En Buenos Aires, la proteccion parece útil y aun indispensable para todos los objetos que tienen necesidad de mano de obra ó que pueden fabricarse en el pais.

Somos proteccionistas en tanto que ella favorezca la emigracion tan necesaria é indispensable en este pais; abolicionista en todo lo que tiene relacion con los productos estrangeros de que tiene necesidad el Estado y que no pueden ni manufacturarse ni recibir su última mano en Buenos Aires.

La Europa tiene brazos de mas, aqui nos faltan.

La emigracion obrera, siendo protejida atraerá hácia nosotros numerosos artesanos, que poco á poco y en el correr del tiempo, formarán en el seno del pais hombres capaces de seguir la misma industria, que por este medio se tornará nacional. Si esta emigracion tiene contra ella la terrible concurrencia de la confeccion Europea, ella perderá el aliciente, y cesará por consiguiente toda ulterior emigracion de esta especie.

¿Porqué es útil y aun indispensable la proteccion entre nosotros? Será acaso porqué nos faltan productos que esplotar? ¿Será porque no tenemos industrias que puedan ser productivas por si mismas, sin recurrir á medios artificiales? No de cierto.

Pero se quiere que seamos una nacion enciclopédica en punto á producciones, que nos bastemos á nosotros mismos y que produzcamos todo, de cuanto tengamos necesidad. ¿Seríanos esto conveniente? Es lo que vamos á tratar de demostrar. Buenos Aires puede producir casi toda clase de manufacturas Europeas, esceptuándose aquellas, cuyas materias primarias no posee, por consiguiente, siguiendo el sistema de los proteccionistas, deberiamos principiar por abolir la entrada, ò recargarla con pesados impuestos, á toda clase de manufacturas que mas ó menos imperfectamente puedan trabajarse entre nosotros.

Pero, preguntamos ¿que ventajas íbamos á reportar de un tal sistema? El mas inmediato seria hacer converger todos los brazos hácia las producciones prohibidas, y esto, por consecuencia natural, traería la distraccion de aquellos mismos brazos de las producciones naturales y espontáneas que no se hubiese creido oportuno proteger, y aun en el caso de que todas lo hubiesen sido, la falta de estímulo y competencia las haria languidecer y permanecer en un estado de somnolencia y atraso que equivaldria á la muerte.

Pero, supongamos que tal cosa no sucediese, ¿qué otro objeto puede tener la proteccion que el de habilitar á una nacion á producir frutos en cantidad suficiente para esportarse? Luego, pues, si está demostrado que sin necesidad de proteccion el monto de nuestras producciones de esportacion son mas valiosas que las que recibimos del estrangero, porque hemos de acudir al gastado sistema de prohibiciones para fomentar industrias cuyos ulteriores resultados no podemos conocer, cuando es sabido que esa proteccion no puede tornarse sino en detrimento de las industrias que han florecido á la sombra de la libertad, y que florecerán mucho mas, conforme el adelanto progresivo del pais les vaya proporcionando los medios de producir con mayor facilidad?

¿De qué nos serviria, por ejemplo, á nosotros, el empeñarnos en protejer los establecimientos de modas ó zapatos, fábricas de paños ú otras telas. Pretenderiamos acaso á la sombra de nuestra proteccion ponernos al nivel de la Inglaterra y la Francia, y hacerles concurrencia con nuestras esportaciones de estos productos? De cierto que á nadie habrá ocurrido semejante desatino, y si él no es realizable por este ni ningun otro sistema, nuestra propia conveniencia nos aconseja comprar al estranjero esos artículos á fin de emplear los brazos que habian de producirlos, en otras industrias con las que podemos luchar brillantemente con esas naciones y las que podemos venderles fácilmente á precios que nos habilitan suficientemente para pagar los artículos que, por no hacerlos en el pais, les compramos á ellas.

Pero se nos dice, que si esa proteccion no se establece, las clases obreras, no pudiendo sostener la confeccion estrangera, no vendrán á nosotros.