—Ahora idos buen conde, idos y apresurad nuestra marcha que en vos pongo mi esperanza.
—Ponedla en Dios, señora; Él solo ha vencido a los aragoneses; Él ha vuelto por vuestra causa.
Y diciendo así, saludó respetuosamente a su soberana y salió del aposento lleno de júbilo.
CAPÍTULO IV
En tanto que el conde conferenciaba con la reina, Hernando, que se ocupaba en registrar la fortaleza, halló la litera en que doña Urraca había venido a ella, y mandó disponerla para que hiciese su viaje a Castilla con más comodidad que a caballo, que era lo que se tenía pensado, y también se aprovechó de los caballos de la guarnición para montar a los ocho hombres que salieron con bien del combate, pues los suyos estaban harto cansados con la penosa marcha que acababan de hacer para emprender con ellos inmediatamente otra no menos rápida.
Tomadas estas disposiciones, hizo el conde prestar juramento sobre los santos Evangelios a los aragoneses, de que en ocho días contados desde aquel en que lo prestaban, no saldrían de su castillo, ni darían aviso a nadie de lo sucedido por medio alguno directo ni indirecto; precaución que le pareció necesaria y bastante para asegurar su retirada, pues en aquellos tiempos de ignorancia, dicho sea en mengua de nuestro siglo, cuando un hombre, y sobre todo un soldado, hacía un juramento, antes hubiera perdido mil vidas que faltado a él.
En efecto, los aragoneses cumplieron exactamente lo prometido, y la marcha de la reina a sus estados no sufrió el menor obstáculo.
Cuando don Gómez se decidió a marchar de Candespina, solo escuchó la voz de su pasión, y atendiendo demasiado a ella, olvidó lo que la prudencia, la política y la razón exigían, que era asegurarse en Castilla de un partido bastante respetable para defender a la reina del poder de su esposo, de quien sin duda no debía esperarse mirase con indiferencia aquella fuga; pero luego que conseguido su objeto empezó a restablecerse la tranquilidad en su agitado espíritu, todas las dificultades se presentaron de golpe.
El segundo día de su viaje, caminando el conde y Hernando un poco detrás de la litera de la reina, iba aquel tan pensativo que, a pesar de la poca penetración de que su amigo se hallaba dotado, no pudo menos de observarlo, y admirado de verlo así cuando solo estaban a media legua de la frontera de Aragón, le dijo: