Dicho esto, se encaminaron todos a la iglesia mayor, y en ella se cantó un solemne Te Deum, concluido el cual se trasladó la reina con el mismo acompañamiento al alcázar. Bien hubiera querido don Gómez poder ocultar que la reina venía fugitiva de Aragón; pero desde luego conoció que semejante ficción podría durar poquísimos días, y que su momentánea utilidad no compensaría los perjuicios que necesariamente había de producir cuando se descubriese la verdad. Fue pues necesario decidirse a descubrir el misterio, con permiso de doña Urraca, quien no puso dificultad en ello, persuadida de que los castellanos no vacilarían en defenderla contra su marido. En consecuencia de esta determinación, apenas entraron en el alcázar cuando, sentándose la reina en su trono, hizo una larga y patética exposición de los malos tratamientos que de su esposo había recibido, sin más causa, decía, que la de ser el rey aragonés y, como tal, enemigo de Castilla, cuya opresión no había ella querido nunca autorizar; habló de su prisión en Castellar, pintándola con colores tal vez más cargados que los que la verdad exigía; y, por último, alabando el celo del conde de Candespina, manifestó hallarse resuelta a evitar a todo trance caer de nuevo en manos de su tirano. Sea respeto, sorpresa o temor de las tropas que les cercaban, todos los presentes guardaron el más profundo silencio que la reina interpretó tan favorablemente que no creyó necesario exigir garantía ninguna para su seguridad; y poniendo a cargo del conde de Candespina disponer lo necesario para la defensa contra don Alfonso, se retiró a descansar de las fatigas de su penoso viaje.
Don Gómez exhortó en seguida a todos aquellos caballeros a que tomasen las armas, y las hiciesen tomar a sus vasallos, como él iba a hacerlo, marchando al siguiente día a sus estados con objeto de hacer en ellos una leva. Todos protestaron que estaban resueltos a seguir su ejemplo, y la asamblea se separó sin que ocurriese en ella nada más digno de notarse.
No fiaba mucho el conde de Candespina en aquellas demostraciones; pero la fuerza de las circunstancias le precisó a ocultarlo por entonces, esperando que podría reunir a sus parciales antes que los enemigos de la reina tuvieran tiempo de concertar su plan contra ella; y en consecuencia, marchó, según lo había anunciado en la asamblea, el día después de el de la llegada de la reina a Burgos para Pancorbo, cuyo castillo y pueblo le pertenecían.
En Burgos se quedó Hernando para estar a la mira de cuanto ocurriese; y el señor de Nájara prometió no desamparar la corte hasta el regreso del conde, quien por su parte no hacía ánimo de detenerse más tiempo que el absolutamente necesario.
CAPÍTULO VI
Fieles observadores de su juramento, los aragoneses que sobrevivieron a la desgracia del Castellar no salieron de aquella fortaleza hasta cumplido el octavo día de la marcha del conde, esto es, uno después del de la llegada de la reina a Burgos; pero ya pasado aquel plazo, montaron a caballo dos de los más principales de ellos, y a rienda suelta se encaminaron a Huesca, villa distante del Castellar unas diez leguas, en la cual se hallaba a la sazón Alfonso el Batallador, que, como ya hemos dicho, se llamaba emperador de España.
Más fácil es imaginar que describir el terrible enojo de aquel príncipe, oyendo la relación de la fuga de su esposa, y por él pronto pagaron los miserables que le llevaron la noticia, a quienes mandó encerrar en un calabozo. En vista de su cólera, casi puede decirse que fue fortuna para Íñigo Latorre haber muerto en el Castellar, porque, a no ser así, es evidente que hubiera concluido sus días afrentosamente en un cadalso.
Alfonso convocó inmediatamente a sus principales vasallos para la frontera de Castilla, pues no pudo ocultársele que la reina habría marchado a Burgos, por ser esta ciudad la más cercana entre las principales de sus dominios a los estados de Aragón; y marchó él mismo para Soria, plaza en que tenía puesta guarnición de los suyos, con los hombres de armas, jinetes, arqueros y ballesteros que siempre le acompañaban.
La rivalidad entre los diferentes estados en que estuvo dividida la monarquía, desde que don Pelayo dio principio a su restauración en los montes de Asturias hasta que don Fernando V el católico la terminó, arrojando de Granada los restos de los moros, es tan notoria que sería hacer agravio a nuestros lectores tratar de demostrársela; pero bueno será tenerla presente para no admirarnos del ansia con que castellanos y aragoneses se aprovechaban de la más pequeña ocasión para causarse perjuicios de la mayor trascendencia.