Era el conde corpulento, bien formado, de rostro moreno, facciones marcadas y condición más severa en general que afable; pero aunque criado en el ejercicio de las armas, su corazón conservaba más sensibilidad de la que en lo exterior parecía, y acaso de la necesaria para su ventura. Sea pues que la hermosura de doña Urraca, que en efecto era grande, le cautivase, o que la lisonjera perspectiva de reinar en Castilla estimulara su ambición; lo cierto es que don Gómez entró en el proyecto del matrimonio con una vehemencia que casi no podía disimular a pesar de sus esfuerzos. No podremos decir si entonces la infanta ignoraba o no el amor del conde; pero es de presumir que lo supiera, pues la dignidad de este le proporcionaba ocasiones de verla casi diariamente, y la distancia que en aquellos tiempos separaba a un ricohombre de las personas reales, no era comparable a la que hoy media entre los grandes y el trono.
El sistema feudal en el siglo XII, a cuyos principios se refiere la época de que hablamos, estaba en toda su fuerza y vigor en Europa, y no menos en nuestra España que en sus demás reinos. El formidable poder de los grandes y prelados igualaba en cierto modo al de los reyes, obligando a estos a ceder no pocas veces de sus derechos para conservar la paz, y en ocasiones hasta el trono y la vida; de lo que resultaban los disturbios y desórdenes inevitables en un estado cuyo gobierno no tiene la fuerza suficiente para hacerse obedecer de todos sus súbditos.
Sin embargo, Alfonso VII, a quien cuarenta años de victorias y un carácter firme y decidido habían hecho respetable, supo hacer entrar en su deber aun a los más osados, de tal modo que no hubo en la junta de Mascaraque ni uno solo que se atreviera a comunicarle la súplica de los grandes allí reunidos, y proponerle el matrimonio de la infanta, su hija, con el conde de Candespina. Es probable que la tal junta no hubiera llegado siquiera a noticia del rey si un médico judío llamado Cedillo, a quien distinguía particularmente, presumiendo de su privanza más de lo que debía no hubiese tomado a su cargo llevarle el mensaje. Menguada fue para el judío la hora en que tomó tal comisión, pues a pesar de haber esperado largo tiempo momento oportuno, y de no haber arriesgado la súplica sino en los términos más respetuosos y humildes, el rey al oírla montó en cólera, y mal le aviniera al entrometido médico si no se retirara inmediatamente como se lo mandó don Alfonso, desterrándolo para siempre de su presencia. No se limitó a este solo efecto el enojo de aquel príncipe, sino que para manifestar más claramente a los grandes que él solo mandaba en su reino y familia, dispuso y verificó inmediatamente el matrimonio de su hija con Alfonso, entonces príncipe y poco después rey de Aragón, que tuvo efecto en Toledo, a pesar de las mal reprimidas quejas de la nobleza y del clero, y la poca inclinación de doña Urraca hacia su esposo. Sea como quiera, los descontentos, por leales o temerosos, no se atrevieron a levantar la cabeza, y los desposados partieron para Aragón permaneciendo todo tranquilo en los reinos de Castilla hasta el fallecimiento del monarca, que acaeció cuatro o cinco años después.
Muerto don Alfonso, le sucedió con arreglo a su última voluntad doña Urraca, y por ser su marido se aclamó rey a don Alfonso de Aragón, quien, reuniendo en su cabeza la mayor parte de las coronas españolas, se llamó emperador de España. Temeroso de hallar resistencia, entró en Castilla con un numeroso ejército, pero todas las ciudades y villas le abrieron sus puertas, lo que sin duda debiera haber bastado a tranquilizarle; pero lleno de una desconfianza que no se concibe, puso guarnición aragonesa en la mayor parte de las fortalezas, dejando en sus alcaidías a muy pocos caballeros castellanos de los que sabía que eran sus más parciales, y entre ellos a don Pedro Ansúrez, conde y señor de Valladolid.
Sintió Castilla, como era razón, este proceder, y aún lo sintió más su reina, la cual como en despique despojó de su gobierno al conde Ansúrez a pesar de haber sido su ayo. Alfonso, creyéndose desairado, primero dio al conde en su reino magníficas posesiones, y por último indignado de que su esposa no disimulase el pesar que le causaban las cosas de Castilla, y sobre todo de que manifestase casi en público cuán disgustada estaba con su matrimonio, lamentándose de no haber casado con don Gómez, la hizo encerrar en el castillo de Castellar, y devolvió a Ansúrez su condado haciéndole otras muchas mercedes.
Más de treinta días habían corrido desde el de la cautividad de la reina cuando tuvo lugar el diálogo que hemos referido a nuestros lectores, los cuales ya no extrañarán que la reina llamase a Alfonso su tirano.
Doña Leonor, dama de la reina, o más bien su íntima amiga, pues con ella se había criado, sabía la pasión del conde de Candespina, y conociendo el carácter caballeresco de este y el orgullo nacional de los castellanos, formó, desde el momento en que supo que iba la reina a ser conducida a Castellar, el proyecto de valerse de uno y otro para sacarla de aquella esclavitud; y con este objeto envió un mensaje a don Gómez por medio de un criado de toda confianza, a quien hizo partir secretamente la noche de su prisión. Este era el motivo por el que tanta esperanza mostraba a doña Urraca. Pero esta, que desde su casamiento no había visto al conde ni oído hablar de él más que para ponderar su valor contra los moros de Granada o de Sevilla, se creía ya olvidada, y se contentaba, como hemos visto, con suspirar cuando se hablaba de él.
Engañábase empero: la pasión de don Gómez, reconcentrándose, había ganado en intensidad todo cuanto se había visto obligado a suprimir en demostraciones exteriores, y si abandonó la corte durante la vida de Alfonso de Castilla fue para no exponerse a manifestar lo que pasaba dentro de su corazón. Sus asuntos domésticos le condujeron a Candespina, y allí le halló el mensaje de Leonor, en el cual le conjuraba por cuanto hay de sagrado para un vasallo, caballero y amante, que corriese, sin perdonar riesgo ni fatiga alguna, a libertar a su reina de los hierros en que la crueldad de Alfonso la tenía; y para concluir indicaba la diestra cortesana cuánto podía esperar el conde de la gratitud de doña Urraca.
Los efectos de la chispa eléctrica no son más rápidos que lo fue el que esta noticia hizo en el inflamable don Gómez. Recibirla, reunir algunos de sus mejores amigos y fieles vasallos, montar a caballo y partir para el Aragón fue obra de tan pocas horas que ya estaba cerca de Zaragoza cuando en Castilla se le echó de menos.
Acercose la reina a la reja de su prisión, desde la cual, a favor de la claridad de la luna, descubría perfectamente toda la campiña inmediata a excepción de la parte que ocultaba un espeso bosque que a su derecha se veía, y cuyos límites tocaban al foso del castillo. No se movía un solo viviente, a excepción del centinela que bajo de la misma ventana ora se paseaba para espantar el sueño, ora apoyado en su lanza murmuraba en voz alta contra la lentitud del tiempo que no traía el momento del relevo tan pronto como él quisiera.