—Señora, tengo que suplicar primero a Vuestra Alteza se sirva perdonarme.

—Sí, mujer, sí; estás ya perdonada, ¿quién piensa en eso? Pero di.

—Es que no se trata de lo que Vuestra Alteza imagina, sino de una libertad que me he tomado en su nombre...

—¿En mi nombre? ¿Y quién te ha dado osadía para tanto?

—Permítame Vuestra Alteza que me explique. He dicho mal diciendo que había tomado en su nombre. No, señora, yo he obrado en el mío, pero he querido decir que lo que yo he hecho solo ha sido en interés de mi reina.

—Pero acabemos: ¿qué es lo que has hecho?

—Si Vuestra Alteza me deja hablar, yo se lo diré en pocas palabras.

—Y bien, Leonor, una hora hace que te estoy mandando explicarte y nunca acabas de hacerlo.

Aquí la camarera refirió su mensaje a don Gómez, y la conjetura de que fuese el de Candespina el conde de quien hablaban los dos soldados cuya conversación habían oído. No sabemos cuál hubiera sido la contestación de la reina, ni qué reflexiones hizo durante la breve narración de Leonor, porque la crónica dice que precisamente en el punto en que esta se acabó, resonaron las bóvedas del castillo con el ruido de las armas, los alaridos de los moribundos, y los gritos de Candespina y Castilla por una parte, Alfonso y Aragón por otra.