—Bien muerto está —dijo uno de los soldados mirando el cadáver del centinela—. Dios me libre de ser el blanco de Millán.
—Y a mí —contestó otro—. Si tuviera el conde unos cuantos ballesteros como él, ya podían sus enemigos echarse en remojo.
—Calla, no nos oigan y lo echemos todo a perder.
Las dos prisioneras habían vuelto a ocupar su puesto en la reja, y pudieron oír a su salvo el corto diálogo que acabamos de referir, el cual, lejos de satisfacer la curiosidad de la reina, no hizo más que irritarla. Leonor, por el contrario, al oír la palabra conde, concibió esperanzas de que fuese el de Candespina; y de buena gana hubiera dado a su señora cuenta de las conjeturas que formaba; pero la prohibición que poco antes la había hecho esta de dirigirle la palabra sin su expreso mandato la obligó a guardar silencio.
Doña Urraca por su parte no tardó en conocer que en los estrechos límites de una prisión no era posible observar estrictamente las leyes de la etiqueta como en un alcázar, y así, aunque no dejase de repugnarla algún tanto ser la que empezara, por decirlo así, su reconciliación con Leonor, rompió el silencio diciendo de esta manera:
—Nada dices, Leonor, del singular diálogo que acabamos de oír.
—Señora —contestó esta—, Vuestra Alteza me ha...
—Ahora te mando que hables.
—Entonces, señora, me parece que podré dar a Vuestra Alteza algunas luces sobre este asunto.
—¿De veras, Leonor? Vamos, di.