Y el impaciente Hernando se puso a trabajar como un simple soldado.

Entretanto el conde, que nada olvidaba, bajó al cuerpo de guardia, en el cual había dejado a cargo de Millán y otro soldado los prisioneros que se habían hecho en el primer combate, que eran en bastante número.

Imaginando el alcaide que sus enemigos, siguiendo la rutina de aquel tiempo, emplearían inmediatamente el hacha o las palancas para derribar la puerta, mandó correr sus gruesos cerrojos y arrimar a ella una pesada y tosca mesa de madera de nogal que había en medio de la sala. En seguida hizo armar lo más completamente que le fue posible a sus medio desnudos soldados, y poniéndolos en buen orden esperó sosegadamente el éxito de aquel trance.

Había bajado el conde a examinar a los prisioneros no por simple curiosidad, sino con el objeto de obtener de ellos varias noticias que podían serle útiles; y en particular por saber en qué paraje se hallaba la reina. Algunos de aquellos desgraciados conservaban bastante serenidad para negar a su enemigo todo género de explicaciones; pero la mayor parte se manifestaron prontos a complacerle. Supo pues el conde cuál era la torre que encerraba a la reina, y que las fuerzas de que el alcaide podía disponer en la sala de armas no pasaban de veinte hombres, deducidas las pérdidas que hasta entonces había tenido. Bien hubiera querido don Gómez ir en derechura a echarse a los pies de la reina y ponerla en libertad; pero le pareció que no podía dejar el combate, y que presentarse como vencedor le sería más honroso.

Cuando volvió a subir ya ardía la puerta de la sala de armas, y consternados los aragoneses, que en el calor del combate no habían podido calcular exactamente el número de sus contrarios, dándose por perdidos pidieron a su alcaide que entrase en capitulaciones. Este se negó abiertamente a semejante proposición, y recordando a los soldados sus juramentos y las leyes del honor, les mandó que se dispusiesen a pelear hasta el último trance, logrando en efecto reanimarlos algún tanto. Estaba sin embargo resuelto por la divina providencia que, a pesar de sus buenos deseos, había de morir sin dar una sola cuchillada a los agresores.

El conde tenía razón en no temer que la torre se incendiase porque era de fábrica; mas no había calculado que estando cubierto de tablas el piso de la sala, precisamente se habían de sofocar cuantos estuvieran dentro de ella. Y en efecto, aún no había acabado el infeliz Íñigo su exhortación, cuando incendiándose las tablas del piso con extraordinaria celeridad, a causa de estar muy secas, se llenó enteramente de humo el aposento. Los desgraciados aragoneses viéndose arder empezaron a clamar:

—¡Piedad! ¡Piedad!

Los castellanos mismos tuvieron que apartarse, y Hernando gritó, de orden de su amigo, que sería salvo todo el que saliese de la sala. Algunos de los que estaban inmediatos a la puerta lograron escapar; pero la mayor parte, atolondrados con el mismo temor, perecieron allí miserablemente, y entre ellos el alcaide, sea porque no pudo, sea porque no quiso, ni aun en aquel caso extremo, entregarse a sus enemigos.

Cuando el éxito de un combate es tan cruel para los vencidos, no pueden los vencedores mismos, a menos que sean monstruos más dignos del nombre de fieras que de el de soldados, regocijarse de su victoria. Y así es que no podremos decir quiénes quedaron más aterrados y confusos: si los pocos aragoneses que sobrevivieron a este desastre, o don Gómez y los suyos.

El incendio absorbió la atención general: cesaron los gritos; se trajo agua de un pozo que indicaron los prisioneros, a quienes se hizo acarrearla con las correspondientes precauciones; y por fin, consumidas la mayor parte de las tablas y apagadas las demás, como también los pocos muebles que había en la sala, se logró terminar aquella horrorosa escena. No llegó a una hora lo que duró el incendio, mas fue lo bastante para que ni uno de los desdichados a quienes alcanzó quedase con vida. El cadáver de Íñigo Latorre se encontró entero, porque la armadura le había preservado de la acción de las llamas, y a pesar de que su rostro estaba enteramente negro, aún se descubrían en sus facciones señales del entusiasmo guerrero que le animaba pocos momentos antes de su muerte. El conde le miró compasivamente, y mandó que se recogiera y llevase a su propio aposento, al cual pasó en persona con la esperanza, que se verificó en efecto, de encontrar en él las llaves de todo el castillo.