Seguidamente, sin más compañía que la de Millán, y dejando a cargo de Hernando tomar las disposiciones necesarias para su seguridad y pronta marcha, fue don Gómez a la torre, prisión de la reina. Acostumbrado desde su más tierna infancia a los horrores de la guerra, no había el conde sentido la menor inquietud durante el combate; pero presentarse a la que un tiempo miró como destinada a ser su esposa, y en aquella ocasión tenía que acatar por señora y respetar como a mujer de otro, era para él un paso tan delicado como temible. Su corazón latía con violencia, mientras Millán probó sucesivamente las llaves en la cerradura de la puerta exterior de la torre hasta encontrar con la propia; entró temblando, y es indecible su turbación cuando al llegar al primer piso mandó a su criado que abriese.
Si fue grande la inquietud de la reina mientras resonaron en sus oídos los furiosos gritos de los combatientes, mayores fueron sus angustias cuando el incendio de la sala de armas hizo que a aquel estrépito sucediese un silencio horroroso. «¿Cuál será el vencedor?», he aquí la cuestión importante que ocupaba a las dos prisioneras, sin que ni una ni otra se atreviesen a proferir una sola palabra. En esta amarga situación pasaron la reina y su dama más de una hora, hasta que oyeron sonar primero los cerrojos de la puerta exterior, subir después la escalera precipitadamente, y ensayar por último varias llaves en la cerradura de la puerta de su propia estancia. Si doña Urraca y Leonor hubieran estado entonces libres del pánico terror, que ni discurrir las dejaba, desde luego la circunstancia de no abrir inmediatatamente les hubiera hecho ver que la visita que iban a recibir no era la del alcaide o cualquiera de sus subalternos, pues estos no podían menos de conocer las llaves de todas las estancias; pero el temor no les permitió hacer tan sencilla reflexión. Sobrecogidas, pues, y olvidando la diferencia de clases, se metieron abrazadas en el rincón más apartado de su aposento.
Ya en esto había Millán abierto la puerta y entrado el conde alzada la visera del casco, con ademán sumiso y rostro más sonrojado de lo que hubiera podido esperarse de su edad y profesión.
—¿Perdonará Su Alteza? —dijo hincando una rodilla en el suelo.
—¿Sois vos, conde? —exclamaron a un tiempo reina y camarera.
—Sí, señora —contestó el conde—, yo soy, que me he atrevido a entrar en la estancia de Vuestra Alteza sin su permiso...
—¿Y qué? ¿Estoy libre?
—Vuestra Alteza puede partir cuando guste.
—Ahora mismo; pero alzad, conde: la reina de Castilla no olvidará nunca lo que os debe.
—A mí, señora, nada me debe: soy su vasallo, y he cumplido con mi obligación sirviéndola.