—Os entiendo, proseguid.
—Para evitar, pues, un lance que malogre el fruto de nuestra empresa, es preciso que vos marchéis con toda diligencia a Nájara; que os presentéis a López y le digáis en qué situación nos hallamos.
—Eso bastará; conozco al señor de Nájara; ¿pero ahora mismo?
—No, Hernando, aún estamos en Aragón, y no sois hombre vos a quien yo separe de mi lado en ocasiones de peligro; a más, una carta de Su Alteza para don Diego sería muy del caso. Lo dicho: esta noche os separaréis de mí.
—Hágase como dispongáis.
Durante esta conversación iban juntas en la litera doña Urraca y su dama doña Leonor, más gozosas de verse fuera del Castellar, que apesadumbradas con lo largo de las jornadas y el melancólico aspecto del terreno por el que caminaban.
Doña Leonor poseía toda la astucia y flexibilidad de carácter naturales en una mujer educada en la corte, y además había llegado a conocer a su señora bastante bien, para no sufrir muy a menudo las tempestades que la versatilidad de esta producía con frecuencia. Reinaba pues la más completa armonía entre ambas; y doña Urraca se complacía en manifestar a su camarera los proyectos que para lo futuro iba haciendo. Encerrada en la prisión de Castellar, la reina de Castilla hacía sanas y acertadas reflexiones sobre su posición relativamente a los grandes de su reino, y conocía cuán poco podía esperar de ellos; pero la manera casi milagrosa con que obtuvo su libertad, el entusiasmo del conde y la fidelidad de su reducido escuadrón, desvanecieron enteramente sus temores. Olvidando que su altanería le había acarreado casi desde la infancia la enemistad de los nobles y prelados; olvidando que por no verse sujetos a ella sola habían querido casarla hasta con uno de sus iguales y tener a este por rey; doña Urraca, seducida por su amor propio, creyó encontrar todos los corazones dispuestos a recibirla, todos los brazos prontos a combatir en su defensa. Los derechos heredados de su padre, el glorioso nombre de este, y sobre todo sus gracias personales eran otros tantos motivos de confianza y seguridad para la incauta reina, y no veía, ni sus defectos, ni el poder de su marido, ni la fuerza de sus parciales.
Todas estas causas debilitaban de hora en hora la admiración y la gratitud que la heroica resolución de don Gómez la habían inspirado en el primer momento: desaparecieron sucesivamente de su imaginación el héroe y el libertador, no quedando el conde de Candespina por último en ella más que como un vasallo fiel, enamorado, valiente y acreedor a sus bondades. Por no ser prolijos omitiremos los diálogos de entrambas viajeras, y las conversaciones que mediaron con el conde, quien solía acercarse a menudo a la litera para informarse de si Su Alteza iba con la comodidad posible, de si deseaba alguna cosa, pedirla su venia para hacer alto, etc., etc. De este modo llegaron al último pueblo de Aragón, y así por esto como por su pequeñez y poca importancia, le pareció a don Gómez que podría alojarse en él la reina, esperando encontrar algunas comodidades. Se escogió la casa del pueblo que menos mala pareció, y sin usar de otra ceremonia don Gómez mandó a su dueño que recibiese en ella a la reina, aunque sin decirle que tal era su alta dignidad. Acostumbrados entonces los plebeyos a someterse de grado o por fuerza a la voluntad de los nobles, que les comunicaban sus órdenes con la punta de la lanza, no extrañaban ninguna de las exacciones de estos, y por lo mismo el villano aragonés no manifestó la menor repugnancia en conceder la hospitalidad que con tanta cortesía se le pidió. Introdujo pues a sus huéspedes en una que él llamó sala, en la cual no se veían más muebles que una tosca mesa de pino, algunos escaños o bancos de la misma madera, y un espacioso sillón con asiento de cuero, que daba indicios de ser el más antiguo y respetable de todos los enseres allí existentes. La misma sala tenía una alcoba con su cama correspondiente al resto del ajuar, la cual se destinó para doña Urraca.
Al entrar esta en aquella miserable choza, echó una mirada en derredor de sí, y expresó con un profundo suspiro cuánto echaba de menos el fasto de la corte: el conde lo comprendió, mas no pudiendo remediar nada, juzgó que lo más prudente era guardar silencio sobre aquel punto. Ocupado enteramente del proyecto relativo al mensaje de Hernando, apenas se sentó la reina dobló ante ella la rodilla, pidió permiso para hacerla una súplica, y obtenido que lo hubo, manifestó en breves pero evidentes razones, cuán necesario era solicitar el auxilio del señor de Nájara.
—Nunca hubiera creído —contestó la reina después de haber escuchado con algunas muestras de impaciencia el discurso del conde—, nunca hubiera creído que la reina de Castilla tuviese que mendigar el auxilio de sus vasallos.