La guarnición de Castellar, en aquellos tiempos pacíficos, no excedía de cincuenta hombres de armas, que por fortuna para los castellanos estaban todos reunidos en la torre atacada, pues mal les aviniera si estando divididos hubieran podido combatirles por retaguardia al mismo tiempo que de frente. Además, los compañeros del conde venían armados de punta en blanco y dispuestos a la pelea, al paso que los aragoneses, soñolientos y medio desnudos, necesitaban casi un valor heroico para oponer la menor resistencia.
No menos sorprendido que los demás, Íñigo Latorre, azorado, desnuda la espada en la mano derecha, y una lámpara encendida en la izquierda, y semejante más bien a un fantasma que a un guerrero, bajaba lentamente la escalera deteniendo el aliento y aplicando el oído a cada paso, hasta que por fin las palabras Candespina y Castilla, le hicieron conocer que eran castellanos los que habían sorprendido la fortaleza. Marchar a ellos inmediatamente, y mezclarse entre los demás combatientes fue el primer impulso del valiente alcaide; pero reflexionando después en que la falta de armas defensivas le exponía a caer a los primeros golpes, y que por otra parte más necesaria era su cabeza que su brazo, volvió a subir apresuradamente a su aposento, en el que ya habían entrado a buscarle algunos soldados.
En tanto que estos le ayudaban a armarse de pies a cabeza, seguía encarnizadamente el combate en el piso bajo de la torre: los aragoneses defendían el terreno palmo a palmo; pero no permitiéndoles la estrechez de este aprovecharse de la superioridad que en número tenían sobre los castellanos, les hacían estos sentir la ventaja inmensa que les llevaban en armadura y concierto.
La pérdida de los del castillo era ya de más de diez hombres entre muertos y heridos, cuando sus enemigos solo habían perdido uno; pero para estos toda pérdida era de suma importancia en razón de su corto número.
Dejemos por un momento a estos encarnizados guerreros combatir desesperadamente, para hablar de nuestras dos prisioneras, cuya posición era harto desagradable.
—¿Lo oye Vuestra Alteza, señora? Candespina y Castilla dicen —exclamó Leonor, apenas llegó a sus oídos el rumor del combate.
—También oigo —contestó la reina— las voces de Alfonso y Aragón.
—El conde vencerá sin duda.
—¿Qué seguridad tienes de ello?
—Señora...