—No esperaba yo menos de vuestra nobleza. Mas ocasiones habrá de manifestaros mi agradecimiento, y si Dios fuere servido, como lo espero, de llevarme con bien a mis reinos, no se tardará el día en que lo veáis.

—Señora, si alguna cosa he hecho que merezca recompensa, suficiente la tendré en besar los pies a Vuestra Alteza.

—Tomad la mano, conde: y ojalá no la hubiese yo nunca dado...

Detúvose aquí, y el conde besó respetuosamente aquella mano, objeto de todos sus deseos.

—¿Podemos partir, conde? —continuó la reina.

—Señora —dijo este—, deme Vuestra Alteza permiso para bajar un instante y podré responderla.

—¿Y en tanto nos hemos de quedar otra vez solas? —replicó doña Urraca; y luego, avergonzada de haberse demostrando tan débil, añadió—: Leonor es una medrosa que se morirá si se ve sin más compañía que yo.

—¡Ah, Señora! ¿Y no vale esa más que la de un ejército? Pero es indispensable que yo baje: si Vuestra Alteza quiere conceder a este soldado la honra de que se quede en guarda suya...

—Consiento: y de hoy más será de mi servidumbre.

—Millán besa los pies de Su Alteza.