CAPÍTULO III

Tranquilamente dormía Íñigo Latorre, alcaide del castillo de Castellar, confiado, como hemos dicho en el capítulo primero, tanto en la posición de su fortaleza cuanto en la paz de que el Aragón disfrutaba en aquella época, cuando le despertaron el estruendo y voces de los combatientes: se levantó sobresaltado, tomó la espada, y apenas vestido, sin más armas defensivas que su casco y escudo, salió de su aposento y se dirigió, aunque con cautela, al paraje en que parecía estar lo más recio de la pelea.

Don Gómez y los suyos, dando la vuelta a la muralla, se encontraron con el cuerpo de guardia colocado en la torre que formaba el ángulo del castillo opuesto al que ocupaba la reina. El centinela que estaba a corta distancia dio el quien vive; pero por pronto que quiso hacerlo, no fue bastante para impedir que Hernando le contestara con tan buena estocada que dio con él en el suelo. No murió sin embargo en el momento; y cumpliendo como buen soldado:

—Alarma —gritó—, alarma compañeros: los enemigos están en el castillo.

No dijo más, pues, colérico, uno de los soldados de don Gómez le acabó de matar metiéndole la pica por la boca.

—Desdichado —dijo don Gómez—, has muerto cumpliendo con tu obligación; Dios te perdone la mala obra que nos has hecho.

—Que no es poca —añadió Hernando—, porque o yo me engaño, o en la torre suena ruido de armas.

Y, en efecto, tenía razón, porque alarmados los aragoneses con la voz de su compañero se atropellaban unos a otros para tomar, cuál la espada, cuál la adarga; y a no ser la confusión inevitable en aquel momento de sorpresa, no hubieran entrado el conde y los suyos en la torre; pues ya uno, más prudente que los otros, corría a cerrar la robusta y herrada puerta.

—¡Candespina y Castilla! ¡Santiago sea con nosotros! A ellos, caballeros, vencer o morir —dijo así el de Candespina, y dando el ejemplo al mismo tiempo que la orden entró por la puerta y cerró tan furiosamente con los contrarios, que por doquier seguían la muerte y el espanto sus pasos.

A su lado iba el denodado Hernando, tan valiente, tan furioso como su amigo, no parando más golpes que los que a este se dirigían, y despreciando los que llovían sobre él mismo.