—No, señora —contestó la diestra cortesana—, lejos de eso creo absolutamente infundados los temores del conde.

—¡Doña Leonor! —exclamó este algo mohíno de ver que la camarera se oponía tan espontáneamente a su juicioso proyecto—: Doña Leonor, ¿habéis meditado bien?...

—Dejadla hablar —replicó la reina—; continúa, Leonor, veamos si tú podrás convencer a este buen caballero...

—No me parece —dijo Leonor— ni aun necesario rebatir los temores que el excesivo celo del conde de Candespina le ha hecho concebir; perdóneme su señoría si me atrevo a decirle que va enteramente descaminado en lo que dice. No hay, o yo me engaño mucho, un solo noble en Castilla que no esté dispuesto a sacrificarse en obsequio de las gracias de doña Urraca...

—De mis gracias no, porque no las tengo; pero de mis derechos sí.

—La modestia de Vuestra Alteza —continuó la dama— le hace hablar así; de todos modos Vuestra Alteza no necesita para su seguridad de las tropas del señor de Nájara, y sin embargo yo no vacilaría en enviarlas a buscar.

No es fácil describir el asombro de la reina y del conde oyendo concluir de un modo tan singular el discurso de doña Leonor; aquella la miró con enojo, y con admiración este; mas ella, que todo lo había previsto, sin darles tiempo para volver en sí, continuó de esta manera:

—Dígnese Vuestra Alteza escucharme un instante más y me comprenderá. Repito que los soldados del señor de Nájara no me parecen necesarios para seguridad; mas ¿dígame Vuestra Alteza si será decoroso para su alta dignidad entrar en Burgos en una misma litera, con su única criada, sin más servidumbre, sin más guarda que la de ocho o nueve soldados, valientes sin duda, pero con las armas aún teñidas en sangre y cubiertas de polvo?

—En verdad, Leonor, que tienes razón, y mandaré al señor de Nájara que venga a servirnos de guarda hasta nuestra capital de Castilla. Conde, escribid la carta, que yo la firmaré; pero cuidad bien de que en ella se exprese que el motivo de nuestro mandato es el que ha dicho Leonor, y no en manera alguna que tengamos el menor recelo de la fidelidad de nuestros vasallos.

Absorto y pensativo salió el conde a ejecutar lo que se le mandaba, pudiendo apenas figurarse ser verdad el ingenioso artificio con que doña Leonor había logrado de la reina, lisonjeando su vanidad, lo que él con razones más poderosas jamás hubiera conseguido. A estar menos preocupado en favor de la reina, nada hubiera visto de extraño en ello; pero un amante ve pocas veces claro cuando se trata de su dama.