—Si lo yerra —dijo con impaciencia Hernando—, si lo yerra, acertará otro.
—Y el soldado —repuso el conde— lo aguardará pacientemente sin dar la alarma.
—Tenéis razón, tenéis razón; pero si una flecha no nos quita ese estorbo, no sé cómo lo hemos de hacer.
Millán bajó el arco, el conde quedó suspenso, Hernando petrificado, y en tanto el tiempo volaba.
Más de una hora duró esta suspensión, hasta que por fin, convencido don Gómez de que si, como lo decía su amigo, una flecha no quitaba al centinela la posibilidad de estorbarles, les sería imposible entrar en el castillo, mandó sacar las escalas que a prevención traía y, dirigiéndose a Millán, pronunció con visible alteración estas palabras:
—Apunta, Millán, dispara, y Dios dirija tu mano.
Y diciendo así, cayó de rodillas y se puso a orar fervorosamente, en tanto que el criado, deseoso de servir a su amo y acreditar al mismo tiempo su destreza, dirigía sin el menor vislumbre de inquietud la puntería al malhadado centinela, quien de propósito parecía haberse parado debajo de la ventana de doña Urraca.
La naturaleza, más poderosa que las penas, había por fin proporcionado a la reina de Castilla el sueño, único y verdadero alivio de los miserables cautivos. Se representaban en su imaginación los venturosos tiempos de su unión con el conde de Galicia; creía verse aún en medio de sus vasallos, acatada de todos, dispensando mercedes, imponiendo castigos: mas por una de aquellas singularidades que casi siempre tienen los sueños, el conde de Candespina se mezclaba con aquellos sucesos, en los cuales ninguna parte había tenido. Era pues entonces tan feliz en el mezquino lecho de su encierro como hubiera podido serlo en el más mullido de su alcázar de Burgos o de León, cuando el sordo ruido que hicieron al pie de su ventana las armas del centinela, a quien Millán acertó a traspasar la garganta, la despertó repentinamente.
—¡Leonor!..., Leonor..., despierta..., vamos, despierta; tu reina te lo manda —dijo llamando a su camarera, que dormía profundamente, hasta que por fin logró despertarla no sin trabajo—. Vamos, ve a mirar lo que ha sucedido en la muralla; me parece haber oído cómo daba un gran golpe un hombre armado.
—Ya voy, señora; será algún soldado que habrá tropezado en alguna piedra —dijo Leonor, pensando entre sí que no debía tener gran necesidad de su persona la reina para llegarse a la ventana y satisfacer por sí misma su curiosidad.