En general, por más osada que una mujer sea en sus proyectos, por más que tenga costumbre de presenciar grandes acontecimientos y de figurar en ellos, llegado el caso de un combate, sus fuerzas la abandonan. Su horrorosa carnicería repugna a este sexo débil, destinado a domar con su dulzura las feroces pasiones del hombre; ha habido algunas excepciones, es cierto, a esta regla general; pero confesemos imparcialmente que son tan pocas que apenas merecen mencionarse.
No es pues de extrañar que doña Urraca, a pesar de su carácter ambicioso, flaqueara en aquella ocasión, y que costase infinito trabajo a su camarera disimular el espanto de que estaba poseída. Empero, como a nuestra impaciencia no le es dado precipitar los acontecimientos a medida del deseo, le fue preciso a la reina esperar y temer, y a su camarera disimular y dar consuelos, hasta que llegó el momento que estaba señalado para terminar sus inquietudes.
Más de un cuarto de hora había transcurrido desde la entrada de los castellanos en Castellar; y otro tanto tiempo hacía que duraba el combate, cuando lograron estos desalojar a los enemigos del piso bajo, y persiguiéndolos llegaron al principal, donde estaba la sala de armas y el aposento de Íñigo Latorre. Acababa este de armarse y de llegar al salón cuando entraron precipitadamente los suyos, y a dicha tuvieron el tiempo necesario para cerrar detrás de sí la puerta, tan fuerte como todas las que en aquel tiempo se usaban en semejantes edificios.
—¡Voto al santo de mi nombre! —dijo furioso Hernando, que llegó precisamente en el momento en que acababan los aragoneses de cerrar—. Estas malditas escaleras me han detenido, y como esos perros van desnudos, las han subido en un vuelo.
—No perdamos tiempo —le contestó el conde que llegó en seguida—, no perdamos tiempo en inútiles exclamaciones. Lo que importa es derribar la puerta.
—Un hacha de armas —exclamó Hernando—, pronto un hacha.
—Es inútil —le replicó el de Candespina—, nada conseguiréis; o cuando menos se tardará más tiempo del que es menester. Traed una tea encendida, soldados, y prended fuego a la puerta.
—Sí, prendedla fuego, no les estará mal a esos testarudos morir como judíos, porque...
—No permita Dios que yo cometa tal barbarie. No, Hernando, son cristianos como nosotros. Lo que yo quiero es quitar esta barrera de por medio y poder combatirlos como conviene a caballeros, pues en cuanto a la torre, es de fábrica y no puede incendiarse.
—Sea así, pero despachad, venga acá esa tea. Parece que en la vida habéis puesto fuego a una puerta.