—No votéis a nada, que habemos menester la ayuda de todos los santos, y no será justo provocar su enojo con juramentos.

—Ya lo sé que no debo votar, pero lo que me habéis dicho, conde, lo que me habéis dicho, a no ser vos...

—Bueno está, Hernando, bueno está. Perdonad mi injusto enojo.

—Esa palabra en la boca del conde de Candespina desarmaría la cólera del mismo Lucifer. Mas ahora, decidme por vuestra vida si os parece cuerdo arrojaros en medio de un reino extraño con los doce hombres que os acompañamos.

—Hernando de Olea vale él solo por doscientos, y mi espada...

—Por la de mil de estos testarudos aragoneses. Maldición sobre ellos y sobre su rey diría si no fuera nuestro también. Con todo, conde, se pueden reunir tantos...

—¿Quién os ha dicho, Hernando, que yo voy a combatir cuerpo a cuerpo con todo el ejército de Aragón? Mi plan es caminar por sendas poco frecuentadas y llegar sin ser visto a Castellar. Los montes de Aragón me son bien conocidos, he hecho la guerra en ellos más de una vez, y yo os fío que llegaremos seguros.

—Así sea.

En efecto, la fortuna sirvió completamente al conde, y este tomó tan bien sus medidas, que con la sola precaución de caminar siempre de noche, y no entrar en poblaciones considerables, llegó al fin de su viaje sin encontrar el menor obstáculo. En el día sería muy difícil, cuando no imposible, que trece hombres armados corriesen las cincuenta leguas que por el más corto y peor camino hay desde Candespina a Castellar sin llamar la atención; pero en aquellos tiempos de ignorancia y desorden, semejantes sucesos eran tan frecuentes que no causaban la menor extrañeza. La escasez de pueblos, la falta de caminos que proporcionasen la comunicación entre los que había, y sobre todo la nula seguridad que el gobierno podía ofrecer a los viajeros hacían que los pobres y los plebeyos pensasen rara vez en salir del lugar de su domicilio, y que los nobles, que tampoco viajaban con frecuencia, lo hiciesen cuando se veían precisados a ello, siempre armados y llevando en su compañía gran número de guerreros.

Por esta razón, las pocas personas que nuestros viajeros encontraron en el camino no extrañaban verlos cubiertos de hierro; y aunque algunos tuvieran curiosidad de conocer al jefe o señor de aquella tropa, no juzgaron sin duda prudente entrar en contestaciones con ninguno de sus silenciosos individuos.