—De su tirano, como ella dice.

—Sí, su tirano; pero también es su marido. Hernando, el negocio no está tan llano como a vos os parece.

—¿Y qué hemos de hacer, conde?

—Reparar en lo posible el tiempo perdido. Y si la fatiga, Hernando...

—La fatiga no me asusta. Mandad y seréis obedecido.

—¡Excelente, Hernando! ¡Cuánto os debo!

—Nada. Decid presto qué es lo que he de hacer.

—Vos conocéis a Diego López, señor de Nájara.

—Sin duda que le conozco, y es de mis amigos; buen soldado...

—Y tan mal cortesano como vos. Mas esto no es ahora del caso; lo que importa es que sirva a la reina.