—¿Qué tenéis, cuerpo de Cristo? Nunca os he visto tan pensativo.
—¿Os parece, por ventura, que me faltan motivos para estarlo? —contestó el conde.
—Al menos no los alcanzo. Ya poco tenemos que temer de los aragoneses.
—Los castellanos son los que yo temo.
—¿Los castellanos? ¿Y por qué?
—¿Sabéis, Hernando, con cuántos nobles podremos contar? ¿Creéis que habrá muchos que quieran incurrir en el terrible enojo de Alfonso de Aragón?
—¡En el terrible enojo del de Aragón! Terrible para los cobardes.
—Y para los prudentes, Hernando. La pasión no debe cegarnos. El poder de Alfonso es formidable, y si toda la nobleza, si todo el clero de Castilla no nos presta su apoyo, apenas podremos resistir algunos instantes a la tempestad que va a caer sobre nosotros.
—No sé por qué no se unirán a nosotros prelados y grandes. La reina...
—Esta con nosotros, es cierto, pero viene fugitiva.