—Y lo hará. Mejor vasallo no lo tiene Castilla.
—Así lo creo. Alfonso le quitó por esa misma razón las fortalezas que tenía a su cargo; mas no se atrevió a despojarle de sus estados.
—Ni pudiera aunque lo intentara. El conde tiene buenos puños y muchos servidores que hubieran dado que hacer a los señores aragoneses.
—Enhorabuena, Hernando. Yo sé que don Diego López, temeroso siempre de la mala voluntad de Alfonso, no se aparta nunca de Nájara.
—Decid más: nunca le faltan doscientos caballos y algunos peones de que disponer.
—Tanto mejor. Hernando, ya lo veis; veinte lenguas hemos andado en estos dos días, y la reina, a pesar de ir en litera, empieza a resentirse de tan acelerada manera de caminar. Habremos pues de acortar las jornadas en lo sucesivo. Su Alteza desea darse a conocer en llegando a sus estados...
—Es una temeridad.
—Tal vez, y yo así se lo he hecho presente. Pero su voluntad...
—No debe seguirse cuando es descabellada.
—Sea como quiera, Hernando, su voluntad es nuestra ley. Vasallo celoso, pero sumiso, aconsejaré a Su Alteza cuando lo crea necesario para bien suyo; mas siempre obedeceré sin replicar sus órdenes. Mas volvamos a nuestro asunto: caminando poco doña Urraca, y dándose a conocer desde luego, es muy de temer que alguno de los muchos alcaides aragoneses que tiene esta frontera...