—¡Ah, Leonor! ¡Ojalá tu celo no me sea funesto!
—¿Y por qué lo ha de ser? ¿Vuestra Alteza qué culpa tiene de lo que yo he hecho sin su conocimiento?
—Cierto que no tengo ninguna. Pero si el conde sucumbe, ¿qué dirán las gentes de mí? Acaso se atreverán a sospechar...
—Que el conde idolatra a su reina, y no será más que lo cierto.
—Cada vez es mayor el tumulto, Leonor, y sin embargo a nadie veo.
—Sin duda será el combate en la torre que cae sobre el río, que es la que ocupa el alcaide con sus soldados; al menos de hacia allí parece venir el eco. Si el conde supiera en qué paraje se halla Vuestra Alteza, hubiera ya venido a ponerla en libertad.
—Dios haga que no sea vencido, pues de lo contrario su temeraria tentativa no produciría otro efecto que el de empeorar mi situación.
—Vuestra Alteza se complace en verlo todo de la manera más triste que es posible imaginar. Don Gómez es un guerrero que tiene fama de ser tan prudente como esforzado, y no es de presumir que se haya metido en el castillo sin...
—¿Oyes, Leonor? ¡Qué tristes gemidos! ¿Oyes el sonido de las espadas?... ¡Qué horror!... ¿Qué será de nosotras? ¡Dios eterno!... —y cayó desmayada.
Leonor empleó cuantos medios estuvieron a su alcance para hacer volver en sí a su señora, e inspirarla un valor que, si hemos de decir verdad, no tenía ya ella misma.