Entre todos los que acompañaban al conde, aunque la mayor parte eran nobles ninguno lo era tanto ni privaba con él como Hernando de Olea, su deudo y hermano de armas, quien por su parte le amaba entrañablemente. Valiente en extremo, temerario si se quiere, solo conocía Hernando la prudencia cuando se trataba de algún peligro que podía correr su amigo, y entonces su previsión rayaba ya en nimiedad. Opuso, pues, cuantas razones se le alcanzaron contra la resolución de don Gómez, que a la verdad no fueron pocas porque el proyecto era arriesgado y difícil; mas fue en vano: el amor, la ambición, la gloria, el espíritu caballeresco, todo llamaba al conde a Castellar. Llegó por fin el de Olea a convencerse de la inutilidad de sus reflexiones, y el último altercado que sobre la materia tuvieron los dos amigos fue el que acabamos de copiar literalmente.

En los ocho días que duró su viaje, se ocuparon únicamente del modo de dar fin a su empresa, que no presentaba pocas dificultades, pues era de presumir que la vigilancia del alcaide de Castellar sería proporcionada a la importancia del objeto que estaba a su cargo; y por otra parte las pocas fuerzas del conde no le permitían presentarse a cara descubierta a sitiar la fortaleza. De este modo caminaron creciendo por instantes la perplejidad del enamorado don Gómez, sin que Hernando, mucho más útil en la pelea que en el consejo, pudiese sugerirle el menor expediente para salir de apuros; hasta que pasado el Ebro, media legua antes de llegar a Castellar, hicieron alto para que los caballos tomasen aliento.

Llegose Millán García, criado del conde, a su amo a quitarle la celada y preguntarle si quería su señoría tomar alguna cosa, y como le respondiese que no, y que comiera él lo que le pareciese, dijo Hernando:

—Bueno, ¡cuerpo de Cristo!, en ayunas no sé cómo podréis pelear con esos bárbaros aragoneses que cada uno tiene tanta fuerza como una yunta de bueyes. Comed, conde, que si vos nos faltáis tanto montara no habernos movido de Candespina.

—Es imposible, Hernando —contestó con sentida voz el conde—: es imposible, no atravesara un bocado si me lo presentaran los ángeles.

—Pese a mi vida, ¿qué tenéis para dejaros morir de hambre como un caballo cansando?

—¿Qué he de tener? Ya estamos en el Castellar, y no sé cómo he de valerme para sacar a mi reina de la tal fortaleza.

—Ya os lo dije; pero algunas veces, perdonad, conde, parecéis natural de este país. Si me hubiérais creído se hubieran podido reunir a lo menos doscientas buenas lanzas, y con ellas en dos horas yo me prometía colgar en las murallas de su castillo al señor alcaide del Castellar.

—¡Excelente idea! Con doscientas lanzas declararíamos la guerra al rey de Aragón, a quien respetan navarros y franceses. ¡Con doscientas lanzas, Hernando! ¿Estáis en vos?

—¡Voto a...! Tenéis razón; no me había hecho cargo.