—Vuestra Alteza —replicó don Gómez— no ha comprendido, sin duda por falta de explicación mía, lo que he querido decir: se trata, no de que Vuestra Alteza mendigue el socorro de nadie, sino de que se digne participar su llegada a estos reinos al señor de Nájara: esta honra bastará para empeñar más particularmente a este caballero en defensa de Vuestra Alteza.
—¿Y por ventura, conde, he yo menester tanto de su ayuda? ¿No me quedan más vasallos tan nobles, tan poderosos, tan esforzados como él en Castilla?
—Nobles hay en ella, y muchos y muy poderosos; pero, señora, siento decirlo, acaso no todos...
—Os entiendo: teméis que sean más parciales del rey de Aragón que de su natural señora. Mientras me han creído legítimamente unida a él, mientras que he estado ausente, tal vez don Alfonso habrá podido contar con ellos; pero en presentándome, creedlo, conde, no habrá uno que no siga mis banderas.
—Así debiera ser, y así lo deseo, mas no puedo persuadírmelo. Por lo menos, crea Vuestra Alteza que no sería prudente presentarse en Burgos sin más escolta que la corta con que hoy camina.
—Sois extraño, conde; no os parece bastante para caminar por mis estados la misma fuerza con que emprendisteis sacarme del poder de mis enemigos.
Doña Leonor, presente a esta conversación, conocía la razón del conde; mas veía al mismo tiempo que era inútil luchar contra la vanidad de su señora, y que a menos de presentarla el negocio bajo un aspecto enteramente distinto, jamás consentiría en lo que sus propios intereses exigían.
Se le ocurrió de pronto un feliz expediente, y arriesgándose a sufrir una áspera reprimenda se atrevió a mezclarse en la conversación diciendo a la reina:
—Si Vuestra Alteza me permitiera...
—¿También tú, Leonor, tienes desconfianza de la fidelidad de mis vasallos?