el corazon, el cual, despues de sacado el hierro, se le quedó yerto y frio con todo el cuerpo. Al punto Hilonome abraza los moribundos miembros del Centauro; le aplica su mano sobre la herida para detener la sangre que corria, y juntando la boca con la suya, procura inspirarle vida, é impedir que exhale su espíritu. Luego que le vió muerto, prorumpiendo en expresiones que yo no pude entender á causa del ruido y gritería, tomó el mismo dardo que habia causado la muerte al Centauro, y echándose sobre él, se le clavó, y murió abrazada á su marido.
„Me parece que estoy viendo á Feocomes, el cual llevaba sobre sus hombros seis pieles de leon, cosidas las unas á las otras. Este Centauro ocultaba con ellas lo que tenia de hombre y de caballo; y habiendo arrojado un enorme tronco que pudieran arrastrar con dificultad dos yuntas de bueyes, le abrió de arriba abajo la cabeza al hijo de Fonoleno, y le salen los sesos magullados por ojos, narices, oidos y boca, asi como suele salir la leche coagulada al pasarla por un tamiz de mimbres, ó como otro cualquier licor por la criba de pequeños agujeros. Mas yo, mientras el bárbaro se entretenia en despojarle de las armas, tu padre, ó Aquiles, testigo fidedigno de lo que digo, sabe que le atravesé el vientre con mi espada. Al mismo tiempo cayeron al rigor de su filo Chtonio y Teleboas. El primero llevaba una horquilla de dos puntas, y el segundo un dardo con que me hirió: aqui están las señales, porque las cicatrices se conservan en mí todavía. Entonces debia haber ido á la toma de Troya, y á lo menos, si no podia vencer, hubiera retardado los progresos que Hector hacia con sus armas. Pero en aquel tiempo ó no habia nacido este, ó era muy jóven, y ahora mi cansada edad está sin fuerzas. ¿Para qué te he de referir que Perifantes venció á Pireto, Centauro de dos formas, y que Ampico en la parte posterior del celebro clavó una punta, ó lanza sin hierro, de cerezo silvestre al otro Centauro Oeclo cuando iba huyendo, y metiendo ruido con todos sus cuatro pies: que Macareo mató al Lapita Erigdupo, clavándole de parte á parte una barra de hierro en el pecho, y que Neso atravesó de un saetazo la ingle de Cimelo? No creas que Mopso, hijo de Ampico, se ocupó solo en pronosticar lo futuro.[29] Dió muerte tambien al Centauro Odites, lanzándole una flecha, con la que pegándole la lengua á la barba, y esta á la garganta, no pudo proferir ni una palabra. Ceneo por su parte habia quitado la vida á cinco de ellos, á Estifelo, Bromo, Antimaco, Helimo y Piracmon, que llevaba por arma una segur. Aunque no me queda en la memoria de qué manera murieron, no obstante me acuerdo de sus nombres y número.
„Latreo, corpulento y fornido de miembros, armado de los despojos de Haleso, á quien habia vencido, vuela para oponerse á los progresos de Ceneo, cuya edad era entre jóven y viejo, su fuerza juvenil, pero su cabeza estaba poblada de canas: este, arrogante con su morrion, espada y pica macedonia,[30] poniéndose al frente de uno y otro escuadron, empezó á blandear la pica y á correr en círculo, y llenando el aire de descompasadas voces y amenazas, dijo á Ceneo estas palabras: „¿Piensas acaso, Cenis, porque tú siempre serás para mí Cenis, es decir, una muger y no hombre, que he de sufrir tu atrevimiento? ¿Has olvidado por ventura tu débil sexo para atreverte á venir á las manos conmigo? ¿No te acuerdas por qué medio adquiriste la forma engañosa de varon y en premio de qué hazaña? Reflexiona que naciste muger, y lo que ha pasado por tí; vete á tomar la rueca y la almohadilla de coser; emplea tus dedos en hilar estambre, y deja los combates para los hombres barbados.” Á estas fanfarronadas Ceneo le tiró un dardo, y se lo clavó en el costado por la parte en que se juntaba lo que tenia de hombre y de caballo. El Centauro, enfurecido con la herida, dió un golpe con su pica al jóven Ceneo en el rostro que llevaba descubierto. Esta rebotó como los granizos cuando caen sobre un tejado, ó como cuando se tiran piedrecillas sobre un tambor: entonces el Centauro arremete y le embiste mas de cerca, empeñándose en esconderle su espada en el duro costado; pero este negó la entrada al acero. „No te me escaparás, le dijo, pues si se ha embotado la punta, y con ella no puedo herirte, te degollaré con el filo de en medio;” y tirándole reveses de lado, le tenia asido con su largo brazo. Los golpes sonaban como si diesen en un mármol; y la hoja saltó hecha pedazos cuando dió en su cuello. Luego que le mostró Ceneo el poco fruto de sus armas en herir sus miembros, le dice al atónito Centauro: „Ea pues, veamos ahora si mis armas tienen mejor temple que las tuyas para herirte,” y le clavó hasta la empuñadura la mortífera espada por la espalda, y moviendo y revolviendo las entrañas con la mano introducida en la herida, hízosela mucho mas crecida. Los demas Centauros al ver esto arremeten rabiosos, y todos disparan contra él sus dardos; pero estos resaltan y se caen sin que ninguno pudiese herirle, ni sacarle una gota de sangre con tantos golpes.
„Este nuevo prodigio los tenia atónitos, y Monico exclama diciendo: „¡Esto es una grande afrenta! Todos nosotros somos vencidos por solo uno que apenas es hombre, sin embargo de que él es quien lo es en realidad, y nosotros con nuestras cobardes hazañas somos mugeres, como él lo fue antes. ¿De qué nos aprovechan los agigantados miembros? ¿De qué las duplicadas fuerzas que la naturaleza reunió en nosotros de caballo y de hombre? Si un enemigo tan poco temible es nuestro vencedor, creo no somos hijos de ninguna Diosa ni del temerario Ixion, que se atrevió á dirigir sus deseos á la suprema Juno, pues nos vemos vencidos de un enemigo que solo es medio hombre. Caigan sobre él peñascos, árboles, troncos y montes enteros revueltos y confusos, y con todo esto arranquémosle el alma. Carguemos sobre él toda la leña de una selva que le impida la respiracion, y el peso hará lo que no pueden hacer las heridas.” Dijo esto, y echando mano de un árbol que acaso habia arrancado el viento impetuoso, lo vibró contra Ceneo. Sus compañeros siguieron su egemplo, y en breve el monte Otris quedó despoblado de árboles, y Pelion sin sombras. Agoviado Ceneo con la grande mole, hizo algunos esfuerzos por levantarse, forcejeando con sus duros hombros contra los troncos que le oprimian; pero creciendo el monton enorme de la leña, y tapándole el rostro y cabeza, ya no podia respirar. Unas veces se desanimaba, otras se esforzaba por sacar la cabeza al aire, y á sacudir de sí la fagina que sobre él habian arrojado. Algunas veces con sus esfuerzos la movia, y hacia temblar aquella inmensa mole, á la manera que el monte Ida tiembla con los terremotos. No se sabia si era muerto ó vivo, y unos opinaban que sofocado con el monton de leña habia bajado al abismo; pero Mopso nos quitó la duda, diciéndonos haber visto salir volando por el aire transparente de entre aquellos acinados árboles una ave con plumas rojas, la cual fue la primera y última que he visto de su especie. El adivino Mopso luego que la vió discurrir por los reales con sosegado vuelo, y que cantaba al rededor en alta voz, siguiéndola con los ojos y juntamente con el corazon, dijo: „Salve, Ceneo, honor y gloria de los Lapitas, en otro tiempo el sin igual varon, y ahora la sola ave de tu especie.” Nadie tuvo dificultad en creerlo por la autoridad de quien lo decia. El dolor que nos causó la pérdida de este Lapita aumentó nuestra ira, y no pudimos sufrir que uno hubiese sido oprimido por tantos enemigos; y no dejamos de las manos las armas que nos hacia manejar con furia el dolor, hasta que habiendo muerto á los mas de ellos, los restantes huyeron, y los dispersó la noche.”
Tlepolemo, habiendo oido la relacion del combate de los Centauros y Lapitas que habia contado Nestor, no sufrió con ánimo tranquilo el que no hubiese hecho mencion de Hércules, y se le hubiese pasado en silencio, y dijo á Nestor: „Me maravillo mucho de que no te hayas acordado de las hazañas de mi padre, el que en su edad avanzada me solia contar muchas veces el combate que tuvo con los Centauros, cómo los venció y sujetó.” Entonces Nestor, llenándose de tristeza, le respondió: „¿Por qué me traes á la memoria tales desgracias, y me obligas á renovar el llanto ya enjuto con los años, y á que tenga que confesar el odio que tuve á tu padre por las ofensas que me hizo? Él egecutó ciertamente hazañas increibles, llenó al mundo de beneficios, que quisiera poder ocultar; pero ni tampoco he alabado á Deifobo, á Polidamante ni al mismo Hector, porque ¿quién se ha de empeñar en alabar á su enemigo? Hércules tu padre arruinó los muros de Mesena en otro tiempo, y destruyó las inocentes ciudades de Elis y Piles sin motivo, y trajo la guerra á sangre y fuego hasta mi mismo reino; y aunque omita decirte otros muchos que mató, no podré dejar al silencio que de doce hermanos que éramos, hijos de Neleo, todos jóvenes, no quedó ninguno sino es yo, porque á todos quitó la vida: que los demas hubiesen sido vencidos por sus superiores fuerzas al cabo es tolerable; pero parece increible la victoria que consiguió y la muerte que dió á Periclimenes, uno de ellos, á quien Neptuno nuestro abuelo habia concedido el tomar y dejar las formas y figuras que se le antojase. Este, despues de haber variado y transformádose vanamente en todas las formas y figuras, se convierte en el ave[31] que en sus corvas uñas lleva los rayos de Júpiter, que tanto la estima; y valiéndose de las ventajas que le da esta figura, maltrata á su enemigo con las uñas y encorvado pico, hiriéndole la cara. Hércules, mientras Periclimenes estaba en alto con las alas tendidas, le dispara una saeta muy segura, y le hiere con ella entre el ala y el costado; y aunque la herida no era grave, le cortó los nervios, y no pudiendo mover el ala ni volar, cayó en tierra, y oprimida con el peso de su cuerpo, la saeta que traia presa en el ala le traspasó todo, saliendo la punta por la parte contraria inmediata á la garganta. ¿Te parece pues, Tlepolemo, gefe de los rodios, que yo debo celebrar las hazañas de tu padre Hércules? La venganza que tomaré por la muerte de mis hermanos será omitir sus hechos heroicos; y esto no obstante seremos los dos amigos.”
Luego que Nestor acabó de hablar con tanta gracia y elocuencia, repitieron los brindis, se levantaron de sus asientos, y lo que restaba de la noche lo dieron al sueño. Pero el Dios que con su tridente pone en calma los mares alterados y los gobierna, no podia olvidarse como padre, ni dejar de sentir la muerte que Aquiles dió á su hijo Cigno, ni que este se hubiese transformado en ave, y esta memoria y el aborrecimiento del cruel Aquiles, que excedia los límites de lo regular, encendia cada dia mas su ira. En fin, despues de casi diez años que iban pasados en la guerra de Troya, habló á Apolo, diciéndole de este modo: „Ó el mas amado de los hijos de mi hermano, tú que me ayudaste á edificar los muros troyanos, ¿cómo es que no te lamentas cuando los ves que estan ya á punto de caer? ¿Cómo es que no te causa dolor la muerte de tantos millares de soldados que los defienden? ¿Por qué no se te aparta de la memoria (por no nombrar á todos) la imagen de Hector arrastrado al rededor de las murallas, y no tienes en consideracion que el feroz Aquiles, mas cruel que la misma guerra, destructor de lo que nosotros edificamos, esté todavía vivo? Venga él mismo á las manos conmigo, y verá lo que puede mi tridente; pero supuesto que no nos es dado pelear cara á cara contra el enemigo, muera con tu saeta cuando menos lo piense.” Convino Apolo en ello, y dejándose llevar de su propia ira y de la de su tio, encubierto en una nube se pone en medio del campo troyano, en el que vió que Páris disparaba sus saetas contra los griegos, causando la muerte á muchos de la clase comun: llegóse á él, y manifestándose un Dios, le dice: „¿Para qué malogras tus saetas tiñéndolas en sangre plebeya? Si tomas interes por los tuyos, dispáralas contra Aquiles, y venga en él la muerte que ha dado á tus hermanos.”
Dijo esto; y mostrándole á Aquiles, que derribaba en tierra con su espada á muchos troyanos, enderezó contra él el arco de Páris, y con su propia mano le ayudó á dirigir la mortal saeta. Si el viejo Príamo despues de la muerte de su hijo Hector pudiese tener algun gozo, solo seria el ver que tú, ó Aquiles, fueses vencido y muerto por el cobarde robador de Elena. Pero si habias de morir por una mano afeminada, quisieras mas y te fuera mas decoroso haber sido muerto á los golpes de la hacha de Pentesilea, Reina de las Amazonas. Ya este guerrero, terror de los troyanos, honor y defensa de los griegos, caudillo insuperable en la guerra, habia sido quemado en la pira, y le habia consumido el mismo Dios que lo habia armado:[32] ya era ceniza, y del grande Aquiles solo quedaba un no sé qué, que no era bastante para llenar una pequeña urna; pero aun vive su gloria, que llena todo el orbe, el cual solo es la correspondiente medida de sus hazañas, y esta es igual al mérito de Aquiles, que nunca morirá ni sentirá las regiones tartáreas. Para que mejor se conozca su valor basta saber que por su escudo se suscitó una contienda entre los griegos, y por obtener sus armas se toman las armas. Diomedes no se atreve á pretenderlas, ni Ayax, hijo de Oileo, ni Menelao, hijo menor de Atreo, ni tampoco Agamenon ni los demas capitanes. Ayax, hijo de Telamon, y Ulises fueron los que disputaron esta gloria. Agamenon, por no exponerse al resentimiento de aquel de los dos pretendientes que quedase vencido en el certamen, mandó sentar en medio de los reales á los capitanes griegos, y deja en manos de ellos la decisión de esta contienda.
LIBRO DECIMOTERCIO.
ARGUMENTO.