Obedeció sin embargo con cuanta presteza se lo permitieron sus miembros, aún entorpecidos con el sueño, y se llegó a la ventana; mas hubo de estar un momento para acabar de abrir los ojos, y al cabo nada vio, nada oyó, y así se lo dijo a la reina. No podía esta persuadirse de que su camarera dijese lo cierto, porque estaba segura de haber oído caer a un hombre armado, y así, diciendo a Leonor que procurase otra vez abrir más los ojos para obedecer sus órdenes, se levantó ella misma; y llegada a la reja, por más que examinó cuidadosamente cuanto su vista alcanzaba a distinguir, tampoco descubrió nada.

—Parece imposible —exclamó—: imposible porque no me cabe duda de que lo he oído.

—Ya he observado a Vuestra Alteza —dijo Leonor con cierto aire de triunfo— que podría ser el centinela que hubiese tropezado.

—Y yo he observado que hasta aquí nadie se ha atrevido a dirigirme la palabra sin que yo se lo mande —respondió la reina.

Leonor se quedó muda con tan inesperada reprensión, y guardó silencio en tanto que la reina, entre despechada y colérica, volvió a su lecho.

Apenas vio Hernando caer en el suelo al centinela, exclamó lleno de alborozo abrazando a Millán:

—Bien: te has portado como un hombre, y yo te ofrezco una cadena de oro que pese tanto como tu arco en premio de este tiro que es el más acertado que en mi vida he visto.

—Loado sea Dios —dijo levantándose don Gómez—: amigos míos, de su voluntad y vuestro valor depende ahora el resto.

Salieron con esto del bosque, pero temiendo el conde que los que dormían en el cuarto bajo cuya ventana había caído el centinela, despertándose con el ruido se asomasen y viéndolos escalar la muralla dieran la alarma, se apartó a un lado, y en menos de dos minutos ya estaban todos dentro de la fortaleza.

Por esta razón no vieron la reina ni su camarera a ninguno de ellos, y solo a pocos momentos oyeron el ruido de sus pasos al tiempo que pasaban por debajo de la reja.