Así que llegó Hernando de Olea a Burgos, se presentó a su alcaide, don Álvar Fáñez, y le comunicó las órdenes de la reina, para que se hiciese saber al ayuntamiento de aquella ciudad su próxima llegada. Es indecible la sorpresa del alcaide, más afecto al partido aragonés que al castellano; hizo mil preguntas a Hernando, pero todas las respuestas de este fueron tan concisas que ninguna luz pudo sacar de ellas. Es posible que don Álvar Fáñez se hubiera opuesto a recibir a la reina en Burgos si hubiese estado en su mano obrar conforme a sus deseos; pero el conde, que había previsto aquel caso, dio las instrucciones convenientes al de Olea para evitarlo; y así este no abandonó ni un momento al alcaide desde su llegada a Burgos, y tuvo cuidado de insinuarle que si bien había venido únicamente con cien caballos, tardarían poquísimas horas en llegar fuerzas más considerables.

Se convocó, pues, inmediatamente a los individuos de ayuntamiento, a lo principal de la nobleza y a los gobernadores del obispado con las dignidades eclesiásticas de más nota, para las casas capitulares, y, reunidos todos en ellas, les hizo el alcaide saber la orden que acababa de recibir. Hernando añadió, que Su Alteza se había resuelto a ir a visitar sus estados sin avisar de antemano, por razones que se reservaba explicar ella misma a su debido tiempo, y que de todos modos creía que una sola palabra dicha a nombre suyo bastaría para que sus amados burgaleses se dispusieran a hacerla el correspondiente recibimiento.

—Para concluir, señores, dijo por último: es la voluntad de la reina que desde este momento se me ponga en posesión del alcázar de esta ciudad, y se me confíe la guarda de una de sus puertas. He aquí las cartas de Su Alteza, en confirmación de lo que acabo de deciros. —Y en efecto las presentó.

Lo natural era haber empezado haciéndolo; pero Hernando, poco enterado en semejantes fórmulas, cuidó más de hacer entender a aquella junta lo que de ella quería, que de otra cosa.

A todo esto, los soldados de Nájara rodeaban el lugar de la sesión, y tanto los regidores como los nobles y clérigos, además de que no tenían un motivo racional para oponerse a recibir a su legítima soberana, aunque viniese como a sorprenderlos, conocieron que no estaban en situación de hacer otra cosa más que suscribir a cuanto de ellos se exigiese.

Accedieron, pues, sin repugnancia (al menos manifiesta) a lo que se les mandaba en nombre de doña Urraca, y Hernando, satisfecho del buen éxito de su comisión, pasó a alojar el grueso de su tropa en el alcázar, enviando un pequeño destacamento a la puerta de la ciudad, que él mismo designó. A las ocho de la mañana llegó el de Olea a Burgos; a las doce estaba en posesión del alcázar; y antes de la noche llegó también la infantería de Nájara.

Los burgaleses deseaban con ansia el momento de ver entrar a la reina, pues esperaban que su presencia disiparía la misteriosa sombra que cubría el objeto de aquella inesperada visita, cuyo motivo estaban lejos de sospechar; porque debe tenerse presente que en el siglo XII aún no se habían establecido los correos ordinarios y periódicos.

Para abreviar: al tercer día se recibió aviso por un soldado de que Su Alteza haría su entrada al siguiente por la mañana, lo que en efecto se verificó, saliendo a recibirla el cabildo, los nobles y el alcaide que, arrodillado a sus pies, le entregó las llaves de la ciudad.

Doña Urraca desplegó la amabilidad, gracia y cortesanía de que tan bien sabía usar; y como uno de los eclesiásticos gobernadores de la diócesis, creyendo que su carácter sacerdotal le autorizaba a ello, preguntase qué motivo extraordinario era el que proporcionaba a sus vasallos la inesperada dicha de verla, le contestó que tiempo habría de satisfacer aquella curiosidad, añadiendo:

—Lo que ahora importa más es dar gracias a Dios por haberme traído con bien a mi amada Castilla: vamos al templo, y no dudo que vosotros, señores, me ayudaréis con vuestras santas oraciones a implorar el favor divino para lo sucesivo.