—Tú sabes —dijo la reina oyéndole—, tú sabes al menos el momento en que cesarás de padecer; pero yo, infeliz de mí, solo en la muerte espero.
La camarera estaba al lado de la reina, aunque un poco más atrás por respeto, y con razones semejantes a las que hemos referido al principio de este capítulo trató de consolarla, sin atreverse a manifestar el principal fundamento de sus esperanzas, pues aunque no creía saliesen vanas, era sin embargo arriesgado anunciar a doña Urraca el paso que había dado hasta ver el éxito que producía. Leonor conocía demasiado bien el carácter de su ama para dar un paso en falso, y por lo mismo calló, persuadida de que si don Gómez lograba quebrantar la prisión de la reina, la colmaría esta de gracias; pero si por el contrario la empresa se frustraba o el conde no quería aventurarse, era indudable que la indignación de su soberana sería el único premio de su oficiosidad.
Caprichosa a fuer de bella, altanera en extremo, inconstante en el amor, implacable en el odio, soberbia en la prosperidad, débil en la desgracia, Urraca era querida de muy pocos; pero su nacimiento, su hermosura y las gracias que sabía desplegar con aquellas personas que creía de su interés tener contentas la habían sin embargo adquirido algunos partidarios de corazón, a más de los que sus derechos incontestables al trono de Castilla y los cálculos de propia conveniencia de algunos unieron a ella en lo sucesivo; mas en el momento solo podía contar con el conde, a quien creía demasiado lejano para socorrerla. Convencida, pues, de que su situación actual era irremediable, hizo muy poco caso de los consuelos de su camarera, y cansada por fin de suspirar contemplando los astros, se arrojó vestida sobre el lecho, dejando abiertas las ventanas en razón del calor.
CAPÍTULO II
—Por san Pedro, conde, que vos solo seríais capaz de tal empresa.
—¿Y por qué no cualquier otro? Las haciendas y las vidas de los vasallos son propiedad de los reyes.
—En buena hora, lo sé tan bien como vos. Pero lo que ahora hacemos, Dios me perdone si no es provocar al mismo demonio.
—Si os pesa, Hernando de Olea, podéis volveros, que no os habremos menester tanto que no concluyamos la demanda sin vos.
—¡Voto a...!