Calló Hernando, como le sucedía siempre que se veía cortado en su discurso, pues el esfuerzo que su imaginación necesitaba hacer para producir un argumento de algún peso no era obra de pocos minutos, y así decía él que rara vez disputaba con sus amigos porque siempre le convencían, y nunca con sus enemigos, pues para estos la mejor razón era la espada.
Millán se halló presente a esta conversación, y su celo por el conde le obligó a que, venciendo la repugnancia que le costaba hablar a su señor cuando este no se lo mandaba expresamente, propusiera que se caminase hasta una arboleda que cerca del castillo había, y que allí se podría con más conocimiento de causa, teniendo a la vista la fortaleza, tomar el partido conveniente. Pareció tan razonable esta proposición que inmediatamente se puso en práctica, y antes de un cuarto de hora estaban ya el conde y los suyos casi a la orilla del foso, en frente de la reja de la prisión de la reina.
Desde luego advirtieron que el foso estaba seco a la sazón, y que no había más que un centinela por aquella parte, de modo que con un hombre solo tenían que luchar. Empero este hombre estaba sobre una muralla, y con un grito suyo era indudable que acudirían todos los de la guarnición del castillo; esto contenía el impaciente ardor de Hernando y el entusiasmo del conde, hasta que por fin este, volviéndose de repente, como un hombre inspirado, a Millán, le dijo:
—Tú eres buen flechero.
—Señor, sé tirar una flecha con alguna violencia y dirigirla medianamente.
—Bien: ¿y te atreverás a hacer una buena puntería de aquí a la muralla?
—Sí —interrumpió vivamente Hernando—: ¿serías hombre de quitar de enmedio a aquel maldito centinela?
—Si vueseñorías me lo permiten —respondió el criado lleno de humildad—, probaré, y espero que con la ayuda de Dios podré darles gusto.
Y diciendo y haciendo se colocó entre dos árboles, desde donde distinguía perfectamente al centinela; tendió su arco, y se disponía ya para apuntar cuando don Gómez, asiéndole del brazo, le dijo:
—¿Y si yerras el tiro, Millán?